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jueves, 2 de mayo de 2013

Vermigor IV: Maharb van Hollied

Mi joven compañera, Elisabeth Schwarzdrach, heredera de la maldita casa que gobernaba estas regiones, había desaparecido en mitad de la noche después de huir de la villa de Dunkeldorf que había sido arrasada por una horda de muertos.

Seguí su pista hasta un viejo torreón en la falda de una de las montañas de esta maldita cordillera de donde procedía un mal terrible. Valerosamente entré en la torre sin saber qué terribles males podían aguardarme en su interior, mientras los muertos comenzaban a cercarla.


La puerta del viejo y lúgubre torreón crujió lastimosamente y se vino abajo sin apenas ofrecer resistencia alguna frente a mi patada. Me encontré con una habitación destartalada, cubierta de polvo y telarañas. Una vieja mesa aún se mantenía costosamente en pie rodeada de sillas a las que hacía mucho que el tiempo les había arrancado las patas. También había varios armeros y algunas panoplias que en otro tiempo debían haber servido para guardar las armas y armaduras de viejos soldados. Una estantería vacía, dos puertas desvencijadas y unas escaleras de caracol que ascendían completaban el decorado. El aspecto que ofrecía era inquietante, abandonado. Rápidamente moví algunos de los armeros, la estantería y la mesa para formar una barricada ante la puerta. Esto quizá lograra frenar a los muertos hasta el amanecer.

jueves, 25 de abril de 2013

Vermigor III: Maharb van Hollied

¿Donde estábamos? Ah, sí. Tras rescatar a una doncella llamada Elisabeth fuimos atacados en nuestra habitación de la posada por un grupo de muertos. Es más, la villa entera de Dunkeldorf se vio invadida por estas malignas criaturas. Elisabeth y yo logramos huir, y ya lejos y a salvo me confesó que su nombre completo era Elisabeth Schwarzdrach, de los Schwarzdrach, la familia gobernante de la región, que había sido aniquilada la noche anterior por los mismo muertos que parecían haber arrasado la aldea. Ella había sido la única que había conseguido escapar con vida.

Ahora habíamos planeado que, tras descansar esta noche, acudiríamos a buscar a su hermano, si es que aún seguía con vida.


Algo me sobresaltó en mitad de la noche, y me levanté en un impulso con la espada ya lista en la mano. La pequeña fogata que habíamos encendido se había apagado casi por completo, nada más que unas ascuas emitían una dudosa ilusión de calor. El conjuro seguía intacto, ninguno de mis amuletos presagiaba nada sombrío, y sin embargo mi instinto me decía, me gritaba, que algo iba terriblemente mal.

Me giré para contemplar a mi compañera y mi corazón casi se hiela al ver que no estaba a mi lado. Su saco (mío en realidad) estaba vacío, la manta caída un par de pasos más allá. Y ni rastro de la muchacha.

viernes, 19 de abril de 2013

Vermigor II: Maharb van Hollied

Recapitulemos.

Había llegado al pueblo maldito de Dunkeldorf casi por accidente, donde me había encontrado con una hermosa y misteriosa doncella llamada Elisabeth con la que había congeniado durante una agradable velada en la destartalada taberna/posada local. Entonces, en el momento en el que la cosa empezaba a ganar auténtico interés, un muerto viviente había llamado a mi puerta en busca de un tentempié.


A toda prisa me abalancé sobre mi espada y la enfrenté a mi sobrenatural enemigo. Cuando intentó dar un paso hacia delante, su cabeza ya rodaba por el suelo, mas no así su cuerpo. Evité uno de sus zarpazos con un salto hacia atrás mientras Elisabeth ahogaba un grito. La lucha no duró mucho más, con un tajo le rebané la pierna, con lo que perdió el equilibrio y cayó al suelo, donde pude sin ya mucho problema arrancarle los brazos. 

La cabeza seguía gruñendo a un lado de la habitación, pero tras deshacerme de al amenaza pude acudir a mi mochila donde tomé mi daga consagrada y se lo hundí en el cráneo. Al momento cesaron de moverse sus ojos, su boca y el resto de su cuerpo situado un metro más allá.

No hubo tiempo para respirar. Desde la planta baja llegaron a mis oídos los inconfundibles sonidos de decenas de pies putrefactos arrastrándose, junto al chasquido propio de los huesos al ser triturados por una dentadura muerta.

- Vístete, nos vamos ya. - le dije a Elisabeth. Lo cierto es que esperaba una reacción aterrada, una parálisis temporal debido al terror, o cualquier cosa semejante, pero nuevamente la joven me sorprendió. Sin perder un instante saltó de la cama, se puso la blusa y una capa que yo le dejé que le iba demasiado larga y se colocó junto a la ventana.

domingo, 7 de abril de 2013

Vermigor I: Maharb van Hollied


Cualquiera en su situación hubiese huido. Recogido rápidamente las cuatro cosas que poseía desperdigadas por esa infecta habitación, saltado por la ventana y desaparecido en la noche entre enloquecidos gritos de terror y espanto. Cualquiera, pero no él. En ocasiones ser un héroe era una cosa muy desagradable.

La chica apenas vestida sobre el colchón se hallaba más pálida que un vampiro, el natural color carmesí de sus mejillas había volado cabalgando el miedo. El blanco y semitransparente camisón no era suficiente como para ocultar sus elegantes formas femeninas, que nada tenían que ver con las burdas proporciones de las campesinas mourntallanas. Su pecho subía y bajaba aceleradamente impulsado por el terror que la criatura en la puerta le inspiraba, cuya horripilancia tanto contraste marcaba con la casi divina belleza de la doncella.

Con tan solo su espada en la mano, semidesnudo, sin ni uno solo de sus talismanes puestos, con el cinturón desabrochado, dispuesto (obligado) a enfrentarse al monstruo.

Oh, sí, en ocasiones ser héroe podía ser muy desagradable.