lunes, 24 de julio de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo IV.3)

No ascendieron más, pues cuando el tamaño de los menhires comenzaba ya a superar la estatura de Henk y las tallas sobre ellos parecían bailar a la luz de las estrellas, torcieron y comenzaron a rodear la cima de la isla para dirigirse hacia la costa que se encontraba a su espalda. Allí, no había lugar donde desembarcar, pues un acantilado ocupaba esa cara de la isla, tallado por los furiosos colosos marinos a lo largo de los milenios. Por eso fue para ellos una sorpresa descubrir que, balanceándose por el creciente viento y las cada vez más encendidas olas, había un barco, mayor incluso que el de Otavio, esperándoles allí abajo.

Cuando Ilais ya se preguntaba cómo iban a lograr descender, los tres hombres de largas capas comenzaron a descender por el acantilado con los fardos, como si descendieran por unas escaleras. Y es que en efecto, alguien había tallado con gran maestría y disimulo unos escalones que descendían a través del acantilado, hasta llegar a una pequeña plataforma. Estaban tallados de tal manera que no pudieran verse si se observaba la pared del acantilado, y apenas podían apreciarse estando sobre ellos.
  • Qué maravilla, deben haberlos tallado los enanos… - murmuró Ilais, fascinada por el descubrimiento.
  • Fueron los gentiles. - les dijo Cátigo. - Un pueblo de gigantes que habitó estas tierras antes incluso que los elfos, antes incluso que los Tres Brujos. La naturaleza los respetaba como iguales, y por eso no daña sus obras.
Fue una sorpresa que casi le costó a Ilais perder pie, pero Otavio logró aferrarla a tiempo. El resto del descenso transcurrió en silencio.

En el barco había tres hombres con capas similares a las de los otros que habían acudido a recogerles. Debajo de la de uno de ellos, podían verse resplandecer las brasas de una pipa, y el olor a tabaco llegaba hasta los aventureros. Cátigo subió al barco y saludó a los marineros con apretones de manos y palabras amables, señalando de vez en cuando a sus pasajeros. Al final, consiguieron el permiso para embarcar. El tiempo empeoraba por momentos, el viento soplaba ya como un huracán, y las nubes ocultaban el cielo sobre el mar, avanzando rápidamente hacia tierra. Terminaron de colocar los lastres y acondicionar a los pasajeros, se soltaron amarras y el barco zarpó. Parecía imposible que la nave pudiera navegar en esa oscuridad, pero en cuanto Cátigo se hizo con el timón, comenzó a enfilar con total seguridad hacia mar adentro.
  • Esto es imposible. - murmuró Otavio. Se le sentía asustado, al viejo marino.
  • ¿El qué?
  • El viento. No deberíamos estar avanzando, deberíamos habernos estampado contra las rocas. Este barco no debería ser capaz de avanzar. - había temblor en su voz, y cierto terror reverencial. Su mirada se dirigía a Cátigo, que se mantenía inclinado sobre el timón atisbando las tinieblas ante él, ni una sola luz encendida en el barco. - Es cierto lo que dicen de él: es un brujo, un hechicero. Uno de los hijos de las Brujas del Mar. - las manos de Otavio se cerraron sobre uno de sus muchos amuletos.
  • Tranquilo, Otavio. Hay muchas gentes capaces de conjurar. Yo misma puedo hacerlo, sin ser hija de ningún dios o poder extraño.
Pero el viejo marino no quedó convencido, y siguió aferrando su amuleto y murmurando oraciones. Ilais se sentó, y aprovechando la oscuridad y que la tripulación estaba entretenida con las maniobras, volvió a dibujar círculos y a formular sortilegios, para asegurarse de que sus disfraces aún funcionaban. Cuando se sintió bostezar ruidosamente, sacó un pequeño frasco y pegó un sorbo.

Henk roncaba ya sonoramente bajo la cubierta, había dejado de llorar, y las oraciones le habían calmado lo bastante como para poder dormir. Flecha lo cubrió con una manta, y salió fuera a sentir el viento nocturno y la tormenta que se aproximaba, pero no tardaría mucho en acudir al abrazo del sueño. Pasado un rato, sólo dos hombres encapuchados quedaban en la cubierta como marineros, con Cátigo al timón, e Ilais apoyada en la borda, pegando sorbos de vez en cuando de su frasco, mirando los pensamientos de dios caer sobre las olas inmensas. El barco avanzaba directo hacia la tormenta, y ni siquiera se hacía el amago de recoger las velas o cambiar el rumbo. Ilais miraba al timonel, con todos sus sentidos alerta y dispuestos a descubrir la menor traza de magia que de él emanase. Pero no había nada.

Las olas comenzaron a zarandear el barco con creciente fuerza. La embarcación subía y bajaba, y los que aún quedaban en la cubierta se veían obligados a aferrarse violentamente a la borda para no verse arrojados por los aires y hacia el agua. Una ola finalmente barrió la cubierta, empapando todo lo que allí se encontraba. Un relámpago cayó lo bastante cerca como para que no hubiera que esperar al trueno. Y las velas seguían extendidas y el rumbo fijo.

  • Puede que la señorita prefiera resguardarse con los demás. Las cosas van a empeorar. - dijo Cátigo.

Cuando iba a responder, un nuevo bandazo del barco arrojó a Ilais contra el mástil. A su alrededor la oscuridad era absoluta, convirtiendo al mar en un muro de negrura líquida con matices de espuma. Sólo los relámpagos iluminaban de vez en cuando la escena, para mostrar murallas de agua que se alzaban a un lado y a otro, aún más altas que la propia embarcación y la lluvia azotando inclemente todo lo que bajo aquel cielo se encontraba.

Cuando Ilais finalmente descendió hacia la bodega para resguardarse, vio que sólo Cátigo quedaba en la cubierta, adherido al timón, firme e inamovible como una estatua.


Les despertó uno de los hombres encapuchados, su feo rostro picado de viruela y ojos saltones asomando bajo las ropas, a base de varias patadas bien dirigidas a las costillas. La luz se filtraba entre las rendijas de la embarcación, y el suelo estaba encharcado por el agua salada. Pero la embarcación estaba quieta, mecida suavemente por la marea, la tormenta había pasado, y sin duda había llegado el amanecer. Ilais se irguió en su camastro, con el frasco vacío en la mano. No había dormido en toda la noche, y se le notaba exhausta. Henk tuvo que ayudarla a caminar.
  • Vuestra amiga no tiene muy buen aspecto. - les gruñó uno de los marineros.
  • La tormenta la ha tenido despierta.
Cuando emergieron, vieron por primera vez el puerto de Tur Ukar, que tenía por nombre Despojos. Fueron azotados por el olor del pescado podrido y los orines vertidos, por el olor (hedor) del sudor y la sangre. Ante sí, una población construida parte en la tierra, parte en el mar, con casas endebles de tablones y deshechos que se balanceaban sobre altos postes que las mantenían adheridas al suelo marino. El día era gris y una fina llovizna caía, lo que sin duda pegaba con la tétrica imagen que el lugar proyectaba. Sobre los tablones que hacían de calles pasaban hombres y mujeres de mala vida, unos ofreciendo sus cuerpos por unas monedas, otros sus aceros por el mismo precio. Y ninguno valía aquí mucho. Parecía imposible que esa comunidad de alimañas y deshechos se hubiera mantenido en pie a pesar de las tormentas… de hecho, parecía imposible que se mantuviera en pie, simplemente. Despojos era una cicatriz purulenta sobre Giruzkar, enquistada y convertida en una acompañante eterna de su geografía. Había ardido al menos una docena de veces, y al menos dos purgas habían sido realizadas por la guardiamarina de Orostir para tratar de exterminar aquel cáncer, pero sin éxito. Al final, los piratas regresaban para reconstruir Despojos.

Parte de la culpa la tenía la antigua fortaleza que se alzaba en lo alto de uno de los acantilados, controlando el acceso al puerto. Considerada el centro del poder de Tur Ukar, varios señores piratas la habían reclamado a lo largo de los siglos, cambiando de manos de forma más o menos habitual según los tiempos que corriesen. Era la opinión habitual que quién controlase La Ruinosa, como se la conocía, controlaba también Despojos y por lo tanto Tur Ukar. El nombre de la fortaleza se debía primero a que era antigua como pocas cosas lo eran en Giruzkar, o incluso más allá, y el tiempo había hecho mella en su arquitectura. También, porque en las dos ocasiones en las que se había tratado de purgar la herida de Tur Ukar, los ejércitos del Rey habían realizado graves esfuerzos por destruir la fortaleza hasta sus cimientos… pero sin mucho éxito. Cada nuevo señor de La Ruinosa trataba de repararla y añadía nuevas e imaginativas “mejoras” a la fortaleza, y de la misma no quedaba más que los cimientos y sus mazmorras, siendo lo demás una amasijo de maderos, piedra y metal que muy bien recordaba a la propia población que custodiaba. Los pendones de la fortaleza mostraban ahora una mano extendida con una boca llena de afilados dientes en su palma, todo ello blanco sobre fondo negro.
  • Esos son los pendones de Ormzar Anbisen, el nuevo señor de La Ruinosa. - les dijo Cátigo desde el timón. Sus hombres habían comenzado a decargar.
  • ¿Cómo de nuevo?
  • No hace ni una semana. Hundió el barco de Sinrostro con su nave de vela rojas, y desde entonces maneja todo esto. Aunque pasa más tiempo saqueando que allí arriba. - el contrabandista les dirigió una sonrisa y guiñó su ojo bueno. - Pero ya os preocuparéis por eso en otro momento. Por ahora, deberíais encontrar algún lugar para que vuestra brujita descanse. No vayan a desaparecer vuestros rostros.
Todos miraron en silencio a Cátigo y a su ojo muerto unos instantes. Al final Flecha le dedicó un saludo y se marcharon.

Encontrar un lugar donde quedarse en Tur Ukar no era un asunto sencillo. Sabían que hacia el interior había poblados bárbaros que los degollarían nada más verlos por creerlos piratas y saqueadores, pero también sabían que la mitad de las habitaciones que en el puerto pudieran encontrar los degollarían para quedarse con las monedas que tuvieran.
  • Hay un lugar en el que podríamos quedarnos. - murmuró Otavio.
  • ¿Conoces algo de este lugar?
  • Algo. Un conocido mío regenta unos alquileres por aquí, un local que se llama Las Puertas de Bronce.
Henk sujetaba a Ilais para que no se cayera mientras esta respiraba pesadamente. Los ojos se le cerraban y tenía un color ceniciento.
  • Llévanos allí. Ilais no aguantará mucho más, necesita un lugar en el que descansar.
  • Bien, pero hace mucho... quiero decir, yo no he puesto pie aquí en mi vida. Habría que preguntar.
  • Preguntémosles a ellos. - hizo notar Flecha.

Mientras se preocupaban por a donde acudir parados en el muelle, un grupo de piratas les habían rodeado. Enseñaban largos cuchillos y toda clase de macabros trofeos, como dientes, orejas, dedos y otros semejantes. Reían roncos y se limpiaban las narices con las mangas de unos trapos que tenían por costumbre llamar ropas. Eran cinco, nada menos, todos ellos con aspecto de haber sobrevivido a más de una trifulca. Henk aferró su espada, que seguía cubierta por la ilusión, pero la exhausta Ilais puso la mano sobre su puño.
  • Si os metéis en una pelea, no hay forma de que mi magia os cubra. - susurró, apenas sin fuerzas.
Henk relajó la presa sobre su filo, pero no lo soltó.
  • Mira, Vizo, cuatro nuevos voluntarios.
  • El grandullón tiene buena pinta.
  • Sí, pero la moza no parece muy entera, igual hay que darle un remojón para que se espabile.
  • A ver, mozos, os venís con buena voluntad o tenemos que recurrir aquí a los hierros.
Flecha avanzó con las manos a la vista y la sonrisa dispuesta.
  • A ver, mozos, que no buscamos lío y aquí mi amigo es de pronto fácil, ¿qué me decís si salís todos con calma y no cae aquí desgracia ninguna?
  • Míralo al querubín, que verraco se nos pone. No voy a decir otra vez, que o bien sos venís o…
Golpeó su palma con el cuchillo un par de veces, con gesto intimidatorio. El filo del arma estaba herrumbroso, y cubierto de porquería. Estaba claro que no había muchas opciones de negociación allí.

Así que rápida como su nombre, Flecha desenfundó una daga y la lanzó al portavoz del grupo de reclutadores. Este se encogió en el último momento y la daga se le clavó en el pecho, pero lejos del corazón al que iba dirigida. Ilais soltó un gemido, cuando su ilusión finalmente se deshizo. Esto fue en realidad una suerte para el grupo, pues la sorpresa de verse de pronto rodeando no a un grupo de gentes de aspecto más o menos miserable, si no a un grupo de guerreros bien armados y preparados (con nada menos que un semiorco entre ellos), les hizo perder cualquier ventaja que pudieran tener. Con un grito que hizo retumbar el muelle, Henk sacó su espada  dejó libre la furia y angustia que había estado viviendo estos pasados días. La espada cortó a uno de los piratas en dos, y con un giro golpeó a un segundo que aunque logró cubrirse con los brazos, el golpe lo arrojó al agua que pronto se tiñó de rojo. Fue un desafortunado destino, pues la sangre no tardaría en atraer a los marrazos que sembraban las aguas de Tur Ukar. El que había recibido la daga en el pecho aún se recuperaba cuando la lanza de Otavio se clavó en uno de sus camaradas a la altura de la pierna, desviada del último momento de sus entrañas por su herrumbrosa herramienta, pero incapaz de librarse de todas maneras de la herida. En su defensa diremos que la herida no fue bastante para derribarlo, que en su lugar tuvo la presencia de ánimo suficiente para darse la vuelta y echar a correr sin perder un instantante y al parecer sin sentir en absoluto la herida en su muslo. El otro, el que aún estaba entero, se lo pensó un momento, pero decidió seguir el ejemplo de su compañero y se marchó a todo correr sobre el destartalado muelle. Sólo quedó el que llevaba el cuchillo en el pecho, pero se vio interrumpido por una punta de flecha puesta directamente ante sus ojos.

Flecha sonreía, como sonreían pocas cosas en el mundo, más allá de un cuchillo afilado o un león satisfecho. El pirata quiso tragar saliva, pero tenía la boca seca.
  • Déjalo, ya lo mismo da. Vamos a ver si podemos meternos en algún lado, y más vale que sea deprisa. - Henk había ya limpiado y guardado la espada, su naturaleza había regresado al estado taciturno y tranquilo que le era propio. Ilais se apoyaba pesadamente en su brazo, jadeando, peleando por tenerse en pie.
A la distancia los observaban varios marineros de muy diversa y escasamente positiva catadura moral, todos ellos señalando y comentando con quien tuvieran al lado. Había sido un espectáculo impresionante, ciertamente, uno sobre el que no tardaría en correr la voz.
  • Flecha… - jadeaba Ilais - no tendrías que haberle atacado. Ya hablaremos. Otavio, guíanos.
Flecha se rascó la nariz y escupió al agua. Luego se giró y le quitó la daga del pecho al pirata en el suelo sin mirarle a la cara. Ni siquiera cuando gritó con toda la fuerza de sus pulmones al sentir el acero salir de su carne.

jueves, 20 de julio de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo IV.2)

Sentados en su mesa en la Burra, la extraña compañía discutía sus planes.
  • ¿Cómo podríamos hacer para entrar en Tur Ukar?
  • Los piratas siempre están buscando nuevos “reclutas”, así que no creo que entrar sea un problema. Bastará con disfrazarnos.
  • Daiyu será un problema. - indicó Flecha.
  • Sí, ciertamente. No es fácil pasar desapercibido con un aspecto como ese. Quizá tenga que quedarse.
  • No es de mi agrado, pero haré lo que sea necesario.
  • El verdadero desafío será salir de allí.
  • No si conseguimos hacernos con el barco de velas rojas. - indicó Daiyu.
  • Entonces el problema será cómo hacernos con el barco. Si es tan valioso como dices, sin duda estará bien guardado. Y nosotros somos pocos.
Beelethur se presentó con más jarras para todos, y otro trago de estepario para Henk. El semiorco no había dicho ni una palabra desde que habían llegado a la villa, excepto para pedir la bebida. Ator no estaba esperándolos allí, como Flecha tan animosamente había asegurado durante el camino.
  • Eso lo decidiremos una vez estemos allí. No podemos planear nada si no conocemos el terreno.
  • La bruja tiene razón, no sabemos siquiera si lo guardan en el puerto de Tur Ukar o si lo tienen en otro lado. Por lo que el cornudo este nos ha contado, están aliados con esas criaturas de los abismos, por lo que sabemos podrían guardarlo en el fondo del mar. - Otavio había mantenido los morros pegados a la jarra hasta ahora.
  • Entonces lo primero es llegar allí. Luego decidiremos el resto.
  • Bien. ¿Y cómo llegamos allí?
Flecha les miraba con los brazos cruzados y las piernas sobre la mesa. No había tocado su jarra.
  • Quiero decir, la última vez conseguí convencer al pescador aquí presente para que nos llevara. Pero una cosa es acercarse a dar una vuelta por unos acantilados y otra muy distinta navegar hasta el nido de unos piratas a través de unas aguas infestadas de tormentas y monstruos. Y más teniendo en cuenta que las noticias sobre el resultado de nuestra última aventura ya están en boca de todos.
  • Yo no he dicho nada. - gruñó Otavio. Y era cierto, ni siquiera se había acercado al puerto.
  • Puede que a mi se me haya escapado algo con los carreteros, ¡pero eso no es lo importante! Lo importante es que no tenemos un barco. - volvió a enfatizar Flecha.
  • ¿Necesitáis un barco para ir hasta Tur Ukar?
Beelethur estaba junto a ellos lavando una jarra y mirándoles con su perpetua sonrisa élfica.
  • Sí, Beelethur. Lo necesitamos para recuperar el barco de velas rojas y poner fin a todas estas tormentas.
  • Bueno, siempre podéis preguntar a los contrabandistas.
  • ¿Cómo?
  • Claro, todo el mundo sabe que en Tansa Calra trabajan los contrabandistas, llevando mercancías de Tur Ukar y otros lugares hasta Orosti. No son gente honrada, pero respetan el oro y a veces aceptan llevar a criminales y otras gentes huyendo de la justicia hasta Tur Ukar. Por un precio.
Todos miraron a Ilais, y ella se encogió de hombros. Parecía una opción tan buena como cualquier otra. Aún así, miró a Henk para asegurarse que se mostraba de acuerdo. Pero en aquel momento el semiorco sólo parecía interesado en su bebida. A la mañana siguiente estaría mejor, o eso esperaba Ilais. No podían hacer esto sin él. Sobre todo ahora que Ator no estaba con ellos.


Una noche más en el Ratito y Medio, y Cátigo disfrutaba de un buen trago de ginés junto con algunos de sus camaradas. La reciente plaga de tormentas había demostrado ser una bendición para el negocio. Al menos, para aquellos con el ánimo suficiente como para atreverse a navegar bajo tales circunstancias. Con el ánimo suficiente, o con un poco de ayuda de la gente apropiada, pensó Cátigo con una sonrisa amarilla. Cubría su cabeza con un pañuelo bajo el que asomaban sus lacios y grises cabellos. Uno de sus ojos era pálido y sin vida, el otro de un vibrante color azul, y la postura siempre ligeramente encorvada. Se decían de Cátigo muchas cosas, como que su madre había sido un pez, que era un brujo que te podía maldecir con su ojo malo, o que había matado a cuatro hombres con un tenedor. No era importante si era verdad o no. Lo importante es que esas cosas se decían.

Cuando Flecha se acercó para hablar con él, Cátigo no vio al célebre aventurero de puntería letal, si no a un joven de barba incipiente y mirada lúgubre. El recién llegado captó la atención del contrabandista con un vaso de dulce de las islas.
  • Bueno, bueno, ¿qué puede hacer Cátigo por una remorilla como tú?
  • Busco pasaje a Tur Ukar. Lo antes posible.
Cátigo apuró su amargo trago de ginés para poder empezar cuanto antes con el de dulce. Se limpió los labios con los dedos mientras medía al muchacho con su ojo muerto.
  • ¿Y puedo preguntar por qué la prisa?
  • Son asuntos privados. Pero unos amigos vendrán conmigo.
  • ¿Cuántos? Porque el barco es pequeño y el viaje no es precisamente corto…
  • Cuatro.
  • Ya… creo que podríamos arreglar algo. Por cuatro… centenar de monedas sería justo.
  • Urto pedía ochenta.
  • Urto no ha salido a la mar desde hace una semana, y perdió un cargamento entero en una tormenta. Todo el mundo sabe que el único que pueda navegar estos días por aquí soy yo. Mi ojo mágico me permite ver el rumbo seguro en medio de la tormenta.
El joven se revolvió inquieto intentando evitar la mirada del pálido ojo.
  • Tranquilo, remorilla, que no maldice a menos que yo se lo pida.
  • ¿Es verdad lo del ojo?
  • Tú sabrás. Lo que es verdad es que yo te puedo llevar a salvo hasta Tur Ukar, tormenta o no tormenta. Y que pido un centenar de monedas por cuatro pasajeros.
  • Yo… sólo tengo ochenta.
Cátigo bebió del dulce de las islas y chasqueó la lengua tras el primer trago. Volvió a mirar al joven a su lado, que intentaba mantener un gesto serio y ceñudo, a pesar de que se veía que no debía ser más que un crío.
  • Está bien. Por ochenta te llevo hasta allí. Pero a partir de ahora, cada vez que me veas la jeta más te vale invitarme a un trago. Vente cuando cierren el garito.
Y con estas palabras el contrabandista se dio la vuelta y siguió bebiendo con sus compinches. El muchacho, que era Flecha, salió fuera, caminó unas calles, y cuando estuvo seguro de que nadie le seguía, se reunió con sus compañeros.
  • ¿Cómo ha ido? - quiso saber Ilais.
  • Pues ni tan mal. Hasta he conseguido regatearle veinte monedas.
  • ¿Pudo ver a través del disfraz?
  • No, tu conjuro es fantástico. Si no supierais que soy yo, ni vosotros podríais reconocerme.
Con un gesto de la mano y una palabra Ilais hizo desaparecer el disfraz.
  • ¿A qué hora entonces?

Cátigo les estaba esperando en la puerta del Ratito y Medio mientras cerraban. A los ojos de los demás, lo que apareció fue una panda de maleantes y canallas guiados por un muchacho sonriente. Si le hubieran pedido a alguien sin embargo que les describiera dichos canallas o maleantes con cierto detalle, que resaltase algún rasgo llamativo sobre ellos, nadie hubiera sido capaz de decir nada en concreto. Cátigo los vio llegar con una sonrisa.

No se entretuvo con charlas banales. Con un gesto les indicó que le siguieran. Se alejaron del puerto para acercarse a la playa. Allí Cátigo sacó una lámpara e hizo algunas señales. Al poco, se pudo escuchar el paleo sobre el agua, y un bote de remos con tres hombres cubiertos por gruesas capas llegaron a la orilla.
  • ¡Cátigo! ¿Otra vez pasajeros?
  • Sí, quieren llegar a Tur Ukar.
  • ¡Ja! ¿Qué es lo que habéis hecho para querer ir a ese nido de ratas?
  • Vete a saber. - Cátigo dejó una bolsa de monedas en la mano del hombre. - Pero no es asunto nuestro. Arreando.
Una vez estaban ya lejos en la bahía, paleando con cuidado y con todas las luces apagadas, en medio de ese mar de negrura, pudieron respirar tranquilos. Vieron en lo alto el castillo con todas sus almenas encendidas, las pequeñas siluetas de los soldados allí recortadas. La ominosa figura de Tansa Caral, que dominaba la bahía de Orosti, se hacía cada vez más nítida recortada contra el horizonte estrellado. Una isla, un islote, más bien, cubierta de menhires tallados por los elfos de la espina mucho antes de la llegada del hombre, de misteriosas espirales y mudo poder. En la cima de la isla se alzaba una edificación en ruinas, que decían algunos que había sido un faro, y otros que un templo, pero que todos coincidían en marcarla como maldita. La mayoría pensaban que la isla estaba habitada por fantasmas, espectros, y toda clase de apariciones atraídas por el poder de las piedras, y por lo tanto la evitaban tanto como fuera posible. Esto era una suerte para piratas y contrabandistas de toda índole, que solían hacer uso de la isla como lugar de reunión o escondite.

La barca llegó finalmente a su destino, los tres hombres tomaron unos pocos fardos y comenzaron a ascender por uno de los senderos de la isla, custodiado por un menhir. Cátigo hizo un gesto a los compañeros, y todos le siguieron.

martes, 18 de julio de 2017

Un inventario limitado

Un tema común en los juegos de rol (en especial en aquellos centrados en la aventura) es el inventario, reglas de carga y peso y otras mecánicas similares. En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, estas reglas acaban siendo ignoradas. La razón es sencilla: nadie quiere estar calculando, sumando y restando números. Es un incordio la mayor parte del tiempo cuando en lo que te quieres centrar es en esas ruinas tan interesantes, ese malo tan capullo o ese artefacto tan peligroso. 

Yo soy uno de los pocos raros que disfrutan con la gestión de inventario. Me encanta, de hecho, y me parece una parte muy interesante del juego. Pero soy consciente de que para la mayoría no lo es. A lo largo de mi carrera amateur como diseñador de juegos (o simplemente hackeador) he diseñado varios sistemas distintos. Recientemente, he diseñado un sistema de inventario para una partida que una vez puesto en práctica en dos grupos distintos, ha recibido respuestas muy positivas. 

El sistema es sencillo: los personajes tienen diez espacios para llenar el inventario. Una vez agotados, no pueden llevar nada más. Así mismo, sólo pueden llevar tres armas o objetos listos para usar en combate.

Evidentemente, es un modelo tomado de los videojuegos, pero es un modelo que funciona. Principalmente, por su simplicidad. No hace falta que calcules el peso de los objetos, cada cosa ocupa un espacio y listo. Si te quedas sin espacio, no puedes llevar más cosas. Por supuesto, puedes llevar varias cosas del mismo tipo en un sólo espacio (por ejemplo, hasta diez antorchas, o hasta cinco pociones, etc, etc). El equipo que lleves puesto (armadura, armas, etc) va aparte del inventario. La idea además es que cuando da comienzo el combate el inventario se deja tirado y se recupera al final del mismo. Si los pjs huyen, el inventario queda también atrás. Habrá que volver para recuperarlo.

Dado que ahora me encuentro en el extranjero, estoy dirigiendo mucho a través de internet (en especial haciendo uso de Roll20) así que tengo creado un documento en Drive compartido con mis jugadores que pueden editar para administrar su propio inventario. Como digo, la respuesta ha sido estupenda. En general mis jugadores siempre se han mostrado reacios respecto a la gestión de inventario, el problema de quién lleva qué y otras peculiaridades y características en mi opinión fundamentales del dungeoneo. Y esto después de varios años jugando con ellos. Con la implementación de este sistema, han empezado a tomárselo en serio. Anotan lo que encuentran, discuten quién lleva qué, se preocupan si de verdad necesitan tal o cual cosa y contratan portaantorchas simplemente para tener más "espacios" en el Inventario (por cierto que su último portaantorchas murió devorado por las ratas). En el otro grupo, jugadores veteranos pero poco avezados en los usos del dungeon, ha recibido una acogida similar. Un asunto que siempre había sido pasado por alto, que incluso jugadores noveles solían encontrar tedioso y poco interesante, que normalmente hacía que un personaje anotase todo el botín obtenido y que al final de la partida se repartiera todo de cualquier manera. Ahora, preguntan quién lleva qué, lo tienen todo anotado y de vez en cuando se paran para tirar una u otra cosa para poder hacer espacio y llevar más tesoro. Algunas veces, incluso han dejado tesoro atrás (anotando bien claro dónde lo han dejado escondido) para regresar más tarde a por él, una práctica habitual en la narrativa pero que nunca había visto en la mesa.

Eso en cuanto a sus ventajas. En cuanto a los problemas, hay algunos evidentes. Para empezar, es un sistema poco realista. En ese caso diez antorchas ocupan el mismo espacio que una armadura de placas desmontada. Una cosa bastante absurda, a decir verdad. Personalmente, recomiendo tener un poco de cabeza con eso. Un personaje puede llevar diez antorchas, pero no diez armaduras pesadas en el mismo espacio. Cada armadura ocuparía un espacio al completo. En general, cuanto más grande el objeto menos unidades iguales se podrían llevar en el mismo espacio. Así a ojo. Suponen un problema también los objetos particularmente pequeños o insignificantes, como esa moneda extraña que hemos encontrado, las llaves y otros por el estilo. Mi recomendación en ese caso es que se apunten con las notas, y no en el inventario. Son objetos lo bastante pequeños como para que el personaje los pueda llevar encima sin provocarle molestia alguna, en un bolsillo, una bolsa en el cinto o cualquier otro lugar semejante.

En el caso de personajes con reglas especiales que les permitan llevar peso adicional, podrían añadirse algunos espacios adicionales. Por ejemplo, los enanos podrían tener doce espacios de inventario en lugar de diez. Las criaturas con penalizadores o menor tamaño, podrían tener una reducción al tamaño del inventario. Por ejemplo, los medianos podrían tener sólo ocho espacios en lugar de diez. 

Hasta aquí mi aportación esta semana, pero me gustaría escuchar vuestra opinión al respecto. ¿Qué os parece? ¿Demasiado videojueguil para vosotros? ¿O podría ser la solución a esos aventureros que se dedican a apilar cosas en su inventario sin límite? Al menos hasta que se hagan con una de esas infames, repugnantes, malditas y odiosas bolsas de contención. Pero sobre ellas ya soltaré pestes en otro momento. ¡Háganse oír!

domingo, 16 de julio de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo IV.1)

Capítulo IV

Las horrendas criaturas no tuvieron el ánimo de seguirles hasta tierra firme. Cuando se vieron a salvo, atendieron a los heridos en el campamento. Henk miraba a las aguas con el ceño fruncido. No había rastro de Ator. Los tres supervivientes de la horrenda experiencia deliraban en su extraño idioma, los labios cortados y blancos por la sal, cubiertos de llagas y con las heridas infectadas. Era un auténtico milagro que siguieran con vida. Daiyu fue el primero en recuperar la consciencia, aunque apenas tuvo fuerzas para mirar a Flecha y dedicarle una sonrisa. Flecha le respondió con una carcajada de su propia cosecha y le ofreció un trago de agua.

Jon no había hablado desde que lo habían encontrado, y estaba claro que no lo haría aún en un tiempo. Algo había cambiado en el joven, y podía verse la aversión en su mirada cada vez que sus ojos se cruzaban con el mar. Su padre estaba cerca, pero mantenía las distancias con los aventureros. No podía culparlos, al fin y al cabo él había decidido venir. Pero uno de sus hijos estaba ahora muerto, y el otro quizá no volviera a embarcarse. En cierta forma, los había perdido a los dos.

La tormenta arreció durante la noche.

A la mañana siguiente, Henk encontró a Daiyu erguido, mirando hacia el mar.
  • ¿Te encuentras mejor?
  • Sí, muchas gracias.
Henk se sentó a su lado a mirar al mar. A la orilla llegaban olas espumosas arrastrando maderas y algas.
  • Qué tenéis que ver vosotros con las tormentas.
  • Es nuestro barco el que las conjura.
  • ¿Un barco mágico?
  • Más que eso. En nuestra tierra, ese barco es una leyenda. Fue un regalo de un dios a nuestro pueblo, y ha protagonizado grandes hazañas.
  • ¿Y qué ha pasado? ¿Cómo lo habéis perdido?
  • Nos atacaron. En mitad de la noche. Eran hordas de esos abominables seres, y entre ellos había también hombres y orcos. Nunca vi nada igual. Salieron de las mismas profundidades marinas, subieron por la borda mientras nos dirigíamos a Tur Ukar… y nos derrotaron. Apenas tuvimos tiempo de sacar nuestras espadas. Con ellos había un… un gigante, un monstruo, un diablo con forma de orco. Entró a la batalla con el pecho desnudo, sin empuñar armas… pero las armas apenas arañaban su piel, y sus manos partían cuellos y cráneos como si fueran hachas.
Henk echó un poco más de leña al fuego y acercó el pellejo de agua a Daiyu, que bebió ávidamente.
  • ¿Y qué me puedes contar de esa espada que estabais buscando?
  • Por ella partimos. Nos dijeron que los piratas la habían capturado.
Capturado, pensó Henk. Extraña forma de decir que habían robado una espada.
  • Nos dijeron que los piratas de Tur Ukar la habían capturado, y fuimos para asediar su puerto, evitar que nadie saliera.
  • ¿Asediar un puerto con un sólo barco?
  • Con el barco de velas rojas.
  • Y ahora los piratas tienen ese barco. Y están asediando toda la costa gracias a él.
Daiyu agachó la cabeza en gesto de vergüenza. Cuando habló le temblaba la voz.
  • Lamento mucho la desgracia que os hemos causado.
  • Tranquilo. - Flecha estaba a su lado, con una mano puesta sobre la cornamenta del capitán extranjero y el puño en su costado. - No es la primera vez que tenemos que salvar el mundo.
Ilais se plantó cerca de ellos apoyada en su bastón. Parecía cansada, sin duda los conjuros que había tenido que realizar la habían agotado.
  • Entonces sólo tenemos que encontrar la forma de hacernos con ese barco.
  • Está claro que abordarlo no es una opción, si puede conjurar las tormentas. - murmuró Henk.
  • Entonces hay que ir a Tur Ukar y hacernos con el barco mientras esté en el puerto. - decidió Ilais.
Otavio eligió ese momento para hablar.
  • ¿Alguno de vosotro tiene la más mínima idea de cómo navegar? Porque si no es así me parece que vais a necesitar que os eche un cabo.
  • Gracias, Otavio, pero esto puede ser incluso más peligroso que a lo que hoy nos hemos enfrentado. Deberías regresar a casa con tu familia. - le explicó Henk.
  • Uno de mis hijos ha muerto y el otro no quiere volver a ver el mar. Soy viejo, y he perdido mi barco. Ni siquiera estoy seguro de que mi mujer me quiera de vuelta después de esto. No es que me queden muchas cosas en Orosti. Y necesitáis mi ayuda. Que sea esta mi última aventura sobre las olas.

Partirían tan pronto como les fuera posible, ese mismo día. Daiyu ya se encontraba con las fuerzas suficientes como para poder caminar, aunque fuera con la ayuda de un bastón. Los otros dos tendrían que llevarlos a rastras. Tenían que encontrar el camino de la costa, y después de eso aún les quedarían dos o tres días hasta llegar a Orosti. Cuando al mediodía habían terminado de recoger sus escasas pertenencias y hacer acopio de todos sus recursos, Flecha descubrió a Henk mirando hacia las olas.
  • Vamos, lo encontraremos por el camino. - dijo Flecha, palmeando la ancha espalda de su compañero.
  • Claro.
Pero Henk sentía que jamás volverían a ver a Ator. Murmuró una oración a Mannanann, el señor de las olas, por el alma de su compañero, y se marchó. En cuanto llegara a la ciudad, tendría que vaciar un barril de estepario.