martes, 25 de diciembre de 2012

Relato 3, Página 1: Cerveza


Cuando ya les quedaban escasos días de marcha para llegar a Erindes, y el Camino Viejo por fin adquiría el aspecto propio de un camino, los dos viajeros se hallaron con que les quedaban nada más que unos minutos para el anochecer y aún no habían hallado refugio.

Ya comenzaba a nevar suavemente, y hacía tanto frío que incluso Karb caminaba envuelto en su capa. Sus narices estaban rojas como cerezas, al igual que sus carrillos, y sobre sus hombros y su pelo empezaba a acumularse la escarcha.

Las árpaves desde lo alto, bien abrigadas por sus plumas, se mofaban de ellos cruelmente.

- ¡Iahahahaha! ¡Cuando el frío os tenga quietecitos y ya no seáis capaces ni de alzar la mirada, bajaremos y os abriremos como a peces para beber vuestra tibia sangre y mascar, mascar vuestra dura carne! ¡Iahahahahaha!


Jurando en surnita y maldiciendo la hora en la que Mahir se enamoró del Rey de las Águilas, Karb cogió una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas contra las malditas criaturas, rozando el cráneo de una a pesar de la gran altura a la que volaban. Ante esto las emplumadas señoras se elevaron un poco más, pero no lo suficiente como para acallar sus estridentes risas.

Alzando el puño el bárbaro las maldijo hasta quedarse sin aire, y embozándose aún más en su capa, continuó su camino mascullando en la extraña lengua. Por algún motivo, Ithal agradecía que le fuera del todo imposible entender lo que su compañero acababa de gritar.

Cuando ya el viento empezaba a alzarse con creciente fuerza penetrando hasta sus huesos y el camino se desdibujaba bajo la nieve, oyeron los caminantes a lo lejos el inconfundible sonido del galopar de un caballo. A decir verdad, era inconfundible para Ithal, pues Karb, perdido en sus montañas tan solo había visto un caballo dos veces en su vida, y nunca le habían resultado muy de su agrado.

Vieron llegar entre la nieve a una figura cubierta por entero de ropajes negros que montaba un caballo gris. El hombre, pues su tamaño y vestidura indicaban que esto es lo que era, se detuvo a pocos pasos de los compañeros, pifiando su montura.

Tras un momento en el que Karb e Ithal deslizaron sus manos hasta la empuñadura de sus espadas, el misterioso jinete retiró la capucha que le cubría el rostro. Era un hombre maduro, rondando la treintena, de pelo negro y espeso y mirada cansada. En su rostro había múltiples cicatrices, lo que aunado a su envergadura hacían pensar en un guerrero. De sus cicatrices destacaba una sobre su boca que le daba un aspecto realmente temible.

Había algo en su forma de mirar (de escudriñar, más bien) que hacía sentir molestos a los dos viajeros, pero no dijeron ni una palabra.

- ¿Estáis perdidos?

Su voz era grave y seca, y hablaba el delinés con el acento propio de la tierra.

- Más o menos. Conocemos nuestro destino, pero de no encontrar refugio esta noche no estoy seguro de llegar a él. - contestó Ithal sin apartar su mano de la empuñadura de su sgeltus.
- Ya veo... A mí me ha sorprendido la tormenta justo como a vosotros, pero sé de una pequeña villa muy cerca de aquí en la que podemos encontrar refugio. Seguidme.

Y puso en marcha su montura al paso, de manera que los dos peatones pudiera seguirle. Sin muchas más opciones, y con los labios ya pálidos, Karb e Ithal fueron tras él.

En cierto momento, el misterioso encapuchado se salió del camino, dirigiéndose hacia una colina. Siguiéndole trabajosamente, y temiendo perderlo de vista pues la tormenta empeoraba por momentos, el enorme bárbaro y su ágil compañero apretaron el paso. Al llegar a la cima, vieron que al pie de la colina se adivinaban bajo la tormenta las vagas formas de algunos edificios, y atisbaban leves resplandores tras lo que debían ser las ventanas. Incluso la aguda vista de Karb era incapaz de ver mucho más allá, aunque le parecía adivinar una oscura mancha tras el pueblo, quizá un bosque.

- Esto es Nagero. Vamos, el edificio frente al templo es una taberna, como debe ser, y suelen tener un par de habitaciones para alquilar a ocasionales viajeros. Os esperaré allí.

Espoleando su caballo, bajó al trote la suave ladera, dejando atrás rápidamente a sus seguidores. Ithal se dispuso a iniciar el descenso con cuidado, pues la nieve le cubría las pantorrillas y apenas veía donde ponía los pies. Karb, en cambio, mirando divertido los torpes andares de su compañero, se echó colina abajo con un grito de asalto, deslizándose y rodando sobre la nieve hasta llegar al fondo. Ithal preferió mantener la cabeza sin brecha alguna para no acabar como él.

Cuando Ithal llegó al fondo la tormenta debía encontrarse en su punto álgido. Aún embozado enteramente en su capa y con su sombrero calado hasta la nariz notaba cómo los helados copos de nieve golpeaban su piel y la herían acelerados por el atroz vendaval.

Guiándose más por el tacto y la intuición (algo que siempre le había resultado sencillo), logró llegar a una puerta sobre la que estaba grabada una jarra de cerveza a rebosar. Tras las paredes le pareció oír algunas canciones, y abriendo trabajosamente la puerta (pues estaba bien ajustada a la puerta para que el frío apenas pasara) se lanzó adentro como quien huye del infierno.

- ¡Ongitorii, delinés, has tardado algo más de lo esperado!

Karb estaba junto a la barra, frente a él una jarra vacía y otra a medio camino. La sala era grande, con varios braseros diseminados por ella que caldeaban el ambiente. Había tres mesas redondas con seis asientos cada una, más cuatro asientos adicionales junto a la barra. En aquel momento una de las mesas, la más cercana al mayor de los braseros, se hallaba ocupada por cinco parroquianos de aspecto cansado que apenas se molestaron en mirar de malos modos al recién llegado. El tabernero, próximo a Karb, limpiaba enérgicamente una jarra de cuerno mirando con desprecio a su cliente. Era un hombre de mediana edad, rondaría los treinta, a ojo de Ithal, de buena altura y mejores espaldas, quizá algo gordo, pero aún vigoroso. De vello abundante, su cabeza en cambio estaba limpia de todo pelo, y llevaba un grueso mostacho que cubría su labio superior.

El ambiente resultaba, a pesar de su calidez por los braseros, gélido y depresivo.

Ithal no vio ni rastro del misterioso jinete.

- ¿Habías probado bebida como esta? Es algo amarga, pero su sabor es fabuloso. Cerveza, creo que la ha llamado este hombre. Claro que en las fiestas de mi gente había probado el hidromiel, e incluso el licor de hierbas alguna vez, pero esto... ¡Corm que es fabuloso!

Y de un enérgico trago y con luz en la mirada Karb bebió enérgicamente el resto del contenido.

- Karb, amigo... ¿Llevas dinero?

El trago casi se le atraganta al gran surnita. Por supuesto, había olvidado por completo aquel nimio detalle. Entre los surnitas, cuando un viajero llegaba a un hogar, se le ofrecía alimento y refugio sin reservas, y más si como aquel hombre se poseían enormes barricas llenas de aquel néctar de dioses.

El tabernero lo miraba ahora fijamente. Había dejado de frotar la jarra, llevaba una ceja alzada y le temblaba ligeramente el bigote. A Karb no le gustó aquella mirada. Le resultaba molesta.

- Tengo pieles de lobo y algunas piezas de sílex, tienen el valor que un puñado de plata. Deja de mirarme como a un apestado y sírveme otra.

El hombre se lo pensó, todo hay que decirlo, pero plantó la jarra sobre la barra y colocóse frente al surnita con los brazos bien abiertos. Una grosera sonrisa se dibujó en su cara, mostrando una dentadura amarillenta a la que le faltaban al menos dos piezas, escupió las palabras que llevaban masticando con veneno desde que viera entrar a Karb por la puerta. Los parroquianos, viendo venir el maligno esputo, se giraron con una boba sonrisa en los labios.

- Créeme, buitre de las montañas, que miraría a un apestado con bastante más respeto que uno de los tuyos. Ahora que sé que no tienes dinero, ¿por qué no utilizas esas pieles para vestir a la furcia de tu madre y le metes el sílex por su salvaje ano? Estoy bastante seguro de que lo disfrutará lo mismo que tu polla.

Karb, se limpió la boca con el dorso de la mano con total tranquilidad y miró con sus oscuros y profundo ojos negros al tabernero, que aún sonreía bobamente. Los parroquianos rieron. E Ithal sintió lo mismo que cuando el huargo le atacó aquel día que se había encontrado con Karb. Un sudor frío le cubrió el cuerpo, se le hizo un nudo en el estómago, todos sus sentidos saltaron alarmados.

Con un movimiento más rápido que el del zarpazo de un dienteespada Karb estrelló su jarra contra la cabeza del escanciador, haciéndola estallar. El tabernero salió disparado lo menos cuatro metros hacia el lado contrario por el que había recibido el golpe, estrellándose contra la pared y dejando un rastro de sangre cuando, lógicamente desvanecido, cayó al suelo.

Karb saltó la barra y, acercándose al barril llenó otra jarra.

Los parroquianos, cinco hombres, dos jóvenes que no alcanzarían los veinticinco, otros dos mayores que rondarían la treintena y un último sin duda mayor de cuarenta, tardaron un momento en reaccionar, abrumados por la velocidad y crudeza de lo sucedido.

- Lo ha... Lo ha matado... ¡Bastardo lo has matado!

Al momento los cuatro se pusieron en pie, y unos echando mano a sus cuchillos y otros agarrando las sillas, y todos gritando todo tipo de improperios contra la estirpe del surnita, se lanzaron a la carga.

Ithal, por su parte, ocupó la mesa que habían abandonado, aún con las bebidas en la mesa y se dispuso a beber. Necesitaba calmarse un poco.

El primero en llegar fue Valder, un joven que a menudo fantaseaba con grandes batallas y heroicidades de otros tiempos. Intentó estampar la silla sobre la cabeza del bárbaro, pero solo dio con el suelo. Por su parte el bárbaro dio con su puño izquierdo en las costillas del muchacho, que tras un quejumbroso gemido cayó al suelo arqueado tratando de respirar.

Y Karb golpeó con la izquierda y no con la derecha porque le fue necesario utilizar esta para que Srutis, hombre ya con mujer y tres hijos, no le apuñalase. Una vez hubo tomado su brazo, partió su muñeca con un firme movimiento, obligando al pobre padre de familia a soltar el arma.

La silla de Dergar, el hombre que en su juventud había sido considerado como el más fuerte del valle, se acercaba ya a buena marcha sobre su flanco derecho, y Karb tuvo el tiempo justo de dar un paso atrás e interponer al mísero Srutis en su trayectoria, causándole la pérdida de, si no un diente, al menos buena parte de él.

Deblar y Lodar habían sabido esperar a su momento,  el golpe parecía seguro. Karb sabía que podría evitar a uno, pero no tenía mucho espacio para maniobrar, y era más que probable que el segundo lograra sacarle las tripas. O al menos lograr un profundo arañazo.

Y de repente Deblar cayó al suelo redondo, apareciendo tras él la elegante figura de Ithal, con una jarra en cada mano, una en sus labios y la otra en la cabeza del navajero.

Gruñendo satisfecho, Karb Manotocha adelantó su mano hasta tomar a Lodar por el antebrazo. Con un paso a un lado se apartó de la trayectoria del cuchillo, y tomando a su atacante por el hombro y aprovechando su impulso lo lanzó de cabeza sobre uno de los braseros. Satisfechos (muy especialmente Karb), ambos hombres miraron su obra. Algunos de los hombres aún se retorcían en el suelo, pero desde luego se cuidaban muy mucho de tratar de levantarse.

- Surnita, voy a tener que explicarte un par de cosas antes de llegar a la ciudad.
- Bien, ¿quieres cerveza? Invita la casa.
- Sí, gracias... ¿Por qué no desenvainaste?
- ¿Contra unos campesinos delineses? Me ofendes.
- Dragón lo impida.

Y sonriéndose satisfechos brindaron.