viernes, 8 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VI.1)

Capítulo VI

  • Yo no he dicho nada. - volvió a gruñir Otavio.
  • Ni falta que hacía, amigo mío, ¡es más que evidente! Qué otro asunto puede traer a cuatro héroes como vosotros a este apartado y detestable rincón del mundo, si no para acabar con el tirano que aterroriza a las costas giruzkarinas… y a toda Tur Ukar, dicho sea de paso.
  • Y ahora que toda Despojos sabe que estamos aquí…
  • Oh, sí, Anbisen no tardará en llegar a las mismas conclusiones (no es estúpido), y enviará a sus hombres a daros muerte. O, si Leitaón os sonríe, podría venir él mismo.
Ator, quien era el único de los presentes que había visto a Anbisen en persona, miró preocupado alrededor.
  • Pero no temáis, aquí estáis a salvo. Nadie de la tripulación de ese barco maldito puede entrar en este establecimiento. Las Puertas de Bronce se lo impiden, pues esa es mi voluntad. Por supuesto, eso ha convertido este lugar en mi propia prisión particular, pues Anbisen y los suyos me quieren muerto y bien muerto… pero he pasado más tiempo en lugares peores, ¿verdad, Otavio? - dijo palmeando amistosamente al viejo pescador, que simplemente soltó un gruñido por toda respuesta.
  • ¿Y si entraran por una ventana? - dijo muy inteligentemente Flecha.
  • Es magia, querido amigo, esas eventualidades están igualmente consideradas en el conjuro.
  • Un conjuro que no es vuestro.
  • Ciertamente. Esas puertas son tan antiguas como la propia Despojos, así como esta torre que he convertido en el paraíso que ahora veis. Pero digamos que entiendo lo suficiente del mismo para comprender cómo funciona y utilizarlo para mi beneficio.
Amaríz apuró su copa y se levantó.
  • Estáis cansados. En particular la dama hechicera se encuentra en un estado lamentable, aunque la milagrosa visión de su compañero caído la haya animado, recomiendo un descanso temprano. Hay una habitación para vosotros en el segundo piso, este muchacho - le soltó una moneda - sabe cuál es. Hasta mañana, procurad dormir a pesar de la alegría que os rodea.
Dicho esto volvió a despedirse a la manera de las Tierras Amables y se marchó a confraternizar con otros miembros del local. Los aventureros miraron a Otavio, que se miraba las uñas acomodado en su silla, los labios fruncidos en una fina línea.
  • Yo me voy a acostar ya… - dijo Ilais mientras se esforzaba por ponerse en pie.
  • Te acompaño. - Henk le ayudó a levantarse y comenzó a ayudarle a avanzar. Al final, decidió cogerla en brazos, viendo que el avance iba a ser mucho más rápido.
Flecha, Ator y Otavio se quedaron en la mesa, en silencio. Otavio hizo el gesto de levantarse, y Flecha lo detuvo.
  • Aquí estoy oliendo una historia de lo más interesante. Y tengo un olfato excepcionalmente bueno para las historias.
  • Tienes razón, hay una historia. Y tienes razón, es de lo más interesante. Ahora, mete tu nariz en el primer agujero que veas y no la saques de ahí. - Otavio se fue.

Ator lo miró un poco sorprendido.
  • No lo recordaba tan… intenso.
  • Pasaron algunas cosas horribles después de que desaparecieras.
  • ¿Cómo qué?
Flecha se lo contó, con un extra de emoción y vísceras. No un extra muy grande, a decir verdad. La historia ya venía bien cargada.
  • Vaya… ¿pelágicos, dices?
  • Ilais les puso el nombre.
  • Y uno de ellos se comió a su hijo.
  • Y el otro no quiere volver a ver el mar ni en pintura.
  • Pues va a tener que mudarse a Tolus, porque Giruzkar sin mar…
  • Ya. Hijo de un pescador, encima.
  • Bueno, por lo que he visto Otavio parece algo más que pescador.
  • Yo creo que fue un pirata en sus tiempos mozos y ahora se avergüenza de ese pasado. - afirmó Flecha con los ojos brillantes.
  • Eso sería muy fácil. Seguro que tiene más miga.
  • ¿Sabes esa cosa que dicen de que a cuanto más simple la explicación, más correcta?
  • ¿Que la explicación más sencilla es a menudo la correcta? - le dijo Ator indagando en su tercera jarra.
Flecha se encogió de hombros.
  • La vida no suele ser tan complicada o enrevesada como a la gente le gusta. Otavio es un viejo pescador de nombre extranjero que conoce Despojos y a un canalla que regenta el local más famoso del lugar. Todos hacemos locuras en nuestra juventud de las que nos avergonzamos en nuestra vejez.
  • Tú haces locuras, pero de vergüenza nada.
  • Eso es porque no tengo intención de alcanzar la vejez.
Ambos brindaron al augurio de las palabras de Flecha, y vaciaron las jarras.