viernes, 15 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VI.3) - Fin del Capítulo VI

  • Conspiremos, Amaríz.
  • Estupendo. Veréis, amigos míos, el mayor problema al que nos enfrentamos en esta conspiración no es encontrar el coraje para acometer el acto en sí, o ni siquiera encontrar los medios necesarios para tal fin o la potencia necesaria para hacerlo de forma contundente y decisiva, si no encontrar la oportunidad, la ocasión y momento oportuno que nos permita acometer la hazaña que nos ocupa.
  • El bocazas quiere decir que lo complicado va a ser tener la oportunidad de acuchillar a Anbisen, no el acuchillarlo en sí. - explicó Otavio.
  • Debe ser que no lo ha visto de cerca… - murmuró Ator.
  • Mi viejo amigo tiene razón, eso es exactamente a lo que me refiero. Anbisen es astuto, y lo peor de todo es que está locamente enamorado del mar, no en balde ha dado la vuelta al mundo e incluso ha visitado los lejanos puertos de Oriente adonde tan sólo los más avezados marinos logran llegar tras atravesar mares repletos de peligros, tormentas y horrores. Rara vez baja a tierra, me atrevería a decir que ni siquiera lo necesita realmente, y si ha pisado la Ruinosa fue únicamente para dejar claro quién era ahora su dueño. Esta tendencia se ha intensificado todavía más desde que se hizo con esa magnífica embarcación, quizá por temer que si la abandona alguien fuera a quitársela. Un temor muy razonable, si me preguntan a mí.
  • Entonces entramos en ese barco. Ator ya lo hizo una vez. - expuso muy razonablemente Flecha.
  • Me pescaron como a un atún…
  • Abordar el barco de velas rojas puede ser una auténtica locura. Además del problema de llegar hasta allí y abordarlo (que hay casi cuatro metros hasta la borda) hay toda una tripulación pirata allí esperándonos. - dijo Ilais.
  • No, no la hay. Bueno, no la habrá.
Todos miraban a Ator, que daba vueltas a su bebida pensativo.
  • Cuando me marché de ese barco, Anbisen les había prohibido tocar tierra. Tenían botín, y Anbisen los tuvo encerrados como castigo por su cobardía. Cuando regresen, lo harán victoriosos, con más botín y echando humo, a punto de reventar. Incluso con el terror que Anbisen inspira… tiene que dejarlos salir, o le estallará en la cara. Así que, la noche siguiente a su llegada, estarán todos de juerga.
  • ¿Él también?
  • Eso ya no lo sé.
  • El caballero Sangre de enano aquí presente tiene un buen punto. Si Anbisen se queda en el barco, será vulnerable. Si sale, también, aunque si queréis mi oponión particular, se quedará en el barco. De una forma u otra, es una situación ideal para llevar a cabo nuestros planes.
  • Muy bien, esto es lo que vamos a hacer.
Ilais se había puesto en pie mientras miraba seriamente al centro de la mesa, como si allí pudiera ver un mapa invisible que mostrara con todo lujo de detalles el puerto de Despojos entero. Los Héroes de Largoinvierno sonrieron: a partir de aquí, podían considerar el trabajo hecho.


“No podemos actuar sobre supuestos, así que lo primero es averiguar si Anbisen está efectivamente a bordo o no.”

  • Mierda, este sitio no es la mitad de bueno que Las Puertas de Bronce.
  • ¡Qué dices! Tenemos aquí bebercio y mujeres hermosas, ¿cómo iba a ser esto peor?
Pero Kaar sabía que su compañero tenía razón. No es que las Puertas de Bronce fueran su local favorito, no es que fuesen un local para ir cada noche… pero cuando dabas un golpe como el de hoy, lo ibas a celebrar a las Puertas de Bronce. Era lo que había que hacer, lo correcto. Puede que la Ruinosa fuera el gobierno de Tur Ukar, pero las Puertas eran su templo. Y cuando el templo y el gobierno se llevaban mal, las cosas se iban a pique. Sin embargo, el Mástil Mojado no estaba nada mal. Los mejores cuerpos de Despojos se ponían aquí a su disposición, ni las Puertas de Bronce podían igualarla en eso. El sitio parecía una tienda de campaña gigante, las paredes cubiertos por largas cortinas de tela (se probó una temporada con el terciopelo, pero no duraban nada) que se unían todas ellas en el centro del techo, sujetas allí por un inmenso mástil que servía también como columna maestra que sostenía toda la estructura. La planta era circular, a grandes rasgos, con dos pisos: en el de arriba se encontraban las habitaciones, en el de abajo las mesas, divanes y un par de apartados tenuemente iluminados con lámparas de vidrio rojo.
  • Bien que nos lo hemos ganado… joder, la última pelea ha sido infernal, los guardamarina del rey son duros. Sí, pero… ¿has visto lo que hemos conseguido? Un cargamento entero de polvo de trueno… ¡y cañones! A los cabrones no les dio tiempo más a hundir dos de esas maravillas antes de que les echásemos la mano encima.
Kaar gruñó satisfecho. Anbisen era un buen jefe. El mejor que había tenido hasta la fecha, de hecho, y eso que había servido a Jamark Orralsen en las Tierras Solitarias.
  • Es una pena que el barco de velas rojas no tenga dónde ponerlos.
  • Podríamos pedirle a unos carpinteros que hicieran un apaño.
  • No. Anbisen no dejará que lo toquemos, y no me extraña. Podríamos estropear su magia. Invoca tormentas, tampoco es que le hagan falta cañones.
  • Tampoco estarían mal  algunos truenos de más en esas tormentas.
Tenía razón, claro. Quizá un día tuvieran que vérselas con un buque de guerra, y con tormenta o sin ella… Kaar había visto una vez un buque de guerra, cuando empezó con esto de la piratería. Recordaba muy bien los gritos del capitán (un hombre patético y débil que murió unos meses después durante un abordaje, acuchillado por su primer oficial) casi tomados por el pánico mientras ordenaba dar media vuelta de inmediato. Y por supuesto había oído historias.
  • ¿Y dónde está ahora Anbisen?
  • En el barco, como siempre, ¿dónde iba a estar si no? - gruñó el orco a su compañero mientras intentaba centrarse en la danza de la morena aquella.
  • ¿De qué hablas?
  • ¿No me has preguntado tú dónde estaba el capitán?
  • No, joder.
  • Huh. - pero Kaar no le dio mayor importancia, la morena se acercaba meneando las caderas y una sonrisa que prometía de todo, menos aburrimiento.

“Una vez hayamos confirmado que, efectivamente se encuentra en el barco de velas rojas, hay que llegar hasta él.”

Una noche del Jalven, eso es lo que esta noche era. Fría, húmeda y oscura como el corazón de un demonio. Una noche del Jalven, como solía decir su viejo padre, que en paz descanse. Gonze escuchó entonces silbar una melodía, y se le erizaron todos los pelos del espinazo. Oír silbar en una noche como esa no era bueno, no era bueno en absoluto. Dejó de tejer la red al momento y escudriñó la oscuridad mientras echaba mano del tridente. No, no era bueno en absoluto. Hay dos cosas que silban, los hombres y las flechas. Y las dos matan, como decía su viejo padre, que Yor lo guarde.
  • ¿Cuánto por su bote, buen hombre?
Una figura había aparecido, casi como salida de la nada, justo al borde de la luz de su fiel lámpara. La voz era jovial, pero Gonze, que era viejo y había vivido mucho (y entre piratas), reconoció el tono mordiente de una amenaza en el fondo de la pregunta.
  • ¿Cuánto por su bote, buen hombre?
Gonze entonces pensó en las historias que su viejo padre, que la pala de Yor cave hondo su tumba, le había contado, tantas veces mientras zurcían las redes a la luz de su vieja lámpara, de los espectros de la isla y sus caprichos. De la pregunta hecha tres veces, y la respuesta apropiada. Sus manos temblaban al sujetar el tridente.
  • ¿Cuánto pides?
  • No pido mucho, buen hombre, pido lo que esté dispuesto a ofrecerme. Así que, ¿cuánto por su bote, buen hombre?
Ah, la tercera pregunta, como en las historias. Gonze se secó las narices, que le goteaban de miedo, y para eso tuvo que soltar el tridente, que agarrado por una sóla mano temblaba aún más, como si quisiera escapar de esa mano. El viejo pescador no le culpaba: él quería hacer lo mismo. Por suerte, su viejo padre, que la Dama le guiara bien, le había contado las historias.
  • Mi vida. Mi vida por el bote, mamúa.
  • Bien, buen hombre, tu vida por el bote. Es mucho, pero es lo que pides. Buenas noches, buen hombre, descansa tranquilo.
La figura desapareció, como si nunca hubiera estado ahí. La puerta de la chabola se abrió.
  • ¿Gonze? ¿Con quién hablabas? - su mujer, arrugada como él, miraba preocupada las manos de su marido temblar sobre las redes, y el tridente en el suelo.
  • Con un mamúa, Ibel, que ha venido a verme. Me ha preguntado el precio de mi bote, tres veces, y yo he respondido bien. - soltó un suspiro. Empezó a calmarse.
Lo importante era no olvidar las historias, si uno no olvidaba las historias, estaba a salvo. Al final, torció el gesto y dejó la red donde estaba. Entró en la casa y se sentó junto al fuego, como hacía su viejo padre, que Yor lo guarde, y se dirigió a sus hijos.
  • ¿Os he contado alguna vez - les dijo - el cuento de Miren y el mamúa?
Sus hijos, algunos ya mayores, le miraron con los ojos brillantes, y empezó a contar.

Flecha, mientras tanto, echó el bote al agua mientras sus compañeros se montaban, allí en alguna de las pedregosas calas de Tur Ukar, y de Despojos no se veía más que el relucir de sus fuegos. Ya en el agua, Flecha esperaba que el viejo pescador se acordara también de que, en la historia, Miren encontraba un saco de monedas enterrado donde el mamúa se había aparecido por la noche.

“Si nos hiciéramos con el bote con antelación, alguien podría sospechar. Después de conseguirlo, nos acercaremos desde fuera de la bahía, amparados por la noche. Por lo que nos has contado, el barco lo atracan siempre al borde de la propia bahía, justo en la entrada (no tiene por qué temer a las tormentas) y es de esperar que estarán vigilando embarcaciones que se acerquen desde Despojos, no desde el mar.”

La figura del barco de velas rojas se recortaba contra la brillante y caótica Despojos como un monstruo acechante, una amenaza de la que las gentes del puerto nada sabían, capaz de golpear en cualquier momento, pero entretenida en una ensoñación. Un dragón durmiente. Henk y Ator remaban en silencio, ni una luz para iluminarles, pero Ilais los guiaba con precisión, apoyada en la borda, sus ojos parecían atravesar las tinieblas sin dificultad, uno de sus conjuros. Cuando estaban a un puñado de varas de distancia de la embarcación, los aventureros se echaron al agua.

“No podemos correr el riesgo de golpear el casco con la barca y que eso alerte a los guardias.”

Apenas les separaban cinco largas brazadas desde el bote hasta el barco de velas rojas, pero fueron unas brazadas angustiosas. Ator parecía tranquilo, había pocas cosas que le asustaran, y Flecha era demasiado inconsciente como para conocer el miedo. Henk constantemente miraba el agua negra y se imaginaba endemoniados hombres pez saliendo de las profundidades para atraparlo. Ilais, imaginaba la criatura que no era ni pulpo, ni hombre, ni pez, durmiendo allí abajo, en algún lugar, durmiendo y soñando con un mundo en el que ellos no tenían lugar. De todos ellos, era la que mejor entendía el miedo.

Llegaron a la cuerda del ancla, y comenzaron a trepar. El ancla estaba efectivamente atada por un cabo, y no por una cadena. La cuerda era vieja y rugosa, ancha como el torso de un hombre y trepar por ella era cosa sencilla. Flecha avanzaba en vanguardia, con un cuchillo entre los dientes (esto le hacía particular ilusión), boca abajo y sin esfuerzo, tan silenciosa como la brisa. Ator la seguía con el hacha atada a su espalda, y un ligero escudo de madera: normalmente hubiera preferido uno más pesado, pero había que nadar. Henk e Ilais iban los últimos, por ser los menos hábiles. Y porque Henk era tan incapaz de ser sigiloso como un buey de bailar, a pesar de ciertas historias que Flecha contara.

Cuando Flecha llegó a la cubierta, vio enseguida que había dos guardias allí apostados, con cara de malas pulgas y bebiendo de una botella mientras jugaban a los naipes. Con cuidado, Flecha preparó la honda y Ator empezó a acercarse. La piedra salió volando, y golpeó a uno de los hombres en la cabeza. Ni le dio tiempo a gritar antes de caer seco, mientras su compañero de naipes se ponía en pie y buscaba a tientas su arma, Ator cruzó en dos zancadas el espacio que los separaba y con un golpe al cuello lo dejó sin voz y sin vida. Henk e Ilais llegaron poco después, y todo estaba en calma.

Un relámpago restalló en lo alto, y le siguió el profundo derrumbe de un trueno. La lluvia rompió sobre sus cabezas barriendo la cubierta, el barco comenzó a balancearse, cada vez con mayor violencia. Un segundo relámpago partió los cielos, iluminando una escena de pesadilla. Manos escamosas y armas de hueso y coral asomaban por los bordes, seguidos de ojos bulbosos y pálidos, dientes aserrados y pies palmeados. Y sobre el puente, un gigante en la tormenta les miraba con los dientes desnudos.

El barco empezó a moverse, alejándose del puerto.