viernes, 1 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo V.1 y 2)

Capítulo V

Sentados alrededor de la mesa de una taberna (o algo semejante) que llevaba por nombre Las Puertas de Bronce, en una esquina del mundo con el apropiado nombre de Despojos, en una isla salvaje y peligrosa llamada Tur Ukar, un grupo de amigos se reencontraba, lo que es siempre un motivo de gruesa celebración.

La pregunta de rigor fue realizada tras las apropiadas muestras de alegría y la orden de una ronda de aguardiantes. Otavio se disculpó, insistiendo en la necesidad de reunirse con su contacto, y dejó a los héroes y sus historias.
  • Recuerdo estar ahogándome. De hecho, estoy bastante seguro de que recuerdo ahogarme. Me hundí, y no tenía aire en los pulmones. Recuerdo tratar de tomar aire, y no tragar más que agua… y luego la negrura. No sé cómo, me desperté en la cubierta de un barco. Al parecer me habían atrapado en unas redes, la capa de Baldir se había enganchado a un pedazo del naufragio y me había mantenido a flote hasta entonces. Por cierto. - vació el aguardiente de un rápido golpe de muñeca. - que el barco tenía velas rojas.
Nadie dijo nada, vino otra ronda de aguardientes.
  • Era el maldito barco de velas rojas, lo juro por el martillo. Yo mismo no me lo podía creer. Antes de que me diese cuenta estaba delante de las botas del mismo Ormzar Anbisen. No había visto un orco tan grande en mi vida, era incluso mayor que Henk, os lo aseguro. Me pusieron un trapo en la mano y me pusieron a fregar la cubierta con los grumetes. - Ator hizo una pausa para enseñarles las magulladas rodillas. - Y estoy seguro de que me hubieran tenido fregando hasta el invierno, si no me hubiera metido en una pelea.


La patada en el estómago dolió como mil demonios. Ator alzó la mirada de su trapo con una mano en las tripas para mirar a la desgraciada que se reía a su lado rodeado por otros tres piratas, cada cual más feo que el anterior. La mujer, de figura envarada y nervuda, con una larga cicatriz bajo su ojo izquierdo y un jubón de cuero mal remendado un millar de veces, le miraba desde lo alto con los pulgares en el cinto, donde colgaba un filo curvo traído de las islas.
  • Es lo suyo que pongan a los perros a fregar, que estando ya a cuatro patas les cuesta menos, ¡Ládranos un poco, chucho! ¡Ladra, que te oigamos!
La pierna volvió a levantarse, preparando la trayectoria de una nueva patada, y volvió a descender con la puntera por delante. Ator la recibió en pleno estómago, pero esta vez iba preparado. El golpe dolió, por supuesto, pero el norteño cerró sus brazos alrededor de la pierna antes de que la otra pudiera retirarla, y con un rápido giro la hizo caer. Antes de que los otros pudieran reaccionar, agarró a la pirata por los pelos y estampó sus morros contra la cubierta. Volaron dientes. Los otros ya echaban mano de sus filos y mazas mientras Ator acudía a por el cuchillo curvo en el cinto de la pirata, el olor a sangre y tripas se anticipaba en el ambiente, la gente de alrededor se giraba para prestar atención a la pelea… y entonces sonó un bramido, imposible de resistir.
  • ¡Quietos!
Se escucharon los pesados pasos de uno de esos grandes hombres que hacen temblar el aire con su presencia. A Ator no le hizo falta darse la vuelta para saber que allí estaría Ormzar Anbisen, el usurpador del barco de velas rojas. Anbisen caminaba tieso como una columna, y con la misma consistencia. Las piernas resultaban cortas y arqueadas en proporción al monstruoso tamaño del orco. Su larga y desgreñada melena caía lacia sobre sus hombros, enmarcando un rostro de ojos grandes, oscuros y profundos, una mandíbula como un yunque y unas mejillas hundidas. La complexión de su piel era oscura, cubierta de manchas de salitre, y similar al cuero curtido. Anbisen no llevaba más ropa que unos pantalones anchos, y todo su cuerpo estaba cubierto de anchas y profundas cicatrices y negros y siniestros tatuajes. Muchas de esas cicatrices parecían estar hechas a fuego, y había en ellas una salvaje cualidad artística que resultaba sobrecogedora para las mentes civilizadas. Por suerte, la mente de Ator nunca había sido particularmente civilizada.

El enorme orco estaba ahora en el puente, junto al timón, apoyado en la barandilla y mirando la escena con sus grandes ojos cargados de curiosidad. Ator no pudo evitar pensar gravemente, que no había nada de la supuesta estupidez y salvajismo orco en esa mirada.
  • Me preguntaba cuánto tardarías. - la voz de Anbisen sonó calmada, potente, se escuchó con claridad de una parte a otra del barco. Se notaba en su habla cierto acento de las islas, pero nada más. Era incluso agradable al oído. - La mayoría de los nuevos reclutas empiezan fregando suelos. Mis piratas - había orgullo en esta afirmación - los torturan y los presionan para ponerlos a prueba.
Anbisen señaló a un hombretón con un parche y un gesto de suficiencia, completamente calvo.
  • Uturri tardó tres intentos. Aquel - señalaba a un hombre de ojos separados y nariz rota, largo como una anguila y con una nuez sobresaliente - es Aspi. Tardó cinco. Los orcos como Kaar - dijo indicando un orco con una cicatriz en la garganta y la espalda cubierta de marcas de latigazos - suelen tardar menos, él en particular sólo dos. Tú, amigo mío, no has aguantado ni una. Bravo.
  • ¿Quiere decir esto que ahora me daréis una espada y me podré dedicar a piratear con el resto en vuestra alegre compañía?
  • Claro que no. Eso significa que aquellos tres camaradas, fieles compañeros de Damaroja a la que acabas de desdentar, están en su pleno derecho de intentar matarte.
Los otros tres parecieron tomarse las palabras del capitán como un permiso explícito para atacar a Ator. Él se lanzó hacia atrás intentando tomar distancia, por fortuna el cuchillo ya en su mano, pero un grupo de marineros le empujaron de vuelta contra sus enemigos. Ator no perdió el equilibrio (tenía un muy buen equilibrio) y sacó la pierna derecha por delante que se hundió en el estómago de uno de los seguidores de Damaroja, que escupió aliento y vómito, tan violenta fue la sacudida. El segundo estaba ya sobre él, y lo alejó dando una cuchillada al aire, mientras que el tercero le golpeó con su maza. Ator logró guardar la cabeza tras el hombro, que se llevó la peor parte. Aprovechando que uno de ellos se recuperaba aún de la patada al estómago, cargó por el lado derecho desde donde sostenía el cuchillo contra uno de sus oponentes. Este, que se esperaba de su víctima una actitud más defensiva, no lo vio venir a tiempo, y se llevó una cuchillada en las tripas, quedando así fuera de combate. El otro saltó detrás de Ator intentando tomarle por la espalda, pero Ator se tiró al suelo y rodó alejándose del peligro. Normalmente esta hubiera sido una mala idea, pero sin perder el tiempo se arrojó con todas sus fuerzas contra las piernas del de la maza, que trastabilló y se fue al suelo de morros junto a su querida Damaroja. Ator pensó en acuchillarlo, pero decidió finalmente tomar su maza y dejarlo seco de un golpe. Se giró hacia el último, que se limpiaba ya la boca con el paso aún inseguro.
  • Es suficiente.
Anbisen había bajado y, apartando a sus hombres, se había hecho un hueco en el círculo.
  • Estoy un poco molesto. Esto se supone que tenía que ser una lección. Aprecio la fuerza, de cuerpo y carácter, y por eso hago que mis nuevos reclutas sean maltratados. Lo hago con la intención de que se rebelen. Pero, tan importante como la fuerza es la astucia. Los que se rebelan contra el primero que los ofende a menudo se encuentran luego apalizados por sus compañeros. Es lo que pasó con Kaar, por ejemplo, y con la mayoría de los orcos. Los más listos, como Aspi, esperan a que decida probar suerte con ellos un paria, o alguien a solas. Buscan minimizar las represalias, sabiendo que pueden tener aquí la oportunidad de ganarse el respeto de la tripulación con una demostración de fuerza. Claro que si tardan demasiado… - Ormzar Anbisen, el gran capitán del barco de velas rojas, se encogió de hombros. - Pero tú has decidido morder a Damaroja, secundada por sus tres secuaces… y les has dado una paliza. No está mal.
Ormzar Anbisen entró en el círculo, y por un momento el sol pareció desaparecer del firmamento.
  • Ahora tienes una oportunidad. Puedes luchar contra mi. Un combate singular. Si me ganas, todo el barco será tuyo, serás el nuevo capitán. Habrás derrotado a Ormzar Anbisen, no hay nadie que pueda decir lo mismo. Ahora tienes una oportunidad. Estoy desarmado. Estoy solo.


  • ¿Y qué pasó?
  • Tiré las armas allí mismo y me rendí.
Habían decidido cambiar finalmente al vino tras su tercer trago de aguardiente, y estaban todos ya algo achispados. La tarde se alargaba en Despojos mientras el sol teñía de rojo los vaporosos bostezos del cielo.
  • ¿En serio? ¿Tú? ¿Rendirte? - le decía Ilais incrédula.
  • Vosotros no lo visteis. Aquella cosa era un monstruo. Preferiría mil veces volver a enfrentarme a aquel hombre pez del barco de Otavio… que por cierto luego tenéis que contarme cómo terminó esa aventura… el caso es que me rendí. Dejé de fregar suelos, me dieron un sable y ascendí a vanguardia.


El barco de velas rojas navegaba a través de una tempestad monstruosa. Olas gigantescas se alzaban en todas direcciones  y lo relámpagos caían por todas partes. Pero a pesar de toda la violencia desatada a su alrededor, la embarcación apenas se veía zarandeada en absoluto. Ni una sola ola barría la cubierta, ni un marinero perdía pie. Excepto la lluvia que azotaba la cubierta, se diría que en aquel barco no había tempestad ninguna. Ator observaba este fenómeno maravillado. Incluso él, que nada sabía del oficio de marinero, podía darse cuenta de la velocidad impresionante a la que el barco de velas rojas surcaba las aguas, empujado gentilmente por esa tempestad invocadora de naufragios. Era algo propio de hechicería del más alto orden, algo divino, incluso.
  • ¡Velas! - gritó el vigía - ¡Velas a estribor!
El barco comenzó al momento su giro como si una voluntad autónoma le impulsara, y hubiera sido aguijoneada por los gritos del vigía, gritos de pillaje y saqueo. Los piratas todos comenzaron a situarse en sus posiciones de cubierta, ya armados y preparados. Ator fruncía el ceño y apretaba los dientes para poder soportar los gritos de sus indeseables camaradas. La presa aparecía a rachas entre el oleaje. Se trataba de un barco de respetables dimensiones, un galeón o galeaza o cualquiera de esos (ya hemos dicho que del oficio de marinero Ator conocía poco), pero que a merced de la tormenta más parecía una cáscara de nuez vapuleada por los elementos sobre un charco sobredimensionado. Los piratas berreaban y escupían maldiciones mientras la figura de su presa se agrandaba con cada ola que superaban. Pareciera que la propia tempestad arrastraba a la presa hacia sus entrañas, hacia el barco de velas rojas.

Por fin lo tuvieron a la vista, tan cerca que se podían ver los rostros aterrorizados de sus tripulantes, todos ellos armados y dedicados en cuerpo y alma a tratar de mantener a flote a su maltrecha embarcación. Tenía las velas rasgadas, cabos sueltos por todas partes, y la cubierta inundada. Las olas barrían la superficie del barco constantemente, de vez en cuando arrastrando consigo a un marinero que nunca volvería a ver un puerto. El sonido de los piratas en el barco de velas rojas alcanzó un crescendo, las armas golpeaban las armas y la cubierta y cualquier superficie al alance. La bandera de la mano dentada ondeaba orgullosa entre la lluvia y la tempestad. De pronto, los dos barcos quedaron borda con borda, y la tempestad pareció amainar. La presa tenía una batería de seis cañones en cada banda, pero ahora inútiles tras una larga lucha contra la tempestad. Aunque hubieran sido útiles, todas las manos estaban en cubierta, no había nadie en sus puestos pues el ataque había sido del todo inesperado, el barco pirata invisible en la rugiente tempestad. La tormenta amainó alrededor de las dos embarcaciones.

Los ganchos volaron y la vanguardia se lanzó con los cuchillos en la boca, las espadas y hachuelas en las manos, sobre su desprevenida presa, como un enjambre de voraces marrazos, y la sangre comenzó a fluir de inmediato. Ator gritaba y agitaba sus armas como el que más, pero se mantenía apartado y sus filos no tocaban la carne. Confiaba en que en medio del caos, pasaría desapercibido. Los piratas comenzaron con una ventaja indiscutible, arrasando con los dispersos y agotados marineros sin dificultad en un monstruoso baño de sangre. Entonces, las bodegas se abrieron, las puertas cedieron, y una horda de guardamarinas irrumpieron en la escena. El numeroso contingente sorprendió a los piratas, que frenaron su avance en seco. Las primeras filas cayeron fácilmente ante el sólido acero nevariano de los hombres que lo empuñaban, gentes que habían jurado dar muerte a todos los piratas en defensa de las costas de la Corona Nevaria. Su furor contra su enemigo jurado era tan grande como terrorífico. Viendo aquí una oportunidad excecional, Ator gritó “¡Retirada!” con toda la fuerza de sus pulmones. El grito sólo sirvió para confundir a la escoria pirata, pero no tardó en calar, y pronto exclamaciones y gritos de retirada se repetían por todas partes. Los piratas retrocedieron como ratas en un barco moribundo hacia los ganchos, la mayoría muriendo por graves heridas que la rabiosa guardiamarina les provocaba al verlos huir, sin duda rabiosos por no poder seguir bañando sus hierros en sangre pirata. El propio Ator tuvo que defenderse de sus enérgicas acometidas, y esto es cosa harto difícil cuando no tienes intención de devolver el golpe.

En poco tiempo, la cubierta estaba inundada no ya de agua salada, si no de sangre pirata, mientras la guardiamarina escupía maldiciones y desafiaba a los piratas a volver a enfrentarse a sus hierros. Asunto que, evidentemente, los piratas no tenían la más mínima intención de cumplir. Jadeantes y heridos, los piratas se recuperaban en la seguridad de su barco de velas rojas, incapaces de mirarse a la cara los unos a los otros.
  • Quién llamó a retirada.
La voz de Ormzar Anbisen vibró como un trueno sobre la cabeza de sus piratas. Había aparecido de la nada, entre ellos, como un gigante castigador, su rostro ensombrecido e inescrutable. Un relámpago lo iluminó brevemente, para mostrar un retrato impasible, duro como un monumento a la fuerza.
  • Quién llamó a retirada.
Su cabeza alta e invicta se paseaba dominante entre las testas inclinadas por la vergüenza y el terror de sus marineros. Cada paso hacía que el miedo sacudiera la embarcación. Cuando se detuvo, fue aún peor.
  • Muy bien.
Con un movimiento de su mano, le arrancó una oreja a uno de los piratas. Simplemente la cogió, tiró de ella, y la oreja entera se desgarró, junto con un generoso pedazo de cuero cabelludo. El hombre que había perdido la oreja cayó de rodillas al suelo aferrándose el lado izquierdo de la cara, mientras la sangre manaba espesa y abundante hacia el suelo. Los gritos, estridentes y agudos, podían escucharse con total claridad. El rostro del gigante continuaba ensombrecido. Con un gesto de desprecio arrojó la oreja al suelo.
  • Quién llamó a retirada.
Nadie respondía. Algunos empezaron a sollozar, incapaces de alzar la cabeza o la voz. Niños, frente a un maestro cruel. Cuando el gigante volvió a detenerse, le siguió el grito, y aunque todos lo estaban esperando, los piratas se encogieron angustiados. Damaroja se aferraba la cara mientras la sangre manaba por el hueco donde antes había habido un ojo.
  • Estas son las cicatrices que tendrías que haber ganado. Los honores de la batalla que os concedo gentilmente por vuestro valor.
La voz era gélida como un témpano. Ni un rastro de humor en ella. O de ira.
  • Podrías haberlas lucido orgullosos. - dijo continuando su paseo, un león entre ovejas. - Pero ahora tendréis que sufrir su vergüenza, y cada vez que sintáis regresar ese dolor sordo, cada vez que sintáis su falta, no vendrá a vuestra memoria la sangre derramada, ni el sonido de acero contra acero o la emoción de la carnicería. Dime, Urruti, ¿qué será lo que venga a vuestra memoria?
Urruti balbuceó algo, sus labios formando burbujas bajo la lluvia, sus ojos bajos y rehuyendo la corona del gigante.
  • No te escucho, Uturri. - dijo la muerte inmensa, y seguidamente le cogió la mandíbula con delicadeza. Se escuchó un crujido, y un grito ahogado, y el grueso Urruti cayó de rodillas, los ojos fuera de las órbitas, sujetándose la boca mientras por entre sus dedos goteaba la sangre. - Atendiendo a vuestro silencio, yo os lo diré. Miedo.
Ormzar Anbisen se detuvo ante Ator. Su mano comenzó a alzarse. Ator levantó la mirada. Miró a los ojos de la muerte, del titán hambriento, de las manos ensangrentadas y los ojos negros. Miró a los ojos del carnicero. La mano se detuvo.
  • Miedo. - dijo una vez más, cerniéndose sobre el norteño. - Y vergüenza.
Todos seguían allí bajo la lluvia minutos después de que el monstruo se hubiera ido. Paralizados por el miedo.


  • Se paseó entre un grupo de guerreros, piratas, pero guerreros, desnudo y desarmado. No había furia, ni maldad, en su voz. No había nada. Pero no era porque no estuviera. Todos podíamos sentir su ira, sólo que era demasiado grande como para verla. Cualquiera de esos hombres podría haber alzado su espada y haberlo matado, podría haber intentado luchar para conservar lo que fuera que le iba a ser arrebatado. Pero no lo hicieron. Ni siquiera éramos capaces de movernos. Cuando miré… cuando le miré, tenía pensado matarlo. Sabía que tenía que luchar. Pero cuando le miré, no pude moverme. Ni siquiera eran sus ojos. No se veían en la oscuridad. Simplemente, no pude moverme. Aún me parece un milagro que pudiera levantar siquiera la mirada.
Nadie dijo nada. Todos miraban sus jarras, nadie bebía. Ator aún escuchaba los gritos. Aún veía su sombra paseándose entre las ovejas.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Monstruo: Sorgak

Sorgak

Nº que aparece
1d2 (1d2)
Clase de Armadura
4
Dados de Golpe
7
Movimiento
12 metros
Ataques
2 (d10)
Daño
1d8
Ataques especiales
Cambio de forma, Conjuración
Salvaciones
Con y Sab
Moral
10
Tipo de Tesoro
Mágico
Alineamiento
Neutral (impío)
Gloria
1500

Brujas existen en todas partes, y cada tierra tiene sus tradiciones e historias al respecto. El término bruja, de todas maneras, hace referencia a criaturas que fueron humanas, pero que abandonaron su humanidad hace tiempo, entregándosela a las Tinieblas a cambio de poder y magia. Muchas de ellas pueden hacerse pasar por humanas durante aún algún tiempo, pero su corrupción se hace más evidente cada día que pasa hasta que se ven obligadas a huir a lo salvaje para ocultarse. Ahí, libres al fin del escrutinio de la civilización, pueden al fin dedicarse por entero a la nigromancia y es cuando su corrupción alcanza sus cotas más altas.

Pero, a pesar de lo que las gentes del Rey opinan, los nativos de Giruzkar saben que sus sorgak no tienen nada que ver con esas brujas. Las sorgak han entregado su ser a un poder ajeno, esto es verdad, pero no a las infames Tinieblas, si no a un poder tan antiguo como el mundo, pero parte del mismo. Han hecho un pacto con Sorgina, la Tejedora de Destinos, que les ofrece poder y magia a cambio de su alma. Sorgina es uno de los poderes de Giruzkar, atado a esa misma tierra. Aparece a menudo en las historias, a veces como villana, a veces como benefactora, pero siempre manipulando (para bien o para mal). Las sorgak son sus hijas, sus ojos y su voz allí donde no se encuentra. Viven en lo salvaje, son cambiaformas y la naturaleza responde ante ellas, con temor y respeto. No son necesariamente hostiles, pero rara vez resultan amistosas (y menos aún desde la llegada de los hombres del Rey, que las cazan como si fueran brujas). Hay poblaciones que las tienen como protectoras, y les hacen sacrificios y fiestas para aplacarlas y que bendigan sus cosechas y nacimientos.

Una sorga (singular de sorgak) es capaz de cambiar su forma como una acción en cualquiera de tres formas distintas: una lechuza, un gato o una serpiente. Estas formas no las suele utilizar para luchar, si no para moverse sin ser vista, viajar largas distancias o escapar. Además de eso, la sorga es capaz de conjurar en sustitución a uno de sus ataques. Puede hacer objetivo a una criatura, que quedará maldita de una de las siguientes maneras:
  • Ciega hasta la próxima luna llena (con todo lo que ello conlleva). TS de Sabiduría salva.
  • Incapaz de recuperar salud hasta la próxima luna nueva (no puede curarse de venenos, enfermedades ni puede recuperar pg). TS de Fuerza salva.
  • Cubriéndole de pústulas y llagas dolorosas hasta la siguiente luna nueva (DA +1, CA +2, sin Habilidades de Carisma). TS de Constitución salva.
  • Haciendo que sólo pueda comer insectos hasta la próxima luna llena (con los efectos que ello debería suponer). TS de Carisma salva.
  • Dejándole cojo hasta la próxima luna nueva (movimiento reducido a 3 metros, con muleta 6 metros pero ocupa una mano, no puede usar Atletismo, Nadar, Acrobacias ni Equilibrio). TS de Destreza salva.
  • Destruyendo su memoria hasta la próxima luna llena, de manera que es incapaz de mantener la concentración o de referir conocimientos exactos (no puede usar habilidades de Inteligencia ni Concentración). TS de Inteligencia salva.

Luego. una sorga demuestra un profundo dominio del mundo natural. Los animales acudirán en su auxilio (a menos que haya otras fuerzas sobrenaturales en juego que puedan afectar su comportamiento), sus perseguidores le perderán rápidamente el rastro entorpecidos por la vegetación, a sus enemigos les será imposible encender fuego de forma normal y la niebla acudirá cuando desee ocultarse, y otros efectos similares. Una sorga puede proteger una localidad asegurando buenas cosechas y nacimientos sanos, pero a cambio exigirá un sacrificio humano una vez al año, y sacrificios apropiados (generalmente un ternero o una cabra) en los equinoccios. En el solsticio de verano, además, un hombre se entregará para pasar una noche con la sorga. La supervivencia de este hombre no está asegurada, pero si regresa, lo hará colmado de honores y la buena suerte le acompañará el resto de su vida.

martes, 15 de agosto de 2017

¡El Vacío Celeste no está Vacío!

Vale, igual os lo perdisteis en su momento (mal), pero las gentes de Monifate tuvieron una idea así como que estupenda. Iban a sacar un bestiario (vamos bien), multisistema (no suena mal), de COSAS QUE VIVEN EN EL CIELO.

¡Flotuentes o gravitones!
¡Estos son míos y aparecen en el bestiario!
La cosa es que las islas flotantes y otra parafernalia antigravitatoria es tema común en la fantasía (y en la ciencia ficción, y en la mezcla de ambas, o miren Avatar), pero no estoy seguro de que hasta ahora a nadie se le hubiera ocurrido la idea de crear todo un ecosistema monstruoso (y no tan monstruoso) en las esferas superiores de nuestro mundo. La cosa mejora, porque no se trata de un simple bestiario, si no que es al mismo tiempo una guía a una ambientación de fantasía... atípica. Dejémoslo ahí. Una de las cosas que me suele gustar de las creaciones del mencionado +Jose Carlos Domínguez es un cierto sabor surrealista y rompedor en su obra. Clásico, de alguna manera, pero original y con ciertos dejes neuróticos o esperpénticos. Y con mucho humor. No sé, es complicado de explicar, mejor si las miráis y sacáis vuestras propias conclusiones.

En fin, el caso es que estos señores se decidieron por sacar un crowdfunding en el que yo participé de mil amores, seguro de que la calidad del producto bien lo valía, y no me engañaba. Así que sin más preambulos, me pongo con la reseña del producto.


CRIATURAS DEL VACÍO CELESTE
Un bestiario sobre los inconmensurables abismos del firmamento.

El libro comienza con una breve y concisa introducción explicando la naturaleza, uso y propósito del manual, claro y distinto. En las entradas de cada criatura se incluyen sus estadísticas para D&D (5a y retroclones) y también para FAE. Se echa en falta Savage Worlds, con el que personalmente creo que casaría muy bien, pero son unas decisiones acertadas, por ser sistemas muy populares y que permiten el tipo de juego que este manual defiende. 

La primera criatura que se nos muestra es el Aerosilisco, una retorcida y original versión de una criatura de mirada petrificante. Aquí empezamos a tomarle el pulso al suplemento. Vemos que no se dedica únicamente a hablarnos del combate, no trata los bichos como cosas, si no que les da dimensiones, densidad, presencia. Cada bicho da casi para una aventura, es un encuentro fabuloso e inesperado, que los veteranos sabrán apreciar por su originalidad (al tiempo que sus nombres y aspectos pueden darles valiosas pistas). Puede que lo mejor que se pueda decir, es que el bestiario no se dedica únicamente a poner alas o medios voladores a todos los bichos ya conocidos en el manual de monstruos. Lejos de eso, el manual crea

Cada entrada goza de una serie de atributos que sirven de baremo a la hora de describir al bicho y nos permitiría fácilmente lograr su adaptación a otro sistemas. Cosas como por ejemplo indicar su resistencia en unidades humanas ("tan resistente como un humano" o "resistente como diez humanos"). Esto nos permite hacernos una idea instintiva y clara de los rasgos más "mecánicos" del bicho. Sigue con cosas tan interesantes como su comunicación, disposición, objetivos, diversas peculiaridades, guarida o el tesoro que pueda poseer. Para cuando terminamos de leer una de estas entradas, tenemos una idea muy clara de la criatura, de sus motivaciones y posibilidades. Pero uno de mis añadidos favoritos, son las "tablas" de encuentro y rumores. 

Cada criatura posee un apartado con seis posibles actividades o actitudes en las que la criatura se encuentra envuelta en el momento en el que los personajes se la encuentran, para no convertir esto automáticamente en un encuentro de combate y para darle vivacidad y vitalidad a la estampa. Luego, hay una lista de veinte rumores distintos que sobre la criatura se cuentan. De esta manera, podemos decidir, aleatoriamente o no, capacidades o realidades varias para la criatura, formando ligeras diferencias y dándole color, o incluso tirar simplemente para confundir a nuestros jugadores con datos falsos.

Lo último, son las estadísticas de la criatura para los sistemas antes mencionados, D&D y FAE. Pero aquí no nos detendremos mucho. 

Personalmente, y tal y como he mencionado antes, lo más asombroso del manual me parece cómo, a través de sus criaturas, logra construir una ambientación sólida e intrigante. Con un par de pilares bien firmes (los liches tormentas, los templos de la luz y la armonía, el imperio trasgo...) pero lo suficientemente abierta y desconocida como para que cada grupo de juego la explore a su antojo y le de la forma que prefiera. Lo compararía con un esqueleto colorido y de sugerentes formas presto a vestirse de la carne que sus jugadores le ofrezcan. Una de las cosas más importantes, es que queda impresa en esta ambientación un fuerte sentido de identidad que lo distingue de otras. Cuando estés jugando a Criaturas del Vacío Celeste, no se va a sentir como jugar a D&D entre islas flotantes. Es algo más. 

Ya veis que me deshago en halagos, y no es que le vea algunas faltas (por ejemplo, se echan en falta más ilustraciones, y hay algunas criaturas que resultan incluso un poco fuera de lugar, y una fuente un poco mayor para leer con más comodidad sería de agradecer), pero lo cierto es que su originalidad y calidad suplen con holgura las faltas. En su momento, hablando sobre Ablaneda, ya resalté la enorme calidad de la prosa de +Jose Carlos Domínguez (os juro que lo menciono para no escribir yo todo su nombre) y aquí lo vuelvo a hacer. No sólo es un manual lleno de material interesante, si no que es un manual interesante de leer. 
Aquí os dejo con un liche tormenta, sed buenos. O no, el liche tormenta absorberá vuestra esencia vital igualmente.