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domingo, 10 de marzo de 2013

Relato 3, Página 10: El Hechicero

El hechicero aguardaba tembloroso en la más profunda e infecta de las criptas noticias de su guardia. Los intrusos habían resultado ser mucho más duros de lo esperado, e incluso habían acabado con su demonio.

El hechicero tenía un aspecto patético. Flaco hasta marcársele el hueso, arrugado hasta que la piel tenía pliegues sobre los pliegues, con apenas cuatro endebles mechones de pelo sobre su cabeza, todos de un color grisáceo enfermizo. Cojeaba al andar, aunque eso no parecía que se moviese con más lentitud, y sus ojos tenían marcadas bolsas amoratadas que remarcaban aún más la insana palidez de su piel, sobre la que sus azuladas venas dibujaban extraños patrones. Buena parte de sus dientes se habían caído, y sus uñas crecían largas, sucias y agrietadas.

Durante meses se había dedicado a sangrar a ese villorrio dejado de la mano de los dioses con excelentes resultados, obteniendo una buena cantidad de almas y sangre con los que alimentar sus conjuros, pero la llegada de esos tres viajeros lo había echado todo por la borda.

De pronto uno de los pedazos de obsidiana que llevaba al cuello se partió, y el hechicero emitió un quejido. Aquella aberración la había encontrado en una de las mazmorras del castillo, y había necesitado de toda su brujería para dominarlo.

- No gimotees como un aprendiz, imbécil. Aún no han llegado aquí.


viernes, 22 de febrero de 2013

Relato 3, Página 9: El Verdugo

La escalera se retorcía bajo sus pies mientras bajaban, enroscándose como los anillos de una serpiente negra y maligna que poco a poco los dirigiese hacia sus colmillo húmedos de veneno.

Como habían sospechado, el olor a matanza no había hecho nada más que aumentar con cada paso que daban hacia el infierno.

Finalmente terminó la bajada, y se toparon con una solemne sala circular con tres puertas. En esta ocasión, la sala sí que estaba tenuemente iluminada por varias antorchas que parecían arder entre estertores.

- Debemos tener cuidado, puedo sentir que la guarida del hechicero está cerca, y es seguro que nos estará aguardando. Actuemos con...

La puerta del fondo salió despedida al encontrarse violentamente con la bota de Karb.

- ... precaución.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Relato 3, Página 8: Sombras de muerte

La hoja de la daga paterna se hundió en aquella maraña de oscuridad y las runas que la recubrían emitieron un destello que por poco dejó ciego a Ithal. 

El demonio aulló de dolor nuevamente, retorciéndose agónicamente, y huyó miserablemente hacia un extremo de la habitación mientras de la herida que había abierto el cuchillo manaba una apestosa oscuridad, que la abominación trataba de retener con sus impías zarpas.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Relato 3, Página 7: Demonio


Las puertas se habían cerrado, y Xeldon, Ithal y Karb estaban bastante seguros de que no había sido cosa del viento. 

Entonces una voz llenó la sala, una voz que parecía surgir de las mismas paredes del edificio. Era una voz vieja, cascada por los años. Arrastraba las eses y gorjeaba las erres, y se oían largas y penosas aspiraciones entre una palabra y otra. Parecía más la voz de un cadáver que la de alguien vivo.

- Estúpidos y molestos norteños, ¿a qué habéis acudido a mi guarida, a mi hogar? Os ordenaría marcharos, pero vuestra ofensa es ya demasiado grande como para permitiros marchar. Erbulfthar se encargará de vosotros, roerá vuestros huesos hasta limpiar vuestra sucia carne de ellos... 

La puerta que se hallaba al fondo de la sala entre las dos escaleras se abrió. Tras ella no había nada, tan solo una negrura tan profunda que parecía absorber la luz de la propia habitación. Entonces la negrura cruzó la puerta, zarcillos de oscuridad pura se esparcieron por toda la habitación, corrompiendo la piedra allá donde la tocaban. 

La forma del terrible demonio fluctuaba con las propias sombras de la habitación adoptando pavorosas formas que solo una pesadilla podría describir.

domingo, 10 de febrero de 2013

Relato 3, Página 6: De sombras y árboles

Los presentes miraron con desconfianza hacia aquellos objetos. Karb fue el primero en adelantar sus duras manos y tomar uno de los amuletos y colgárselo al cuello. Ithal, con un suspiro, se adelantó con cierto aspecto de resignación e hizo lo mismo. De acuerdo que era un delinés algo atípico, pero las brujas seguían inspirándole desconfianza. Mejor dicho, nadie que pudiera leer su nombre en sus ojos le inspiraba confianza alguna.

- Bien, esto os marcará como inofensivos a los ojos del bosque, pero tened cuidado. Para ti, artenio, no tengo nada. El bosque ya te teme, igual que casi todo lo que camina en las sombras, y poco se atreverán contra ti. Pero dime, ¿cuál es tu nombre?

Xeldon sonrió, y fue como si un dragón abriera un ojo. La anciana retrocedió instintivamente un paso, y sus nudillos palidecieron cuando su puño se cerró con toda su fuerza sobre el bastón.

- Vieja, no hay un solo hechicero, al norte y al sur de las Tánaos, que conozca esa respuesta por mis labios y siga entero. 
- Harías bien en aprender algunos modales, artenio. No soy hechicera, solo una simple anciana que cura los males de la gente de esta villa. Creí que entre los tuyos se respetaba la edad.

El artenio siguió mirando a la anciana aún un minuto, durante los cuales nadie se atrevió a respirar. Finalmente la anciana miró al resto de la mesa, saludó con la cabeza y se marchó. Fuera empezaba a nevar.

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miércoles, 6 de febrero de 2013

Relato 3, Página 5: Bruja

Uldar tosió levemente, tomando el relevo de la conversación. Parecía que lo que iba a contar ahora no le resultaba en absoluto fácil. Casi parecía atemorizado.

-        Capturamos a uno de los asaltantes y lo interrogamos. Cuando le preguntamos sus motivos, tan solo respondió: “Porque el Conde de Nagero así lo quiere”. No dijo nada más, aparte de incoherencias, a partir de ese momento. Estaba completamente loco. Cuando fuimos a la mañana siguiente, había desaparecido. La celda aún estaba cerrada, y el cepo en el suelo, cerrado todavía, pero ni rastro del hombre. – Uldar.

Un silencio se impuso sobre los hombres que se encontraban en la sala, un silencio supersticioso e inquieto.

-        Parece cosa de hechicería. – Ithal.


jueves, 31 de enero de 2013

Relato 3, Página 4: Revancha


Karb miró con seriedad el costado sangrante de Ithal. Con un fiero gesto se giró hacia los atacantes, que lo miraban impasibles con sus gélidos ojos. Su espada cayó sobre la nieve fundiéndose con el blanco. Levantó un dedo y señaló a los hombres.

- A ver, ¿quién lo ha herido?

Sin que pareciese que le hiciesen caso alguno, uno de ellos comenzó a avanzar hacia él.

- Me lo tomaré como una respuesta.

martes, 15 de enero de 2013

Relato 3, Página 3: Rescate


Uno de los enmascarados no aguardó ni un momento más y se lanzó espada en alto hacia Ithal. Este rodó por la nieve, cubriendo su rubio pelo de escarcha, y lanzó una estocada hacia las costillas de su enemigo. No con la suficiente fuerza, sin embargo, pues el hombre desvío la espada sin demasiado esfuerzo.

domingo, 13 de enero de 2013

Relato 3, Página 2: Estrellas


Makel escuchó canciones al otro lado de la puerta. Le extrañó, hacía semanas que no oía canciones tras esa puerta, y pensó esperanzado que quizá fuese una señal más de Dragón, que por fin acudía en su socorro. Abrió animosamente, y quedó más bien descolocado ante la escena que se le presentaba.

Un enorme bárbaro cantaba con una voz que hacía temblar las paredes en un idioma del todo extraño, con una jarra en cada mano, mientras un grupo de hombres heridos y desastrados lo coreaban, incluyendo un desconocido de aspecto impoluto.

El tabernero tras la barra sonreía y escupía algún diente de vez en cuando, sirviendo una jarra tras otra, con una fea brecha abierta en la cabeza de la que manaba sangre sin cesar, a menudo mezclándose con la bebida.

En una esquina se hallaban los restos de lo que debía haber sido una silla, y uno de los braseros se hallaba medio vacío e inclinado, con una buena porción del suelo quemada cerca.

Olvidándose por completo de la ventisca que dejaba a sus espaldas, Makel intentó vanamente comprender lo allí acontecido.

martes, 25 de diciembre de 2012

Relato 3, Página 1: Cerveza


Cuando ya les quedaban escasos días de marcha para llegar a Erindes, y el Camino Viejo por fin adquiría el aspecto propio de un camino, los dos viajeros se hallaron con que les quedaban nada más que unos minutos para el anochecer y aún no habían hallado refugio.

Ya comenzaba a nevar suavemente, y hacía tanto frío que incluso Karb caminaba envuelto en su capa. Sus narices estaban rojas como cerezas, al igual que sus carrillos, y sobre sus hombros y su pelo empezaba a acumularse la escarcha.

Las árpaves desde lo alto, bien abrigadas por sus plumas, se mofaban de ellos cruelmente.

- ¡Iahahahaha! ¡Cuando el frío os tenga quietecitos y ya no seáis capaces ni de alzar la mirada, bajaremos y os abriremos como a peces para beber vuestra tibia sangre y mascar, mascar vuestra dura carne! ¡Iahahahahaha!

martes, 18 de diciembre de 2012

Relato 2, Página 3: Reunión


- Poco después, volviendo a casa separé me de mi amá, con su permiso, noski, y comencé mi viaje hacia el Sur, a las tierras amables.
- Gran historia, Carb.
- Carb no, Karb.

Dos hombres compartían una fogata y un venado en una pequeña cabaña de pastores. Uno, grande y musculoso, cercano a los dos metros, de ojos profundos y oscuros y un pelo negro y abundante, aunque con canas en él. Lleva la barba descuidada, la ropa llena de jirones, sangre y rotos. Su piel es pálida, reflejando en ocasiones destellos azulados cuando la luz resbala sobre él. Sus manos son grandes y están cubiertas de cicatrices. Podría decirse que es un hombre guapo, en el sentido más salvaje de la palabra. Habla con un marcado acento, silbando las eses y marcando fuertemente las kas.

Su compañero, en cambio, es más pequeño, aunque aún así alto. Sus ojos son azules y melancólicos y su cabello de un castaño tan claro que cuando la luz se refleja casi parece rubio. Al igual que su compañero, su piel es pálida, aunque no hay atisbo de barba en su rostro. Inspira una sensación de confianza y simpatía, de elegancia, a pesar incluso de sus ropas raídas y desgastadas por el camino. Sin embargo uno advierte que bajo esas ropas se encuentran unos músculos bien templados, que le dotan de una agilidad felina. Es, en definitiva, el tipo de hombre en el que todas las muchachas de un salón de baile se fijarían. Su habla es clara, carece por completo de acento, lo que aunado a sus peculiares rasgos, dificulta notablemente determinar cuál es su procedencia.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Página 1, Frío (Prólogo)

Nevaba en la aldea. En realidad, nevaba en todo Valle, como era habitual por aquellas fechas. Pero que Ithal llevase viendo nevar 16 inviernos en aquel lugar no lo hacía más agradable. Las temperaturas bajaban hasta límites insoportables, y tanto su padre como él bajaban sus camastros a la sala, donde los ponían junto al fuego, paliando así mínimamente los efectos del invierno. Su padre, Stardas, tenía también otro método de lo más interesante, aunque costoso, para resistir los inviernos. Y los otoños. Y las primaveras. Y algún que otro verano también. Pero el vino no solía abundar, y la cerveza le sabía amarga, lo que le ponía generalmente de mal humor.

Ithal suspiró tristemente; esta era la primera nevada, a la mañana siguiente habría al menos una vara de nieve cubriendo todo Valle, y esta no desaparecería hasta bien entrada la primavera. Pensó admirado en los bárbaros que vivían en las montañas y en los bosques, con casas de madera, sin chimeneas, y que aún así resistían admirablemente el invierno. Incluso mejor que ellos, pues aprovechando que con el frío Nidros entera se encerraba en sus hogares, ellos salían a cazar cerca de los terrenos de la villa, sin miedo a ser perseguidos por la milicia, cuyas pesadas armas y armaduras hacían que se hundieran en la nieve hasta la cintura. En los inviernos más crudos incluso atacaban algunas de las granjas y se llevaban los animales. 

Ithal solo había visto una vez a un bárbaro, y había quedado asombrado. Era grande, incluso más que su padre, pálido como un espectro, con una barba grande y roja como un pecho abierto, músculos como montañas, y unos ojos que helaban solo con mirar, tan azules como el cielo en un día claro de invierno. Realmente le resultó temible. Y el gigantesco oso con el que cargaba no suavizó el impacto. En el filo de su hacha aún goteaba la sangre del animal. Por un momento Ithal estuvo convencido de que iba a matarlo (como todos, conocía las terribles historias que de los bárbaros se cuentan, los temibles surnitas, sanguinarios y salvajes), pero el gigante se limitó a saludarle con un hosco gesto de la cabeza y a seguir adelante. Sin mirarle le dijo unas palabras en un idioma que Ithal no reconoció, pero que le hicieron estremecerse por la gravedad de la voz que las pronunciaba.

- Emen hosa vilko zitu, ¡johan esera!

Rápidamente, inspirado por un súbito pánico (¿o era euforia?) echó a correr hacia Nidros. Nunca le habló a nadie de este encuentro.

Nunca se había alejado más de un día de Nidros. Un verano se había alejado demasiado y había dormido en el bosque (experiencia que no tenía intención de repetir), pero este año su padre por fin había accedido a llevarlo consigo a Nesareba. Nesareba era la ciudad más cercana, a dos semanas de viaje por el Camino Viejo, situada en el Paso de Sangreargenta, que llevaba a las tierras del sur, a Ymeria, donde se hallaba Aymeris, trono de Dragón, Ventedia, cuna de barcos, y Aghán, la Frontera Verde. También estaba Ecigion, con sus señores brujos, enemigos de Dragón, y el Pequeño Reino, fundado por el gran héroe Aegidius en tierra de gigantes hace ya doscientos años. Y más al sur había aún más tierras, de nombres todavía más extraños, que Ithal no llegaría a ver jamás. Pero ahora mismo, era feliz solo con poder ver Nesareba, la ciudad de sangre y plata, donde la vida de un hombre valía tantas monedas como dedos tenía. Iría la próxima primavera, cuando el Camino Viejo volviese a ser visible, los enanos grises se retirasen a sus cavernas y las árpaves a sus cumbres. Y eso lo llenaba de emoción.

Su padre, Stardas, había sido un hombre importante en Delinaria (la marca del norte), pero por algún motivo que se resistía a contar a su hijo, se vio deshonrado, y fue expulsado de la corte. Desgarrado por el dolor y la vergüenza, Stardas abandonó las fronteras de Delinaria y se instaló en Valle, en Nidros, donde el hálito de Dragón apenas rozaba la tierra y todos eran proscritos. Se enroló en la milicia, donde sus habilidades de caballero fueron bien recibidas, y se dio a la bebida. Poco después le entregaron a Ithal. Lo cuidó y educó con tanto cariño como pudo, y le enseñó los oficios de un caballero, aunque según las propias palabras de Stardas, "baila demasiado con la espada en la mano".

De vez en cuando le llegaba una carta, y Stardas partía hacia el este por el Camino Viejo, hacia Nesareba y las tierras amables. Volvía uno o dos meses después, siempre cargado con una bolsa llena de monedas gracias a las cuales sobrevivían al invierno.

Según su padre, la madre de Ithal se llamaba Delinade, un nombre muy extraño, y era la mujer más hermosa que hubiese pisado jamás la tierra. De cabellos castaños, piel pálida, ojos verdes y armoniosa figura, su voz era más dulce que la de las érabes, y su danza más grácil que el vuelo de una árpave. Y sin embargo, nunca quiso decirle de donde venía, quién era o cómo se conocieron. E Ithal sufría por ello. Su único recuerdo era un pequeño colgante de plata con una esmeralda engarzada, muy hermosamente tallado. Hace unos años, le preguntó al buhonero que solía ir cada verano de donde procedía, y este le respondió que algo tan hermoso solo podría provenir de la misma Aymeris, aunque allí nunca había visto nada similar.

Desde la ventana Ithal escuchó la risa desquiciada de un árpave. Se asomó un momento, pues había sonado realmente cerca, y vio a la negra figura sobre el cielo helado. En una casa cercana una madre se asomó y gritó a la criatura toda clase de improperios al tiempo que alzaba su puño. El árpave se alejó un poco, pero desde lejos gritó con su horrible voz:

- ¡Tormenta, viene tormenta! ¡Los gigantes agitan sus martillos y llaman a los truenos! ¡Hoy nuestro es el cielo, y las madres os encerráis a consolar a vuestros hijos, asustados por nuestras alas y nuestras garras que sacarán su sangre!

Se reía descontroladamente, y a lo lejos nuevas figuras avanzaban a través del cielo helado, mientras el gélido viento del invierno arrastraba sus risas. Por el norte gruesas y negras nubes se acercaban raudas, prestas a cubrir la pequeña Nidros y sumirla en una heladora oscuridad. Las árpaves nunca se equivocaban en sus predicciones meteorológicas.

Ithal se retiró al interior cerrando las ventanas a cal y canto, y lanzó un par de troncos más al fuego. La noche iba a ser larga.