domingo, 29 de diciembre de 2013

¡Satarichi!

Este finde lo pasé en Irún, donde aproveché para acudir junto a mi amigo El Poderoso Crom a las Oiasso Lúdicas, unas jornadas que se hacen en la ciudad fronteriza por estas fechas y que me sorprendieron gratamente. En las susodichas jornadas, aprovechamos para hacer algo ya largo tiempo demorado: jugar, por vez primera y probablemente última, al infame Satarichi, el peor juego de rol jamás creado (en serio, no se hacen idea). Para aprender más sobre tan maligno artefacto no duden en buscar en youtube el análisis, de 45 minutos y dividido en tres vídeos, que Crom le dedicó hace ya más de un año. No tiene desperdicio, y todo lo que se dice en él es absolutamente cierto.

Aquí les dejo las imágenes en exclusiva (pongo enlace porque por algún motivo no me permite colgar aquí el vídeo): ¡Satarichi!

Como han podido ver, nos lo pasamos de miedo, aunque por las razones equivocadas. El juego es un truño como no se ha visto nunca, con una posibilidad de pifia del 80% y que aumenta según tiras más dados. Con personajes inútiles en la mitad de las situaciones en las que se encuentran, combates eternos, una ambientación que hace aguas por todas partes y una absoluta falta de realismo (vais caminando, os encontráis con un mercado negro porque es lo que ha tocado en la tabla). La aventura que jugamos, que era la del manual, es absurda a más no poder, con unas descripciones que parecen sacadas de la mente de un psicópata preadolescente. 

Las muertes son absurdas, mueres y resucitas al momento siguiente, solo que con un punto de karma más (que sirven para usar poderes). Con dos puntos de karma puedes invocar ángeles y demonios que cumplirán lo que les pidas. Así, por las buenas. Y ni siquiera se gastan los puntos de karma. Y solo necesitas medio minuto, ni sangre de vírgenes, ni pan celestial ni nada. 

Hay mil cosas más, mil, pero véanse los cromcast, que lo explican mejor. Si el juego costase diez euros (o cinco) yo recomendaría comprarlo, aunque fuese por las risas, pero tal como está no merece la pena ni prenderle fuego.

Una divertida experiencia que no querría repetir por nada del mundo.