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jueves, 12 de febrero de 2015

Espadas de Robleda: La Torre del Pantano I

Las cosas fueron bastante tranquilas durante un tiempo. Entre las ropas del nigromante no encontraron más que un símbolo sagrado de Orcus, el dios demonio de la no-muerte y la putrefacción. Nada extraño de encontrar, dadas las circunstancias. Sin embargo, era evidente que un mago de semejante poder no había salido de ninguna parte. Muchos eran los malvados que buscaban causar el caos por simple placer, pero por norma general los magos solían ser algo más cuidadosos. ¿Sería entonces tan solo un loco poniendo a prueba su poder, realizando proezas en nombre de su dios? ¿O habría más detrás de ello? Las Espadas de Robleda no se preocuparon mucho por ello. Los aldeanos de Villanías fueron generosos en sus recompensas, y la aventura no fue en balde. Sin embargo, Villanías había acabado devastada, su población reducida a menos de la mitad. Muchos se marcharon, no había más que recuerdos amargos en el lugar, mientras que otros decidieron quedarse e intentar luchar por volver a levantar la aldea, entre ellos Isidro. Su valor y ánimo eran encomiables, pero el éxito de su empresa dudoso.

En el tiempo que siguió a esta aventura, invirtieron las monedas ganadas lo mejor posible (equipo nuevo, bebida y fanfarria), y por supuesto en pagar el alquiler de su local. Ozymandias fue a aprender nuevas artes con su viejo maestro, Dumar el Rojo, hacendado en Robleda. Tal y como lo definía el propio Ozymandias, un perro viejo y bastardo que valía más como abono para gusanos que como maestro de la magia. Y cierto era que su fama no era la mejor en Robleda, pues muchos lo tenían por misántropo y avaricioso, y cubría su casa con encantamientos para que lo dejaran tranquilo, además de cobrar altos precios por sus servicios. Al-Tazad tenía algunos asuntos que atender con su orden, le preocupaba el asunto del nigromante y quizá en el Templo supiesen más. Así que durante un par de semanas, fueron solo Lethalon y Grom los que se quedaron en activo, a la espera de algún encargo o noticia de un tesoro valioso. Estas noticias no tardaron en llegar, en forma de citación en la taberna del Goblin Sonriente.

Cuando llegaron no les fue difícil encontrar a su citador. Tal y como se indicaba en la misiva, se trataba de un visirtaní vestido con ropas negras marqueñas y un llamativo alfanje en su cinto. Bebía té en la oscuridad de la pequeña taberna, y distinguió a los dos aventureros al momento. No es habitual ver a un elfo y un enano juntos.

-          La Paz de Valion sea con vosotros. – dijo con un muy aceptable acento marqueño mientras realizaba el saludo universal del orden, tres dedos sobre el corazón. – Sentaos, por favor.
-          Sí, sí, bienhallado y todo eso. Al grano. ¿Cuál es el trabajo?

La brusquedad del enano no pareció importunar al visirtaní, que sacó de su zurrón un pergamino y se lo tendió a los aventureros, sin abrirlo, y evitando que lo tomasen.

-          Hace tiempo el imperio de Visirtán se extendía hasta el mismo Pasoraudo. Nuestras fronteras chocaban con las vuestras y con las del Gran Pantano, así que se levantaron numerosas torres de vigilancia. Fuertes y pequeñas fortalezas. En este mapa hay señalada una de ellas.
-          Los asentamientos militares rara vez guardan tesoros de valor – gruñó el enano.
-          Oh, pero este sí. Veréis, muchas de estas pequeñas fortalezas eran a su vez hogar de pequeños señores, y otras bases de adoración o enterramiento de antiguos héroes cuyo nombre ha sido ya olvidado. Aquí se encuentra la tumba de uno de dichos héroes, si es que mereció alguna vez ese apelativo. Fue enterrado con honores y riquezas, aquellas que obtuvo en vida. Entre sus pertenencias había una espada, de gran tamaño y maravillosa factura. Necesito que me traigáis la espada, pero podéis quedaros con todo lo demás que encontréis.
-          Parece que la espada es de verdad valiosa… ¿Por qué deberíamos tráertela? No parece justo para nosotros, ni siquiera sabemos si lo que encontremos en el lugar tendrá algún valor de verdad… Es decir, es un lugar abandonado al borde del Gran Pantano, si no hay un par de tribus de hombres lagarto por lo menos me sorprendería. ¿De verdad nos merece la pena?

Con un suspiro, el visirtaní sacó de su zurrón una bolsa que tintinéo al golpear la mesa. Aquí los ojos del enano y el elfo se abrieron mostrando genuino interés.

-          En esta bolsa hay cien monedas de oro visirtanís, y hay otra en mi zurrón esperando vuestro regreso. Os aseguro que en su interior encontraréis grandes tesoros, mucho mayores que esta bolsa que aquí veis. Es verdad que la espada es valiosa… como también es peligrosa, e inútil en manos de quien no conozca sus secretos. No quiero mentiros. Ni siquiera sé si habrá peligros en el lugar, pero lo encuentro probable. Como decís, no está lejos del Gran Pantano. Pero acudí a vosotros porque oí que erais auténticos aventureros y saqueadores. Profesionales, y de fiar. Siempre que os pagaran bien. Yo os ofrezco la localización de un tesoro que con seguridad nadie ha saqueado aún, incluso os pago por acudir y por la molestia de tener que traerme una espada, ¿aceptáis o busco a gente más adecuada para la tarea?

Pocas horas más tarde los dos aventureros habían comprado una mula con parte del pago que el visirtaní les había dado por adelantado y se dirigían hacia el norte siguiendo el Pasoraudo. El visirtaní les había dicho que estaría en Robleda durante un par de semanas, así que tenían tiempo. Si para entonces no habían regresado, asumiría que habían muerto.

-          Por cierto… ¿Cómo se llamaba?
-          No sé, no se me ocurrió preguntarle.
-          ¡Se supone que tú eres el avispado, elfo! ¡Esas cosas se te tienen que ocurrir a ti!
-          Generalmente solo tengo dos preguntas para la gente que nos contrata, ¿Dónde y Cuánto? ¿Qué más nos da cómo se llame?

Grom soltó un gruñido, pero no discutió más. Ya habían salido de Robleda y caminaban hacia el Gran Pantano. Al principio se cruzaron con algunos caminantes e incluso con un par de “fajines rojos”, los famosos miembros del Concejo de Vecería, pero según se alejaban más de la ciudad los avistamientos fueron cada vez más esporádicos, hasta que al fin parecían ser ellos los únicos en el camino. Habían calculado que llegarían al lugar indicado por el mapa al día siguiente, así que se detuvieron a hacer un alto en el camino. Buscaron un lugar al refugio del viento, extendieron sus mantas y se dispusieron a dormir. Ya fuera por olvido o por excesiva confianza, a ninguno se le cruzó por la cabeza montar guardia.

Lethalon abrió los ojos a una noche iluminada por sus ojos de elfo. No sabía muy bien qué lo había despertado, pero no le hacía ninguna gracia. Se levantó, y rápidamente se encontró con el rostro asustado de un muchacho con la mano metida en su bolsa. Ambos se miraron durante un segundo, antes de que Lethalon gritase alarmado para despertar a su compañero. El ladrón sacó una daga y se abalanzó sobre el elfo, que desvió el ataque lo mejor que pudo. No pudo evitar acabar con el asaltante sobre él, la daga cerniéndose sobre su garganta y Lethalon con el miedo dibujado en el rostro sujetándola con ambas manos. En vano, pues el peso del asaltante, aunque joven y algo escuálido, era demasiado para sus débiles brazos. La daga ya tocaba su piel cuando una amenazadora sombra apareció gruñendo a la espalda del bandido. Aquel debió ver la sonrisa y la mirada de Lethalon, porque trató de apartarse rápidamente, pero el plano de la hoja cayó sobre su cabeza de forma inmisericorde, dejándolo inconsciente al momento. Grom aún se frotaba las legañas, y miraba con ojos entrecerrados al asaltante.

-          Átalo. – indicó a Lethalon.

No tardaron en tenerlo bien envuelto, y entonces lo despertaron con unas nada cariñosas bofetadas. El muchacho parecía verdaderamente aterrado, y su natural palidez, con un rostro cubierto de pecas, resaltaba aún más bajo la luz lunar y el miedo.

-          ¿Cómo te llamas, mequetrefe?
-          Lisdon, Lisdon Balenron, señor enano. Por favor no me mate.
-          Jum, no parecías tener muchos reparos en matarme a mí, sin embargo.
-          Señor elfo, por favor. No era nada personal, entenderá usted, no soy más que un pobre bandido. No tengo nada que llevarme a la boca ni con qué vestirme. Unos kobolds destruyeron la granja de mis padres y tuve que echarme a los caminos con lo puesto. Ni siquiera mi pobre hermanita pudo sobrevivir. Cuando vi sus cadáveres allí tendidos en el suelo, tratados con tanta brutalidad por esas maliciosas criaturas… Por favor, no me maten, soy víctima de las circunstancias.

El enano pareció ablandarse por un momento, pero Lethalon estalló en carcajadas.

-          ¡Vaya, no mientes nada mal! Por esa historia tan divertida tan solo nos llevaremos todas tus ropas, la daga y lo que tengas en la bolsa y te dejaremos con vida.
-          ¿¡Qué!? ¡No! ¡Moriré de frío, si las bestias no me devoran primero!
-          Bueno, te dejaremos los calzones.

De nada sirvieron ya las súplicas y ruegos del pobre Lisdon. En su bolsa había algunas monedas (sin duda obtenidas de forma poco honrada), algo de comida que les duraría un par de días y una piedra de afilar con la que sin duda cuidaba su daga. Aflojaron sus ataduras y se pusieron en marcha cuando el sol ya comenzaba a asomarse. Sin duda el muchacho se liberaría antes del mediodía, y a partir de entonces su suerte estaría echada.

-          No sé, incluso aunque mintiera quizá nos hayamos pasado.
-          La verdad es que no sé si mentía o no, pero el muy bastardo ha intentado matarme. Y mira, no era tan pobre ni miserable como pretendía hacernos creer. – dijo sonriendo el elfo ladrón, mostrando varias de las monedas que había en la bolsa.



El enano se encogió de hombros. Al fin y al cabo tampoco era su problema. Así quizá aprendiera la lección.

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Aquí donde lo veis este fue el comienzo de uno de mis villanos favoritos, que he reciclado en ocasiones varias en otros mundos y otras partidas. Lisdon Balenron se convertirá con el tiempo en un personaje temible y que causará graves problemas a los personajes, aunque los motivos y condiciones en los que esto ocurra no serán aún revelados...

Por supuesto, el relato que está a punto de acontecer es nada más y nada menos que la fantástica aventura presente en el manual básico de El Reino de la Sombra, La Torre en el Pantano. A pesar de que los personajes tenían a estas alturas nivel 3, podréis imaginar que el desarrollo de la misma no fue un paseo de rosas para los dos aventureros.

sábado, 24 de enero de 2015

Espadas de Robleda: Oscuros Presagios III

Tras ellos se encontraron con un grupo de miserables que los miraban con el mismo espanto con el que debían haber mirado a los muertos que se habían alzado contra ellos, sujetando torpemente entre sus manos todo tipo de herramientas que de ninguna manera podrían calificarse como armas. Había niños entre ellos, la mayoría agarrados a las faldas de una anciana con el delantal ensangrentado, y varias mujeres y algunos hombres. Tardaron un poco, pero alcanzaron a ver también a los Tragoslargos, la familia de halflings que había regentado la taberna de Villanías, ocultos tras los bancos. No había, sin embargo, rastro de Isidro.

            - Gracias a Valion que habéis venido, no hubiésemos resistido ni una noche más, ¿quienes más vienen con vosotros?
            - Sexto se ha quedado en Robleda para ver si podía encontrar más ayuda, pero de momento estamos solos.
            - Ya ves de lo que sirve hacerse los héroes... al final encerrados aquí como ratas, ¡de buena ayuda les hemos sido! - refunfuñaba Lethalon en una esquina. Grom le dio la razón mascullando. La severa mirada de Al-Tazad los hizo callar. Siguió hablando Ozymandias.
            - Ahora que estamos aquí podemos organizar una mejor defensa. Y somos cuatro espadas más, lo cual nunca es poco. Pero antes, tenemos que saber con qué fuerzas contamos… ¿Cuantos hombres se mantienen en pie?
            - Eh, apenas quedamos media docena, pero hay otros cinco heridos, entre ellos Isidro...
            - ¡Vaya, está vivo! Pues él sí que sabía manejar una espada...
            - Nos rescató a la mayoría, pero sufrió graves heridas. En la última batalla casi no lo cuenta.
            - Y supongo que lo que veo son todas las "armas" con las que contamos…
            - Sí, señor hechicero.

Al-Tazad tomó entonces la palabra.

            - ¿Hay algún otro monstruo aparte de estos zombis y esqueletos?
            - Sí, los hay. Isidro los llamó necrófagos, y son los que mayor daño nos han causado. Las puertas y la barricada mantienen a los cadáveres apartados la mayor parte del tiempo, pero los necrófagos trepan hasta nosotros a través de las ventanas. Fueron tres de ellos los que dejaron a Isidro en tan mala situación. Son más inteligentes que los que hay ahí fuera, se lanzaron a por la barricada en cuanto pudieron y consiguieron abrir las puertas durante un momento. Logramos volver a cerrarlas, pero no fue fácil…

            Ozymandias frunció gravemente el ceño. Los zombis y los esqueletos eran una cosa, pero los necrófagos suponían un auténtico problema con su toque paralizante.

            - ¿Y supongo que agua bendita no tendremos?
            - La hemos gastado ya toda. No nos queda nada.

La mente del mago empezó a pensar a toda velocidad. Fuego. Los zombis tendían a agruparse para aprovechar mejor sus superioridad numérica, si tuviesen algo con lo que lograr prenderlos, podían quitarse un buen número de encima. Aunque las puertas fueran de madera, estaba bastante seguro de que resistirían, y  el resto del edificio, al estar hecho de piedra no tenía nada que temer... ¿Pero de donde sacar el combustible? El fuego no ardía así como así, y él todavía no había aprendido a lanzar bolas de fuego.

            - ¿Qué hay de la puerta trasera que utilizó Sexto para escapar?
            - Imposible, la descubrieron y ahora la vigilan constantemente.

Mientras Al-Tazad y Ozymandias discutían la estrategia y enumeraban recursos, Grom y Lethalon fueron a investigar el templo. No era demasiado grande, apenas la nave principal, y unas dependencias que servían como vivienda del clérigo. Lethalon apenas pudo rapiñar algunos adornos de plata que escaso beneficio le reportarían. También encontraron la sala donde se recuperaban los heridos.

-  Así que al final habéis venido…

Un moribundo Isidro les llamó la atención. Apenas lo habían reconocido, por tener todo el rostro cubierto de vendajes, así como buena parte del cuerpo. Junto a él una mujer de aspecto cansado lo velaba y le servía agua y sopa. En general, apenas quedaba comida, y el hambre empezaba a hacerse patente en los rostros de los asediados.

            - Sí, ya nos conoces, siempre en defensa de los desfavorecidos, huérfanos y viudas… - dijo Lethalon con desgana. El herrero, por más que les había salvado la vida en la taberna de Tragoslargos cuando el ataque de los trasgos, no terminaba de caerle bien. Solía pasarle con la gente demasiado… Legal.
            - Ya, claro - el intento de sonrisa acabó deformándose en una mueca de dolor. - ¿Qué os han prometido, las hijas del pueblo para venderlas como esclavas? En Neferu o las Islas Piratas podrías obtener un buen precio. ¿Las cosechas de los próximos cinco años? Aunque no tendrías mucho interés en algo que no brilla, ¿verdad? - su discurso se interrumpió ante un repentino ataque de tos.

Puede que Isidro solo pretendiese ser sarcástico, pero lo cierto es que Lethalon se planteó en serio algunas de esas cuestiones. No le gustaba la esclavitud, pero lo de las cosechas no parecía tan tonto…

-        -  ¡Valientes palabras para dirigirlas a los únicos que tienen alguna posibilidad de salvaros el pellejo! – vocifera furioso el enano. Isidro pareció avergonzarse un momento, pero luego se echó a reír.
-       -  ¡A salvarnos el pellejo! Bueno, enano, parece que habéis hecho un gran trabajo. Ahora moriremos todos aquí encerrados…

Un sonido de cristales al partirse y gritos de auxilio interrumpieron la conversación. Partiendo una de las ventanas, tres horrendas criaturas no muertas, de piel pálida y miembros delgados, lenguas largas y sangrantes y garras temibles, habían entrado en el recinto sagrado rompiendo una de las vidrieras y trepando por las paredes de piedra. La gente corría a alejarse de ellas, mientras los guls siseaban y se apresuraban tras sus presas como si estas fueran indefensos corderitos.

Pero no llegaron a atrapar a ninguna. La primera flecha de Lethalon solo sirvió para detener ligeramente el avance de la criatura, que se encaró con los guerreros. Un par de proyectiles mágicos volaron desde la punta de los dedos del mago, quemando la piel de la criatura. Grom y al-Tazad se encararon con las bestias y comenzó la batalla. Las garras de las criaturas varias veces cortaron la carne de los aliados. El miedo los atenazaba con cada golpe, pues sabían bien la terrible maldición que estas acarreaban. Un enemigo dañado por un gul podía caer paralizado e indefenso ante los ataques de la criatura. Tuvieron suerte, sin embargo. La dura constitución enana y la bendecida protección del paladín bastaron para evitar esta suerte. Sin embargo, el combate no se había saldado sin heridas, y estas, aunadas a las anteriormente sufridas en su huida hacia la catedral, habían mermado considerablemente las fuerzas de los compañeros.

-        -  No hay tiempo, tenemos que encontrar la forma de salir de aquí cuanto antes. Esos monstruos no tardarán en echar abajo la puerta, la barricada no aguantará y no estamos en condiciones de luchar. Si corremos, puede que aún tengamos una posibilidad. – Ozymandias estaba preocupado. A pesar de no haber recibido ninguna herida, no le quedaban ya conjuros y sabía que carecía de la fortaleza de sus compañeros. En secreto, ya consideraba correr y dejar a alguien atrás. Con toda seguridad el paladín o Isidro se retrasarían para ayudar a alguien y atraerían la atención de los muertos…
-        -  Ni siquiera sabemos cuántos hay ahí fuera, pueden estar rodeando el edificio, ¡podríamos salir solo para caer directos en una trampa!
-        -  ¿Y no hay sótanos o catacumbas en esta Iglesia? ¿Lugares de enterramiento donde escondernos, tal vez? – preguntó el enano.
-        -  ¿En serio te parece un cementerio el mejor lugar donde esconderse en estos momentos? – preguntó Ozymandias con sorna.
-        -  ¿Dónde está el elfo? – el tono de al-Tazad era grave.

Miraron a su alrededor, lo llamaron, pero no obtuvieron respuesta. Al-Tazad soltó una grotesca maldición, cosa desacostumbrada en él.

-       -   ¡Ese maldito ladrón ha escapado trepando por la ventana! ¡Ese cobarde!

No hubo tiempo para más maldiciones. Las puertas empezaron a batirse con violencia y la gente comenzó a apiñarse cerca del sagrado altar a Valion. Los héroes se situaron al frente, junto con cualquiera que fuera aún capaz de empuñar un arma. Incluso Ozymandias, ya resignado a la imposibilidad de la huida, sacó su espada y se preparó para combatir.
Se abrieron las puertas con violencia, y la niebla entró en el templo. Un sudor frío se deslizó por la espalda de los vivos, mientras un helor sobrenatural comenzó a llenar el lugar. Las antorchas y las luces incluso parecieron disminuir su potencia. Los gemidos de los muertos comenzaron a filtrarse hacia el interior junto con la insana neblina. Muchos de los habitantes de Villanías empezaron a sollozar, se escucharon plegarias a los dioses y ruegos de auxilio. Aquellos que avanzaban hacia ellos, prestos a devorarlos, habían sido en otro tiempo familiares, amigos. La muerte no les había acontecido hacía tanto tiempo, y sus rasgos, aunque muchos deformados por horribles heridas, eran aún reconocibles. Pero apenas dieron unos pocos pasos hacia el interior, se detuvieron. Sus filas se abrieron, dejando paso con deferencia (si estos pellejos sin ánima eran capaces de mostrar tal cosa) a una figura encapuchada que parecía avanzar deslizándose sobre el suelo. Ozymandias sintió el poder arcano que el hombre, si es que era tal, emanaba incluso desde la distancia donde se encontraba. Al-Tazad dio un paso al frente, desafiante.

-          -¡Abandona este lugar, siervo de Penumbra! ¡Este es un lugar sagrado y tu magia no tiene poder aquí! – le gritó mostrando su espada, donde se encontraba grabado el sagrado símbolo de Valion.

El mago encapuchado pareció sonreír ante tan infantil amenaza, y alzó sus manos en un gesto terrible. Tomó aliento durante un segundo, presto a hablar, a condenarlos a todos con alguna terrible maldición, o a aplastar sus espíritus con palabras llegadas desde los mismos dominios de Penumbra. Todos se encogieron.

En su lugar, una flecha brotó de su boca. El propio nigromante pareció brevemente sorprendido, antes de desplomarse completamente muerto.

-          Nunca dejéis hablar a un mago.


La voz llegó desde arriba. Subido a una de las vigas, oculto como un espectro, una figura de ropas negras y ojos brillantes sonreía ufana con el arco aún en la mano. Uno a uno, los cadáveres fueron desplomándose sin emitir ni un quejido. Y de pronto la pesadilla había terminado.

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Bueno, una entrada bastante larga para ver si recupero el ritmo de esta serie que la tenía muy parada. Abandonada casi por completo, de hecho. Pero uno de los jugadores la estaba siguiendo con mucho interés y me daba cosa dejarle con las ganas. En la partida la historia ocurrió de forma ligeramente distinta, pero en esencia fue lo mismo. Yo saqué mi mago nigromante de nivel cinco con su ejército de no muertos dispuestos a dar candela a los personajes (evidentemente si lo mataban el asunto se solucioaba) y un crítico furtivo de Lethalon acabó con él de un golpe. Antes de que tuviese tiempo a abrir la boca. Este fue el comienzo de la leyenda de Lethalon y Matamagos (¿quién es matamagos? pues sigan leyendo y lo descubrirán). Todos nos quedamos en la mesa con la boca abierta y yo con las lágrimas a punto de caérseme. 

Veréis que en la narración desarrollo mucho dos personajes principalmente, Ozymandias y Lethalon. Esto es así porque los jugadores que los llevaban eran más expresivos con ellos y menos mata mata que los otros (eran/son aún así muy munchkins, no os creáis...), y acabaron desarrollando una historia y un carácter mucho más interesante y rico. No se me entienda mal, Grom y al-Tazad eran unos personajes muy divertidos, pero desde el punto de vista literario, tienen menos que ofrecer. Y bueno, hay otras razones de por medio que ya descubriréis.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Desafío 30 días: 15

Voy con retraso, pero la entrada de hoy es ya muy larga. Mañana pondré los que me faltan.

Describe una localización para un juego de rol que sea importante para tí
De estas tengo un par...

Por un lago, digo lado, la posada de la Flecha Negra, en la ciudad de Esgaroth, donde me gusta empezar con mis partidas del Anillo Único. Se trata de una taberna ficticia bautizada así por la flecha que mató a Smaug el Terrible, sobre cuya barra cuelga una réplica en madera tallada de la calavera de la bestia (si bien no del mismo tamaño). Se encuentra en el barrio de los Mercaderes, la frecuentan principalmente aventureros, y no es inusual ver en ella incluso a enanos y elfos compartiendo mesa. Es famoso su cochinillo asado y su trucha al horno, y se sirven toda clase de bebidas, aunque son las favoritas la cerveza de la región y el hidromiel que traen desde tierras beórnidas, gracias a los contactos del buen Haggan, propietario de la taberna y posada. Cualquier personaje marcial puede pedir sin miedo un plato de guiso o trucha, pero solo los prósperos o más ricos podrían permitirse el cochinillo. Los frugales tendrán que conformarse con algo de pan, y leche o queso.

Consta de dos pisos, en la planta baja los huéspedes comen y se calientan gracias a los braseros situados por toda la sala, y se encuentra la barra y el acceso a la bodega tras ella. Las cocinas están también aquí. La mujer de Haggan, Brida, suele ser la encargada de preparar los guisos, y son varios los camareros (y camareras) que atienden las mesas. Haggan y Brida no tienen aún hijos, y muchos dicen que ya no los tendrán, aunque eso no parece importarles demasiado. La feliz pareja suele aprovechar el calor de las brasas de la cocina para calentarse por las noches, y convierten la cocina en su dormitorio. Si la posada tiene habitaciones libres, sin embargo, las ocupan sin reparo. En la segunda planta se encuentran las ocho habitaciones de huéspedes. Cuatro de ellas son comunales, diversas literas se apilan en ellas, pudiendo dar cabida hasta a ocho huéspedes. Las literas son obra de un amigo enano de Haggan, que se las dejó a buen precio. Estas habitaciones están al alcance de casi cualquiera, incluso de aquellos con un nivel de vida frugal. Otras dos habitaciones son algo más íntimas, pudiendo dar cabida a tres huéspedes cada una, y un solo huésped próspero puede pagar lo adecuado para tener una sola habitación para sí (que sin embargo es algo superior a lo que pagarían tres personas por ocuparlas). En estas las camas son cómodas, aunque no particularmente agradables, y cada cama tiene su propio y pequeño baúl. Brida custodia siempre las llaves ella misma, y los huéspedes deben entregarlas antes de salir de la posada. Las otras dos habitaciones están reservadas para "gente de bien". A menudo las ocupan enanos que pasan por la ciudad por negocios y descansan entre una misión y otra, que son los que más fácilmente poseen los dineros necesarios para alquilarlas. Un personaje rico podría tener una de estas habitaciones para sí solo, pero lo habitual es que la compartan dos prósperos. Por supuesto estas habitaciones vienen incluidas con todo lo necesario para el aseo personal, incluyendo jabón y toallas limpias.



La Flecha Negra es un estupendo lugar donde escuchar rumores, encontrar compañeros de aventura o tomar un pequeño descanso. Haggan conoce a buenos tasadores en la ciudad (muchos enanos) que pueden dar un buen precio por los tesoros encontrados en el camino, y siempre tiene cerca algún chiquillo presto a salir corriendo a la entrega de algún recado. El ambiente es por lo general agradable y tranquilo, se fuma mucho y se bebe con moderación, y ni Haggan ni Brida permitirían jamás una pelea en su establecimiento. Haggan en particular siempre agradece como presente raros licores traídos de tierras lejanas (en estos temas es un auténtico erudito) y hierba de fumar, especialmente si es de la Cuaderna del Sur. Algunas noches, dos o tres veces a la semana, se pasa un hombre anciano que cuenta una historia que todos escuchan. Esto da pie a que otros se levanten y cuenten también alguna historia, o canten una canción, y aunque la mayoría han sido ya oídas muchas veces, siempre son bienvenidas. El hombre anciano suele contar dos o tres, y por lo menos una vez a la semana se refiere a la derrota del dragón a manos de Bardo, gracias a la Flecha Negra, contándola con tanta maestría que muchos de los supervivientes de aquella tragedia no pueden contener las lágrimas...

...

Bien, la segunda es un rincón de la ciudad de Robleda, en un mundo muy lejano (o no tanto) al de la Tierra Media. Es más que un rincón, es un edificio. Algo viejo y destartalado, con la urgente necesidad de una mano de pintura, pero aún sólido y robusto, de planta rectangular, hecho con ladrillo. Cuenta con dos pisos más una bodega y un pequeño patio trasero. Nada más entrar se encuentra uno con un amplio recibidor, donde los restos de lo que en otro tiempo fue una alfombra descansan enterrados en barro. A la derecha, casi en la entrada se encuentra la cocina, que sirve como comedor, y por una portezuela en la misma se accede a una escaleras que descienden al sótano, que es bodega y despensa. Un perro de imponente aspecto dormita junto al hogar. La despensa abunda siempre en carne, pan, quesos de toda clase y, por supuesto, licores de toda clase (con especial mención a la cerveza enana y al vino élfico, junto con exóticas bebidas llegadas de tierras sureñas). Hacia el fondo y a la izquierda desde el recibidor se llega a un pasillo. Una vez entrado en él, al fondo hay unas escaleras que ascienden hacia el segundo piso, mientras que a la izquierda una puerta lleva a una sala de tamaño similar a la cocina. Esta sala se encuentra llena de toda clase de extraños objetos, que sus dueños llaman orgullosamente trofeos. La calavera de un dragón, el aguijón de un draco, las cabezas de un ettin, el ojo de un aboleth, las pinzas de un ankheg, colmillos de araña, libros de conjuros casi deshechos que pertenecieron a malignos hechiceros, collares tribales orcos, armas de formas extrañas... prácticamente todo lo imaginable. El orden podría ser sin duda mejor, pero la colección es en sí impresionante, de tal forma que no queda espacio para ningún otro mueble en la sala, salvo aquellos que sirven de apoyo a los trofeos. 

Subiendo las escaleras se llega a un nuevo pasillo, de idéntica longitud al de la planta inferior (es decir, no mucha) pero con dos puertas a la derecha, en lugar de una sola y a la izquierda. Estas dos puertas dan a dos dormitorios no muy espaciosos y bastante impersonales. En uno puede vislumbrarse un mayor orden y limpieza, cierto, así como un símbolo sagrado de Moru que cuelga sobre el cabecero de la cama. Una coraza abrillantada yace en una esquina, y varias armas se exponen en una de las paredes, siendo la mayoría distintas hachas. La cama resulta también algo más corta y ancha de lo que es habitual. La otra parece vacía casi por completo, pero sin duda si se registrasen a fondo suelos y paredes, se hallaría más de una sorpresa... Cosa curiosa, en ninguna de las dos habitaciones parece haber fuente de luz de ningún tipo, ni velas, ni lámparas, ni antorchas. Las habitaciones gozan de ventanas que dan a la calle. Abandonado el pasillo hay un espacio algo más amplio y una nueva puerta a la derecha. Esta lleva a una biblioteca sorprendentemente bien surtida, en la que se encuentra también un escritorio con papel, pluma y tinta sobre él. El lugar transmite calma, y las amplias ventanas ofrecen bastante luz durante las horas del día. Es evidente que se trata del lugar de trabajo de alguien, y a juzgar por los arcanos símbolos que cubren los papeles, debe tratarse de un mago. Desde el espacio abierto, que posee una ventana que da al patio, hacia la derecha, hay un nuevo pasillo, este con cuatro puertas: dos a la izquierda y dos a la derecha. Una de las puertas de la derecha lleva a lo que parece ser una armería o almacén. Diversas armaduras se exponen en panoplias, las armas se apilan en cajas y provisiones y materiales de todo tipo descansan por doquier, algunos en botellas, otros en bolsas. Un mago percibiría sin duda las vibraciones mágicas que muchas de estas armas y herramientas desprenden. En algunos cofres grandes y seguros, se amontonan las monedas, amenazando con rebosar. El resto de las puertas llevan a habitaciones que resultan similares a las anteriores. Estas sin embargo parecen mostrar que ha habido bastante más movimiento en ellas, pequeñas incongruencias se apilan por la habitación, recuerdos de viejas vidas que en algún momento pasaron por ellas para no volver.

En el patio no parece haber más que barro, y el perro que a ratos acude al lugar a desahogarse o meramente olisquear. Pero aunque es un secreto muy bien guardado, nosotros sabemos que en algún lugar del mismo hay una entrada al almacén secreto de los aventureros que en esta casa habitan, el lugar donde se guardan las auténticas riquezas. Pilas de oro, plata y platino, objetos mágicos que maravillarían hasta al más poderoso de los magos y toda clase de portentos y maravillas.

Así es el hogar de las Espadas de Robleda.


martes, 16 de septiembre de 2014

Espadas de Robleda: Oscuros Presagios II

Ya desde la distancia todos pudieron percibir el aura de maldad que se había posado sobre el lugar. La empalizada había sido restaurada, con más ganas que maña, pero la puerta se encontraba abierta de par en par, abandonada a los caprichos del viento. Con las armas preparadas y dispuestos a encontrarse con cualquier horror que les aguardase, avanzaron. Habían tenido la prudencia de pasar por el templo de Robleda y hacerse con unos cuantos frascos de agua bendita. Bien sabían el efecto que tal líquido podía obrar sobre las criaturas del mal.

Atravesaron las puertas abiertas al tiempo que un escalofrío antinatural les recorría la espalda. El silencio era absoluto. Podían verse frente a algunos portales cestos abandonados, manchas de sangre, y otros signos que hablaban de sucesos terribles. Ninguno de los aventureros estaba tranquilo. Moviéndose en silencio (incluso Grom), entraron en una de las casas. Vacía y revuelta, había en ella claros signos de lucha. Al parecer la familia había retrocedido hasta la habitación, pero la sangre que cubría el suelo y las mantas no ofrecía duda alguna sobre que aquel lugar había sido sin duda su último lugar de resistencia. Ni rastro de los cuerpos.

            - No sé si hemos hecho bien en venir aquí, por lo que sabemos podría haber un centenar de esas criaturas rondando... - habló Lethalon nerviosamente. No le gustaban los muertos vivientes, eran odiosamente difíciles de apuñalar.
            - Tardaríamos siglos en registrar todas las casas. Vayamos directos al templo, veamos si aún quedan supervivientes. - Al-Tazad se mantenía impertérrito, su dios llenaba su corazón de valor.

Salieron a la calle de nuevo y comenzaron su andadura hacia el interior de la villa… Pero ya no caminaban solos. Poco a poco, y como respondiendo a una silenciosa señal, cadáveres empezaban a surgir de todas las puertas, o doblaban las esquinas, renqueantes, yendo a su encuentro. Las Espadas de Robleda miraron nerviosas a su alrededor. Eran muchos, al menos una veintena, y los que aún faltasen por venir. Caminaban  en absoluto silencio, balanceando sus brazos al ritmo de sus pisadas. Nubes de moscas los envolvían persiguiéndolos a donde quiera que fueran, gruesas porciones de carne faltaban aquí y allá en sus maltrechas anatomías.

            - ¡Moveos, hacia el templo! ¡Vamos, vamos, vamos! - gritó Ozymandias, que ya había desenfundado su espada y echaba a correr lanzando torpes tajos a los que más se le acercaban, pero cuidándose mucho de no trabarse en combate con ellos.

El resto del grupo no se hizo de rogar. A toda velocidad comenzaron a atravesar las calles, luchando solo cuando les cortaban el paso, y la mayoría de las ocasiones limitándose a apartar a sus contendientes antes de continuar a la carrera. De todos los lugares llegaban más muertos vivientes, ahora más rápidos, espoleados por la emoción de la cacería. Grom fue el primero en ser herido a pesar de su gruesa cota de malla. El engendro que había lanzado el mordisco no tardó en lamentarlo. Al poco Ozymandias tuvo que dar un tajo para librarse de la fatal presa de otra de las criaturas, mientras Lethalon volaba sobre el aslfalto, gracias a sus ligeros pies élficos. Al-Tazad gritaba frenético en su lengua materna lo que parecían ser rezos de algún tipo mientras blandía su espada contra tan macabros oponentes. Poco a poco, cada vez con un nuevo rasguño, o heridas más graves, los aventureros lograron abrirse paso hasta alcanzar la plaza en el centro de la cual se alzaba el templo al sagrado Valion. Pero hallaron las puertas cerradas, y si no acudía alguien pronto a su auxilio, su vida no valdría una pieza de cobre.

            - ¡Abrid las puertas, maldita sea, abridlas ahora! - vociferaba Grom, con su brazo sangrando por la herida antes recibida.

Con alivio escucharon movimiento y pasos apresurados tras las grandes puertas de roble remachadas con hierro. Los supervivientes parecían haber montado una barricada tras la puerta, y se ocupaban ahora en despejarla para permitir que los aventureros entrasen, ¿pero lo lograrían a tiempo? Los muertos eran cada vez más, saliendo de todos los rincones, y por cada uno que caía otros dos aparecían a ocupar su lugar. Al-Tazad y Grom resistían en el frente mientras Lethalon disparaba sus flechas desde la puerta. Ozymandias lanzaba alguna botella de agua bendita cuando las aberraciones se acercaban demasiado, y estas se alejaban humeantes, heridas por el sagrado líquido.

Finalmente, y cuando Grom comenzaba ya a desfallecer, las puertas se abrieron; tan solo un resquicio, pero se abrieron. Sin perder un instante, las Espadas de Robleda se arrojaron tras ellas, y tiraron de nuevo con todas sus fuerzas para volver a cerrarlas, aplastando en el proceso un par de brazos que habían logrado colarse para intentar darles alcance.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Espadas de Robleda: Oscuros Presagios I

De la generosa recompensa que por sus hazañas en Villanías recibieron las Espadas de Robleda emplearon buena parte en rentar un lugar que les sirviera de guarida y donde pudieran almacenar sus trofeos y descansar entre una aventura y otra. Escogieron para tal fin una casa de dos pisos situada no muy lejos del centro de Robleda, con patio trasero incluido, cinco dormitorios (dos abajo y dos arriba), cocina y bodega, además de una sala en el piso superior que el mago Ozymandias no tardó en reclamar como suya, convirtiéndola en los días que siguieron en biblioteca y laboratorio, incluyendo en su puerta cerrojos de toda clase para evitar ser interrumpido durante sus investigaciones. Al-Tazad exigió también que una de las habitaciones fuese convertida en un lugar de adoración a Valion, pero dado que andaban ya faltos de espacio, fue su propia habitación la que hubo de bastar.

Lethalon y Grom decidieron también hacerse con un perro guardián, eligiendo para la tarea a un perro labrador de buen tamaño y ánimo alegre al que Ozymandias no dudó en bautizar como Malqior, en recuerdo de su viejo maestro, Malqior el Rojo, mago aún residente y en activo en la ciudad...

De todas formas, durante poco tiempo pudieron los aventureros disfrutar de su recién adquirida guarida, pues pensaban ya en la necesidad de un criado o una buena ama de llaves, cuando su puerta resonó. Cuál fue su sorpresa cuando, al abrir la puerta, vieron ante ellos al humilde clérigo de Villanías, con las ropas rasgadas, y los ojos abiertos con terror.

            - ¡Buen Valion, qué os ha ocurrido! - Al-Tazad acudió rápido a socorrer a su compañero de fe, invitándolo a entrar - ¡Rápido, Ozymandias, traedle algo que lo temple!

Ozymandias, aunque gravemente ofendido por semejante petición (¿acaso era él un sirviente que debía servir bebidas a los invitados?), marchó sin embargo a la cocina en busca de algo de beber. Regresó poco después con una jarra llena, que el distraído clérigo vació al momento... deshaciéndose después en toses mientras los ojos le lagrimeaban.

            - ¡Por los dioses qué le habéis dado!

El enano se acercó a olisquear la jarra caída y la barba se le erizó al momento.

            - ¡Maldito, le has servido una jarra de mi licor de importación ungolita! ¿Sabes acaso cuánto cuesta cada una? ¡Esto se descontará de tu parte la próxima vez!
            - ¡Por favor, por favor!

El clérigo parecía efectivamente más tranquilo, y alzaba la mano solicitando la palabra.

            - Por favor... Villanías se encuentra atacada por un gran mal, solo yo he podido huir para acudir en busca de ayuda, y sois los primeros en los que he pensado. Ayudadnos, Espadas de Robleda, sois nuestra única esperanza. Hace ya cuatro días, casi dos semanas después de que terminaseis con los trols que nos asolaban, la gente comenzó a desaparecer. El viejo cementerio resultó también profanado, según nos indicó Igorias, el enterrador, y todo esto era ya indicativo de que algún poder nigromántico nos acechaba... así se lo hice saber a Isidro, y ya hablábamos de venir en vuestra busca para pediros auxilio cuando... - el clérigo hubo de hacer una pausa para tomar aliento. - ... cuando esa misma noche fuimos atacados por una horda de muertos vivientes. Criaturas de carne putrefacta, huesos animados, extraños moradores de las criptas... Intentamos organizarnos, pero era ya tarde. Los muertos estaban por todas partes, y los que pudieron corrieron a mi encuentro en el templo. Allí les hicimos frente, protegidos por el favor de Valion, y muchos cayeron... pero también de los nuestros, y cada uno que era muerto por las impías criaturas se alzaba como un enemigo más. Y juro que resulta en verdad horrible y espantoso tener que dar muerte por segunda vez a camaradas con los que uno ha compartido toda una vida... - Lethalon apareció sirviendo al clérigo una infusión, que el clérigo agradeció con un leve gesto, perdido en sus pensamientos. - ... conseguí escapar por una salida oculta del templo, jamás creí que le daría utilidad, y he acudido a vosotros pues temo que no quede tiempo para pedir auxilio a la Iglesia de Valion o al Duque. ¡Marchad ahora, salvad a mi gente!

            - ¿Y qué sacamos de esto? - la mirada que el paladín depositó en Lethalon debería haber bastado para fulminarlo en el sitio. - Quiero decir, una horda de muertos vivientes parece un asunto serio, está claro que arriesgamos mucho, y que yo sepa a los campesinos no se les entierra con grandes ajuares. Esos cadáveres tendrán menos oro encima que piel sobre los huesos.
            - Es cierto. - lo apoyó Ozymandias. - Al fin y al cabo lo nuestro es una profesión, esperamos cierta remuneración por nuestros servicios... - Al-Tazad no sabía dónde meterse.
            - ¡Ya hablaremos del oro más adelante (tenedlo por seguro)! - vociferó Grom - ¡Ahora hay un puñado de muertos que necesitan que les recuerden cuál es su sitio!


Quedando en que la recompensa sería decidida más tarde, las Espadas de Robleda acudieron de nuevo al galope en auxilio de Villanías, mientras el clérigo, que respondía al nombre de Sexto, se quedaba en Robleda para intentar obtener más ayuda.

martes, 9 de septiembre de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols VI (y final)

La batalla había terminado, y todos estaban cubiertos de heridas y magulladuras.

            - ¿Lo veis? Mucho más sencillo que tener que buscarlos uno a uno. - dijo Grom, ufano. Los otros no le dirigieron más que una hosca mirada. 

Entraron en la caverna con gran cuidado, tratando de no resbalar sobre el húmedo y desigual suelo. Encontraron que había partes que habían sido allanadas con torpes trabajos de cantería, tablas y barriles dispuestos como si de mesas se trataran y piedras talladas que parecían servir como fichas de alguna clase de bárbaro juego. Por todo el suelo había arrojados restos de animales, la mayoría pequeños tales como conejos, ratas, pájaros y demás, pero, afortunadamente, ni rastro de humanos. Había también una corriente de agua que los trasgos parecían haber estado usando como letrina, y que dejaba patente su escasa puntería. No se demoraron demasiado allí.

Ya se encontraban cómodos, antorchas en alto, pues no habían encontrado más trampas y parecía claro que no quedaba nadie en casa, cuando escucharon un hondo bostezo, seguido del grave retumbar de unos pasos que hacían temblar la caverna entera.

            - Demonios... - murmuró el elfo.

El rugido de la criatura al detectar el olor de los intrusos (una proeza notable teniendo en cuenta el hedor imperante) casi los dejó sordos. A continuación los pasos comenzaron a sucederse con mayor rapidez y violencia, haciendo que esquirlas de piedra cayesen del techo y las estalactitas de mayor tamaño temblasen. Apenas tuvieron tiempo los aventureros para prepararse cuando el trol más grande que habían visto hasta la fecha acudió doblando un recodo, las enormes zarpas alzadas, la boca abierta mostrando sus mortales colmillos, dispuesto a hacer pedazos a las frágiles criaturas que habían invadido su guarida y matado a sus siervos. El elfo logró disparar una flecha antes de que el trol llegase hasta ellos, pero fue escaso el daño que produjo, y que sanó con rapidez. El trol se abalanzó sobre Al-Tazad, que se había dispuesto en primera línea, haciendo crujir su escudo, su armadura quedando hendida por la violencia de las garras del monstruo. Reaccionaron los guerreros lanzándose a la carga, cubriendo el cuerpo de la criatura de cortes y contusiones, que para su espanto sanaban casi al instante. Pero Ozymandias no había estado ocioso. Tomando un vial de aceite, lo arrojó contra el trol, que quedó empapado. La criatura debió sospechar al momento el plan del mago, pues trató de abalanzarse sobre él para evitar que volase la antorcha. El golpe abrió el hombro del hechicero, que a pesar del dolor aún tuvo fuerzas para golpear a su enemigo con la antorcha. Hubo suerte, el aceite prendió, y las heridas de la criatura se quedaron donde estaban mientras Grom y Al-Tazad, apoyados por Lethalon en la distancia, abrían heridas por todo el cuerpo del monstruo.

Aunque sufrieron graves heridas y el trol se defendió con la violencia y la desesperación propias de una bestia acorralada, prevalecieron las Espadas de Robleda al final. Grom cortó la cabeza del trol, decidiendo llevársela como trofeo, mientras los demás curaban sus heridas lo mejor que podían y se felicitaban por haber sobrevivido a tan difícil combate. Dentro de la caverna hallaron el lecho del trol, y encontraron que junto a él se apilaban todas las cosas de valor que los trols y su banda habían rapiñado de los alrededores. No era un gran tesoro, cierto, pero serviría para mantenerlos durante un tiempo, quizá para comprar alguna poción.


La cabeza fue expuesta a los habitantes de Villanías, que aplaudieron emocionados las valientes acciones de sus salvadores. Isidro les hizo entrega de la recompensa que les había prometido, y entre esto y lo que Camil Hojafuerte les había prometido, vieron los personajes que esta aventura no había sido en balde. Que están muy bien los aplausos y la gloria, pero que estos no pagan las copas ni el acero.

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Con esto terminamos el primer capítulo. He sido un poco inconstante, lo sé, pero es lo que tienen los exámenes de recuperación, te mantienen ocupado. Pretendo seguir con la historia, haciéndolo mejor si es posible, pero se trata de algo secundario, tengo mucho trabajo ahora mismo entre la uni, el blog y un proyecto de carácter realmente importante y naturaleza vinculante, así que no os extrañe que no salgan a menudo o que haya temporadas en las que parezca que se me ha tragado la tierra.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols V

Nadie en la taberna esperaba aquello, y de no ser por el grito de aviso de Lethalon, podría haber sido mucho peor. La puerta se vino abajo en el momento en que una flecha pasaba sobre la cabeza del primer goblin, fallando estrepitosamente. La gente del interior, borracha perdida, apenas había tenido tiempo de hacerse a la idea de que los atacaban. Grom blandió su hacha, tratando de acertar a la primera de aquellas verdosas bestezuelas, pero lo único que consiguió fue herir a uno de sus compañeros de bebida. Isidro tuvo más suerte, partiendo en dos a uno de los atacantes, mientras los demás buscaban desesperados sus armas. La mayoría de los parroquianos echaron a correr en cuanto tuvieron la oportunidad. Bebidos y sin armas ni protecciones, no resultaba aquel un lugar seguro. Algunos tomaron sillas o botellas e intentaron hacer frente a los goblins, aunque apenas si lograban estorbarlos.

Ozymandias se encontraba en ese momento algo achispado, pero fue capaz de reunir la concentración suficiente como para lograr emplear uno de sus conjuros: uno de los goblin cayó fulminado por un rayo de energía arcana, emitiendo un lastimoso chillido al caer. El paladín se lanzó también hacia la puerta para detener la marea de goblins, pero solo consiguió herir a Isidro, que le lanzó una funesta mirada y lo apartó de un empujón. En el tiempo en el que Isidro evaluaba la gravedad de su herida, el cuchillo de un goblin se clavó en su pierna, aunque la malvada criatura pagó pronto por ello.

La lucha se desarrolló de una forma absolutamente demencial, los goblin, al menos una docena de ellos, saltaban y acuchillaban como dementes, mientras los parroquianos trataban de darles con sus improvisadas armas. Isidro, más sereno que el resto, conseguía acertar la mayoría de sus golpes, y cada uno acababa con un enemigo. Por su parte, los aventureros se encontraban en un pésimo estado, y la mayoría de sus golpes acababan cayendo sobre parroquianos, otros aventureros o el muy sufrido Isidro. Lethalon hacía lo posible con su arco, pero tan solo logró acertar una sola flecha... en la armadura de Isidro. El mago agitaba su espada con escaso control con la esperanza de acertarle a algo, dejando muy claro que había que dar gracias porque al menos supiera por donde coger la espada. Cuando finalmente la pelea llegó a su fin, estaban la mayoría heridos, doce goblin muertos, e Isidro al borde de la muerte, más por heridas de sus compañeros que por las de los goblin. Miraba a los aventureros con un odio intenso, y acariciaba su espada preguntándose si tendría fuerzas para un asalto más. No parecía difícil, seguramente los aventureros acabarían por matarse entre ellos.

            - ¿Y estos de donde han salido? - preguntó Ozymandias.
            - No lo sé pero no me gusta un pelo. Puede que fueran parte de la banda de los trols, sus secuaces. Tendremos que hacer una visita a las cuevas del Tito de todas maneras... - Isidro.


Partieron a la mañana siguiente, después de descansar unas pocas horas y armarse como debían. Isidro no pudo acompañarlos esta vez, sus heridas habían resultado demasiado graves. Considerando cómo se habían desenvuelto en la última batalla, esto no ofreció ninguna tranquilidad a las Espadas de Robleda. Lethalon iba en cabeza, atento a cualquier amenaza, y sus compañeros, resacosos y aún magullados, lo seguían.

No había camino alguno hasta las cuevas, tuvieron que andar campo a través, cruzando sobre guijarros, terraplenes, e incluso charcas. No les llevó más de cuatro horas de camino, sin embargo, tener a la vista las cuevas. No les gustó que a su entrada hubiera un hobgoblin, al parecer montando guardia. Si había allí un hobgoblin eso quería decir que podían estar mejor organizados de lo que habían esperado. Se acercaron lo bastante sin llegar a descubrirse, y una certera andanada de flechas acabaron con el vigía antes de que este pudiera dar la alarma.

Tenían un plano, un esquema, de las cuevas. No eran demasiado grandes, así que tendrían que andar con cuidado pues el menor ruido podría alertar a todo habitante que allí se encontrara. Todos miraron con aprensión al enano, que escupió al suelo.

            - El sigilo es para cobardes.

A pesar de todo consiguieron hacerle entrar en razón. No sabían lo que en esas cuevas se encontraba, convenía ser precavidos. Pero no dieron más que un par de pasos hacia el interior de las cuevas, cuando todos pudieron escuchar perfectamente el sonido de unos cascabeles. Maldiciendo, miraron todos hacia sus pies, solo para encontrar un hilo entrabado en ellos. Maldita sea su suerte.

Los gritos de los goblinoides no tardaron en oírse. Solo Grom parecía feliz.

La horda de goblins salió en manada, con los hobgoblins en la retaguardia tratando de gobernar lo ingobernable. Sus chillidos y fétido olor aturdían a las valientes Espadas de Robleda, que veían próximo su final. Frente a las cuevas, con una peligrosa pendiente a sus espaldas, los aventureros hicieron frente a las criaturas con todo lo que tenían. Buena parte de sus atacantes quedaron neutralizados cuando con asombrosos reflejos Ozymandias invocó un hechizo de sueño sobre ellos. Pero no era suficiente. Los goblins se arrojaron sobre ellos como una jauría de perros hambirentos. Las armas de algunos se quebraron contra las armaduras debido a la violencia de la acometida, pero eso no impidió que siguieran atacando aunque fuera con sus dientes. Lethalos se retrasó convenientemente (cerca de una ruta de escape, nunca se sabía) y comenzó a disparar su arco, esta vez con mayor fortuna, aunque su puntería seguía resultando mucho menos eficaz de lo que le gustaría. Las sorpresas lo descolocaban. Grom rugía feliz en medio del maremágnum, rebanando con su hacha los verdes y frágiles cuerpos de sus enemigos, las vísceras lo redeaban mientras el paladín, Al-Tazad, hacía lo posible por cubrirle las espaldas, y de paso cubrírselas a él mismo. El mago no tardó en lanzarse también a la batalla espada en ristre, sus poderes ya agotados, gritando como un energúmeno. Tuvo suerte, varios de sus golpes acertaron donde debían.

Los hobgoblin fueron unos enemigos algo más duros, cuando los goblin echaron a correr ante  las muchas bajas sufridas, ellos intentaron aún traerlos de nuevo a la lucha, pero en vano. Rápidamente cayeron también bajo los filos de sus enemigos, aunque no sin antes provocarles algunas heridas. La batalla había terminado, y todos estaban cubiertos de heridas y magulladuras.


            - ¿Lo veis? Mucho más sencillo que tener que buscarlos uno a uno. - dijo Grom, ufano.

lunes, 18 de agosto de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols IV

Paseaba en silencio por las calles ahora vacías en busca de una presa que valiera la pena. Lethalon detestaba el alcohol, líquido infecto que hacía perder las facultades cognitivas y que lo privaba a uno del bien más preciado que posee: el sentido común. El elfo había vivido algunas aventuras, y tenía muy claro que no había misterio alguno en seguir con vida con aquel estilo de vida: mantente lejos, deja que otros vayan primero y corre cuando las cosas se pongan feas. El oro no significaba nada para un muerto.

Finalmente encontró algo prometedor: Emporio de Fabio. Una tienda. Sacó su juego de ganzúas y se dispuso a superar esta sencilla barrera. La barrera, sin embargo, parecía resistirse, la maldita. Al final recordó las sabias enseñanzas de su amigo enano y tras un par de fuertes empujones logró echar la puerta abajo. Escuchó con atención un segundo, por si acaso su intrusión había sido detectada. Nada, silencio. Bien.

En silencio se deslizó en el interior del comercio y comenzó a registrar el lugar, tan silencioso como una sombra. En la propia tienda no había más que azadones, cuerdas, picos, algunos bienes traídos de Robleda... nada que fuese digno de robarse, la verdad. Sin embargo había una puerta cerrada. De nuevo volvió a sacar las ganzúas, y de nuevo acabó echando la puerta abajo, lanzando pestes y maldiciendo al maldito gnomo que le había vendido esas ganzúas de mierda (evidentemente la culpa era de las ganzúas). De todas maneras, el sitio estaba bastante mejor. Parecía ser el almacén, había unas escaleras que subían hacia el piso superior, donde probablemente el tal Fabio viviría. Intentando moverse con el máximo silencio posible, Lethalon recorrió el almacén en busca de algo de valor. Su sangre se heló por un momento al escuchar el sonido del vidrio roto y el sentir de algo al partirse bajo sus pies. Efectivamente, sin advertirlo había pisado un magnífico espejo y lo había partido. Con rabia escupió al suelo, eso eran casi cincuenta monedas de oro. Y siete años de mala suerte, que por mucho que no fuera más que una superstición, en un mundo mágico a veces bien valía hacer caso a las supersticiones.

Resignándose a su mala suerte, continuó explorando... y tuvo que reprimir un grito de alegría al encontrar finalmente un auténtico tesoro. Un catalejo. Aquello solo valía una fortuna, casi mil monedas de oro. Resultaba curioso que aquel Fabio tuviese tamaña maravilla en su tienducha, un aparato traído desde Neferu y Visirtán, ideado por la ciencia de sus astrónomos y magos. En Reino Bosque pocas eran las personas capaces de construir uno. Sin dudarlo ni un instante se lo guardó en su bolsa, teniendo buen cuidado de que no se partiera ni corriese riesgo alguno. Encontró también un cofre de hierro cerrado con un buen candado. Esta vez las ganzúas no le fallaron, y pudo llevarse su contenido. Unas cincuenta monedas de oro, seguramente los ahorros de aquel pobre hombre. Bueno, Lethalon iba a necesitar más ese dinero, las pociones y las ganzúas no salían precisamente baratas.

Ufano y satisfecho por el trabajo de esa noche, Lethalon se dispuso a regresar junto a sus camaradas rápidamente, no fuera que acabaran notando su ausencia y comenzaran a sospechar. Ya se alejaba, en silencio, como siempre, cuando escuchó algo moverse por la calle. El tipo de sonido era exactamente el que haría alguien que no querría ser escuchado. Y no le gustó ni un pelo. Se asomó a la calle con el arco preparado, y enmudeció de golpe al ver a un grupo de goblins armados hasta los dientes que se deslizaban por la oscuridad camino a la taberna.

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Hablemos de Lethalon. Como habréis observado, aunque se trata de un elfo, sus talentos son de ladrón. Esto se debe a que a pesar de sus orejas puntiagudas, es esta su clase. No es capaz de lanzar conjuros y su habilidad en el combate es discutible (además de que su dado de vida es el d4, como con los ladrones). Llegué a este acuerdo con el jugador porque quería llevar a un elfo, pero que fuera un ladrón. La única ventaja que su raza le ofrece es la visión en la oscuridad.

Lethalon es un elfo silvano, o sus padres lo eran. Él fue criado en una ciudad. Como elfo, el resto de los habitantes lo percibían con desconfianza y en ocasiones temor. Hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir, robó todo lo que pudo, mató cuando era necesario, y desarrolló una implacable paranoia que es sin duda su mejor habilidad como aventurero. La vida en las calles y su ocupación como ladrón le han llevado a detestar la autoridad, en cualquiera de sus formas. Guarda una buena relación con los guerreros y demás fauna enfundada en metal, ya que suelen interponerse entre la gente con metales afilados y él.

viernes, 15 de agosto de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols III

Con los ojos algo más acostumbrados a la oscuridad, el resto de la compañía pudo al fin comenzar a distinguir las maltrechas formas que se acercaban desde el fondo del paso. Aquellos, desde luego, no parecían demasiado unos trols. Al menos en figura.

Horriblemente deformados, uno de ellos poseía un brazo que era casi la mitad de su masa total, mientras que otro poseía, de rodilla para abajo, una pantorrilla monstruosamente enorme. La cabeza de uno igualaba casi el tamaño de su tronco, y la altura de ninguno alcanzaba los dos metros. Estaba claro de que los trols no habían tenido tiempo de formarse del todo a partir de las piezas que los aldeanos habían dejado esparcidas por el bosque, pero el ritmo al que se habían regenerado resultaba asombroso, incluso para tratarse de unos trols. Sin embargo, nadie pareció advertirlo.
            - Bien, preparaos.
Los trols se acercaban, gruñendo hambrientos, golpeándose entre ellos de vez en cuando, arrastrando sus extremidades antinaturalmente grandes por el pedregoso suelo. Los aventureros se encontraban en lo alto de un cerro, esperando, rezando a los dioses para que no los detectasen antes de tiempo. Los trols se acercaron aún más con sus graves gritos, hasta que estuvieron justo debajo de ellos.
            - ¡Ahora! - gritó Al-Tazad, sus ojos encendidos ante la perspectiva de dar muerte a tan infames criaturas. Se volcaron los calderos y al aceite bajó raudo a empapar a los monstruos. Los trols aullaron de sorpresa, y enfurecidos se giraron en la dirección desde la que había caído el aceite. En un momento se giraron y comenzaron a ascender por la pendiente dispuestos a descuartizar a aquellos seres que habían osado empaparlos.
            - ¡Rápido, las antorchas!
Tardaron unos momentos en lograr encender el fuego, pero a continuación las antorchas volaron hacia los aceitosos trols. Algunas cayeron lejos del blanco, pero poco importaba, bastaba con que una hiciera diana. Los trols tuvieron un breve momento de lucidez, entendiendo que habían caído en una trampa, pero de poco les sirvió. El fuego se extendió entre ellos rápidamente, y sus gritos de dolor llegaron hasta Villanías, donde los aldeanos se agrupaban circunspectos en la taberna de Tragoslargos, que levantaron las vistas de sus jarras con miedo al escucharlos.
           
El resto de la batalla fue rápida. Mientras los trols ardían lentamente (todos saben que los trols poseen abundantes grasas lo que los hace particularmente vulnerables al fuego) los aventureros se dedicaron a lanzarles piedras y hachas desde las alturas para ralentizar su llegada. Alguno logró alcanzar la cima, ya moribundo y arrastrándose, y fue rápidamente muerto. La batalla no fue breve, pero no hubo que lamentar muertos entre los aventureros, y solo se sufrieron algunas quemaduras.

Grom refunfuñaba en el carro durante el regreso a Villanías, apenas había tenido tiempo de emplear su arma, Lethalon se mostraba contento con cómo había resultado la operación (para él un combate que no llegara al cuerpo a cuerpo era un buen combate) y los demás pensaban ufanos en la recompensa. El viaje transcurrió sin incidentes, y fueron recibidos por un grupo de aldeanos armados con antorchas y horcas, que no pudieron evitar estallar en gritos de júbilo al ver regresar a los héroes.

Se celebró una gran fiesta esa misma noche, con alcohol a raudales, historias, canciones y peleas (la mayoría empezadas por el aún sediento de violencia Grom). Ozymandias bebía discreto en una esquina mientras charlaba tranquilamente con un par de jovencitas y hacía un relato exagerado de cómo sus mágicos poderes los habían ayudado a todos (bien que se guardó de decir que tales poderes por ahora consistían en un único conjuro). Incluso el paladín disfrutaba, de forma más comedida, de la fiesta. Lethalon, en cambió, no estaba allí.