Mi joven compañera, Elisabeth Schwarzdrach, heredera de la maldita casa que gobernaba estas regiones, había desaparecido en mitad de la noche después de huir de la villa de Dunkeldorf que había sido arrasada por una horda de muertos.
Seguí su pista hasta un viejo torreón en la falda de una de las montañas de esta maldita cordillera de donde procedía un mal terrible. Valerosamente entré en la torre sin saber qué terribles males podían aguardarme en su interior, mientras los muertos comenzaban a cercarla.
La puerta del viejo y lúgubre torreón crujió lastimosamente y se vino abajo sin apenas ofrecer resistencia alguna frente a mi patada. Me encontré con una habitación destartalada, cubierta de polvo y telarañas. Una vieja mesa aún se mantenía costosamente en pie rodeada de sillas a las que hacía mucho que el tiempo les había arrancado las patas. También había varios armeros y algunas panoplias que en otro tiempo debían haber servido para guardar las armas y armaduras de viejos soldados. Una estantería vacía, dos puertas desvencijadas y unas escaleras de caracol que ascendían completaban el decorado. El aspecto que ofrecía era inquietante, abandonado. Rápidamente moví algunos de los armeros, la estantería y la mesa para formar una barricada ante la puerta. Esto quizá lograra frenar a los muertos hasta el amanecer.