lunes, 18 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VII.1)

Capítulo VII

  • ¿Cómo te gustaría morir?
  • Salvando a otros. - Henk no se lo pensó ni un momento, el ritmo con el que frotaba su espada con aceite ni siquiera vaciló.
  • Hacerle esa pregunta a Henk es una pérdida de tiempo, Flecha. Estaba bastante claro. - refunfuñó Ator afilando su hacha.
  • Pero lo que yo pregunto es de qué forma concreta. El cómo, no el por qué.
Henk dejó de frotar la espada y frunció el ceño. Se lo estaba pensando. Ator se le adelantó.
  • Yo, decapitado.
  • ¿Por algún motivo en especial? A mi me parece bastante truculento.
  • Quiero saber si cuando te cortan la cabeza te mueres enseguida, o aún estás ahí dentro un rato.
  • ¿Y si resulta que sí lo estás? ¿No sería aún más espantoso? - le preguntó Henk.
Ator sencillamente se encogió de hombros.
  • Un tiempo más de vida que ganaría, ¿no?
Flecha lanzó una ufana sonrisa mientras se acodaba sobre la roca a la que se había encaramado. Henk se decidió a hablar.
  • Creo que a mi me gustaría morir atravesado por cien lanzas enemigas, ni una esquirla del cuerpo sin cubrir de sangre, ni un pedazo de piel sin abrir, después de haber resistido tanto como se podía resistir, saber que hice todo lo que pude hasta el final. - el semiorco meditó unos momentos su respuesta, hasta que pareció satisfecha con la misma y continuó frotando su espada.
  • ¿Y era yo el truculento? Qué mejor que una muerte rápida, y que además resuelve un misterio. ¿Y tú, Flecha? ¿Cómo te gustaría morir?
  • Mi caso es especial, porque yo no me voy a morir.
  • Cierto, siempre se me olvida. - dijo Ator con una sonrisa.
  • Eh, no lo digo yo, me lo dijo una golondrina de otoño, y todo el mundo sabe que las golondrinas de otoño no mienten.
  • No hay golondrinas en otoño, Flecha. - gruñó Ilais desde el otro lado de la roca, sin despegar las narices de su libro.
  • Pero si tuviera que morirme… - continuó echándose sobre la roca, a mirar el cielo gris que descargaba lentamente y a base de caricias un suave manto blanco. - Si tuviera que morirme, me moriría en el mar. Desangrado, ahogada o como fuera, pero en el mar. Así me convertiría en espuma de mar, como en ese cuento, y podría recorrer el mundo entero y ver todas las costas, y escuchar todas las historias y todas las canciones que los marineros cantan y cuentan por las noches.
Henk se abstuvo de indicar que la respuesta de Flecha era muy parecida a la que había dado él al principio. Peor, de hecho: era un dónde, no un cómo. Pero Flecha podía hacer trampas. El silencio duró un momento, mientras se recreaban en la imagen.
  • En la cama, rodeada de mis nietos y mi familia, agarrada de la mano del hombre más maravilloso del mundo.
La respuesta llegó del otro lado de la roca.
  • ¿Es que no hay ya para nosotros otro destino que una muerte violenta? - Ilais apareció junto a ellos en pie, agarrada a su bastón y con su habitual gesto de malhumor. Quizá para ocultar su miedo, su preocupación.
  • Eso que has dicho no está mal. - evadió la pregunta Ator echándose el hacha al hombro, sonriendo mientras se acercaba a la brujilla. Si Ilais estaba ya en pie, es que pronto tocaría ponerse en camino. - Pero espero que alguno de nuestros nietos estuviera dispuesto a cortarme la cabeza, para cumplir el último deseo de su querido abuelo.
Ilais pasó de largo sin alterar el gesto siquiera. Los demás la siguieron, Ator el último. Y un poco más encorvado y mosqueado que los demás.

Habían pasado muchos años desde entonces. Flecha sonreía mientras recordaba la historia. Sabía que no iba a morir, pero si se daba el caso… bueno, sería en el mar. Y con un poco de suerte Ator y Henk cumplían también. Una pena lo de Ilais, sin embargo, aunque igual había cambiado de opinión respecto a cómo quería morir. Habría que preguntárselo luego.

La tormenta rugía, e incluso a Ator le costaba mantener el equilibrio sobre la cubierta, mientras un millar de monstruos (o eso parecía) los acechaban. Y el mayor de todos ellos, los miraba con el torso desnudo desde el puente. Los brazos cruzados, sin ceder ni un ápice, sin tambalearse ni un momento, bajo aquella tempestad de locura. Las luces de Despojos habían desaparecido por completo, engullidas por la repentina tormenta. Y el barco de velas rojas surcándola hacia el negro infinito.

Una voz resonó con meridiana claridad por todo el barco. No restalló como un trueno, no se impuso sobre aullante viento ni hizo enmudecer el fragor de la lluvia. Se escuchó, porque exigía ser escuchada. Se escuchó porque en aquella embarcación, esa voz gobernaba incluso sobre los elementos.
  • Enhorabuena. Por un momento dudé de vuestro valor, ¿o es que no les has hablado de mí, Ator?
El guerrero miraba fijamente a lo alto, con el hacha empuñada y el escudo en ristre. Todos ellos llevaban armaduras ligeras, cuero y madera, el equipo perfecto para una escaramuza, para cortar gargantas en la oscuridad y matar en la noche. Pero del todo inapropiada para una batalla. Era bueno comprobar, sin embargo, que ninguno de los espantosos pelágicos que les rodeaban poseía armas de proyectiles. Vivir bajo el agua no alentaba a su uso.
  • Por eso hemos venido, Anbisen. Parece que a ti también te han hablado de nosotros.
  • Por eso han venido ellos. - señaló a los diablos escamados con un escueto gesto de sus portentosos brazos.
  • ¡Baja aquí y libra tus propias batallas! - rugió Henk, alzando su espada. Un gesto muy desaconsejable en una tempestad, por cierto.
  • No han olvidado lo que hicisteis en su templo. No han olvidado que matasteis a su sacerdote, y a su anfitrión. Esta es también su batalla. - Anbisen se apoyó sobre la barandilla. - Me he asegurado de que me reservarán uno para mí. Ahora, luchad.

Uno de los hombres pez abrió la boca, y un grito rasposo, como un último estertor alargado demasiado tiempo, un grito profundo y desagradable y viscoso y muerto emergió de su estómago. Un grito de guerra, una maldición, una llamada a la matanza. Los pelágicos avanzaron. No gritaron como su compañero, no se lanzaron a correr (sus cortas piernas probablemente no lo habrían permitido). Eran una marcha silenciosa, una marea armada de hueso y sedienta de muerte. Arriba, Anbisen se enderezó.