El hechicero aguardaba tembloroso en la más profunda e infecta de las criptas noticias de su guardia. Los intrusos habían resultado ser mucho más duros de lo esperado, e incluso habían acabado con su demonio.
El hechicero tenía un aspecto patético. Flaco hasta marcársele el hueso, arrugado hasta que la piel tenía pliegues sobre los pliegues, con apenas cuatro endebles mechones de pelo sobre su cabeza, todos de un color grisáceo enfermizo. Cojeaba al andar, aunque eso no parecía que se moviese con más lentitud, y sus ojos tenían marcadas bolsas amoratadas que remarcaban aún más la insana palidez de su piel, sobre la que sus azuladas venas dibujaban extraños patrones. Buena parte de sus dientes se habían caído, y sus uñas crecían largas, sucias y agrietadas.
Durante meses se había dedicado a sangrar a ese villorrio dejado de la mano de los dioses con excelentes resultados, obteniendo una buena cantidad de almas y sangre con los que alimentar sus conjuros, pero la llegada de esos tres viajeros lo había echado todo por la borda.
De pronto uno de los pedazos de obsidiana que llevaba al cuello se partió, y el hechicero emitió un quejido. Aquella aberración la había encontrado en una de las mazmorras del castillo, y había necesitado de toda su brujería para dominarlo.
- No gimotees como un aprendiz, imbécil. Aún no han llegado aquí.


