sábado, 24 de enero de 2015

Espadas de Robleda: Oscuros Presagios III

Tras ellos se encontraron con un grupo de miserables que los miraban con el mismo espanto con el que debían haber mirado a los muertos que se habían alzado contra ellos, sujetando torpemente entre sus manos todo tipo de herramientas que de ninguna manera podrían calificarse como armas. Había niños entre ellos, la mayoría agarrados a las faldas de una anciana con el delantal ensangrentado, y varias mujeres y algunos hombres. Tardaron un poco, pero alcanzaron a ver también a los Tragoslargos, la familia de halflings que había regentado la taberna de Villanías, ocultos tras los bancos. No había, sin embargo, rastro de Isidro.

            - Gracias a Valion que habéis venido, no hubiésemos resistido ni una noche más, ¿quienes más vienen con vosotros?
            - Sexto se ha quedado en Robleda para ver si podía encontrar más ayuda, pero de momento estamos solos.
            - Ya ves de lo que sirve hacerse los héroes... al final encerrados aquí como ratas, ¡de buena ayuda les hemos sido! - refunfuñaba Lethalon en una esquina. Grom le dio la razón mascullando. La severa mirada de Al-Tazad los hizo callar. Siguió hablando Ozymandias.
            - Ahora que estamos aquí podemos organizar una mejor defensa. Y somos cuatro espadas más, lo cual nunca es poco. Pero antes, tenemos que saber con qué fuerzas contamos… ¿Cuantos hombres se mantienen en pie?
            - Eh, apenas quedamos media docena, pero hay otros cinco heridos, entre ellos Isidro...
            - ¡Vaya, está vivo! Pues él sí que sabía manejar una espada...
            - Nos rescató a la mayoría, pero sufrió graves heridas. En la última batalla casi no lo cuenta.
            - Y supongo que lo que veo son todas las "armas" con las que contamos…
            - Sí, señor hechicero.

Al-Tazad tomó entonces la palabra.

            - ¿Hay algún otro monstruo aparte de estos zombis y esqueletos?
            - Sí, los hay. Isidro los llamó necrófagos, y son los que mayor daño nos han causado. Las puertas y la barricada mantienen a los cadáveres apartados la mayor parte del tiempo, pero los necrófagos trepan hasta nosotros a través de las ventanas. Fueron tres de ellos los que dejaron a Isidro en tan mala situación. Son más inteligentes que los que hay ahí fuera, se lanzaron a por la barricada en cuanto pudieron y consiguieron abrir las puertas durante un momento. Logramos volver a cerrarlas, pero no fue fácil…

            Ozymandias frunció gravemente el ceño. Los zombis y los esqueletos eran una cosa, pero los necrófagos suponían un auténtico problema con su toque paralizante.

            - ¿Y supongo que agua bendita no tendremos?
            - La hemos gastado ya toda. No nos queda nada.

La mente del mago empezó a pensar a toda velocidad. Fuego. Los zombis tendían a agruparse para aprovechar mejor sus superioridad numérica, si tuviesen algo con lo que lograr prenderlos, podían quitarse un buen número de encima. Aunque las puertas fueran de madera, estaba bastante seguro de que resistirían, y  el resto del edificio, al estar hecho de piedra no tenía nada que temer... ¿Pero de donde sacar el combustible? El fuego no ardía así como así, y él todavía no había aprendido a lanzar bolas de fuego.

            - ¿Qué hay de la puerta trasera que utilizó Sexto para escapar?
            - Imposible, la descubrieron y ahora la vigilan constantemente.

Mientras Al-Tazad y Ozymandias discutían la estrategia y enumeraban recursos, Grom y Lethalon fueron a investigar el templo. No era demasiado grande, apenas la nave principal, y unas dependencias que servían como vivienda del clérigo. Lethalon apenas pudo rapiñar algunos adornos de plata que escaso beneficio le reportarían. También encontraron la sala donde se recuperaban los heridos.

-  Así que al final habéis venido…

Un moribundo Isidro les llamó la atención. Apenas lo habían reconocido, por tener todo el rostro cubierto de vendajes, así como buena parte del cuerpo. Junto a él una mujer de aspecto cansado lo velaba y le servía agua y sopa. En general, apenas quedaba comida, y el hambre empezaba a hacerse patente en los rostros de los asediados.

            - Sí, ya nos conoces, siempre en defensa de los desfavorecidos, huérfanos y viudas… - dijo Lethalon con desgana. El herrero, por más que les había salvado la vida en la taberna de Tragoslargos cuando el ataque de los trasgos, no terminaba de caerle bien. Solía pasarle con la gente demasiado… Legal.
            - Ya, claro - el intento de sonrisa acabó deformándose en una mueca de dolor. - ¿Qué os han prometido, las hijas del pueblo para venderlas como esclavas? En Neferu o las Islas Piratas podrías obtener un buen precio. ¿Las cosechas de los próximos cinco años? Aunque no tendrías mucho interés en algo que no brilla, ¿verdad? - su discurso se interrumpió ante un repentino ataque de tos.

Puede que Isidro solo pretendiese ser sarcástico, pero lo cierto es que Lethalon se planteó en serio algunas de esas cuestiones. No le gustaba la esclavitud, pero lo de las cosechas no parecía tan tonto…

-        -  ¡Valientes palabras para dirigirlas a los únicos que tienen alguna posibilidad de salvaros el pellejo! – vocifera furioso el enano. Isidro pareció avergonzarse un momento, pero luego se echó a reír.
-       -  ¡A salvarnos el pellejo! Bueno, enano, parece que habéis hecho un gran trabajo. Ahora moriremos todos aquí encerrados…

Un sonido de cristales al partirse y gritos de auxilio interrumpieron la conversación. Partiendo una de las ventanas, tres horrendas criaturas no muertas, de piel pálida y miembros delgados, lenguas largas y sangrantes y garras temibles, habían entrado en el recinto sagrado rompiendo una de las vidrieras y trepando por las paredes de piedra. La gente corría a alejarse de ellas, mientras los guls siseaban y se apresuraban tras sus presas como si estas fueran indefensos corderitos.

Pero no llegaron a atrapar a ninguna. La primera flecha de Lethalon solo sirvió para detener ligeramente el avance de la criatura, que se encaró con los guerreros. Un par de proyectiles mágicos volaron desde la punta de los dedos del mago, quemando la piel de la criatura. Grom y al-Tazad se encararon con las bestias y comenzó la batalla. Las garras de las criaturas varias veces cortaron la carne de los aliados. El miedo los atenazaba con cada golpe, pues sabían bien la terrible maldición que estas acarreaban. Un enemigo dañado por un gul podía caer paralizado e indefenso ante los ataques de la criatura. Tuvieron suerte, sin embargo. La dura constitución enana y la bendecida protección del paladín bastaron para evitar esta suerte. Sin embargo, el combate no se había saldado sin heridas, y estas, aunadas a las anteriormente sufridas en su huida hacia la catedral, habían mermado considerablemente las fuerzas de los compañeros.

-        -  No hay tiempo, tenemos que encontrar la forma de salir de aquí cuanto antes. Esos monstruos no tardarán en echar abajo la puerta, la barricada no aguantará y no estamos en condiciones de luchar. Si corremos, puede que aún tengamos una posibilidad. – Ozymandias estaba preocupado. A pesar de no haber recibido ninguna herida, no le quedaban ya conjuros y sabía que carecía de la fortaleza de sus compañeros. En secreto, ya consideraba correr y dejar a alguien atrás. Con toda seguridad el paladín o Isidro se retrasarían para ayudar a alguien y atraerían la atención de los muertos…
-        -  Ni siquiera sabemos cuántos hay ahí fuera, pueden estar rodeando el edificio, ¡podríamos salir solo para caer directos en una trampa!
-        -  ¿Y no hay sótanos o catacumbas en esta Iglesia? ¿Lugares de enterramiento donde escondernos, tal vez? – preguntó el enano.
-        -  ¿En serio te parece un cementerio el mejor lugar donde esconderse en estos momentos? – preguntó Ozymandias con sorna.
-        -  ¿Dónde está el elfo? – el tono de al-Tazad era grave.

Miraron a su alrededor, lo llamaron, pero no obtuvieron respuesta. Al-Tazad soltó una grotesca maldición, cosa desacostumbrada en él.

-       -   ¡Ese maldito ladrón ha escapado trepando por la ventana! ¡Ese cobarde!

No hubo tiempo para más maldiciones. Las puertas empezaron a batirse con violencia y la gente comenzó a apiñarse cerca del sagrado altar a Valion. Los héroes se situaron al frente, junto con cualquiera que fuera aún capaz de empuñar un arma. Incluso Ozymandias, ya resignado a la imposibilidad de la huida, sacó su espada y se preparó para combatir.
Se abrieron las puertas con violencia, y la niebla entró en el templo. Un sudor frío se deslizó por la espalda de los vivos, mientras un helor sobrenatural comenzó a llenar el lugar. Las antorchas y las luces incluso parecieron disminuir su potencia. Los gemidos de los muertos comenzaron a filtrarse hacia el interior junto con la insana neblina. Muchos de los habitantes de Villanías empezaron a sollozar, se escucharon plegarias a los dioses y ruegos de auxilio. Aquellos que avanzaban hacia ellos, prestos a devorarlos, habían sido en otro tiempo familiares, amigos. La muerte no les había acontecido hacía tanto tiempo, y sus rasgos, aunque muchos deformados por horribles heridas, eran aún reconocibles. Pero apenas dieron unos pocos pasos hacia el interior, se detuvieron. Sus filas se abrieron, dejando paso con deferencia (si estos pellejos sin ánima eran capaces de mostrar tal cosa) a una figura encapuchada que parecía avanzar deslizándose sobre el suelo. Ozymandias sintió el poder arcano que el hombre, si es que era tal, emanaba incluso desde la distancia donde se encontraba. Al-Tazad dio un paso al frente, desafiante.

-          -¡Abandona este lugar, siervo de Penumbra! ¡Este es un lugar sagrado y tu magia no tiene poder aquí! – le gritó mostrando su espada, donde se encontraba grabado el sagrado símbolo de Valion.

El mago encapuchado pareció sonreír ante tan infantil amenaza, y alzó sus manos en un gesto terrible. Tomó aliento durante un segundo, presto a hablar, a condenarlos a todos con alguna terrible maldición, o a aplastar sus espíritus con palabras llegadas desde los mismos dominios de Penumbra. Todos se encogieron.

En su lugar, una flecha brotó de su boca. El propio nigromante pareció brevemente sorprendido, antes de desplomarse completamente muerto.

-          Nunca dejéis hablar a un mago.


La voz llegó desde arriba. Subido a una de las vigas, oculto como un espectro, una figura de ropas negras y ojos brillantes sonreía ufana con el arco aún en la mano. Uno a uno, los cadáveres fueron desplomándose sin emitir ni un quejido. Y de pronto la pesadilla había terminado.

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Bueno, una entrada bastante larga para ver si recupero el ritmo de esta serie que la tenía muy parada. Abandonada casi por completo, de hecho. Pero uno de los jugadores la estaba siguiendo con mucho interés y me daba cosa dejarle con las ganas. En la partida la historia ocurrió de forma ligeramente distinta, pero en esencia fue lo mismo. Yo saqué mi mago nigromante de nivel cinco con su ejército de no muertos dispuestos a dar candela a los personajes (evidentemente si lo mataban el asunto se solucioaba) y un crítico furtivo de Lethalon acabó con él de un golpe. Antes de que tuviese tiempo a abrir la boca. Este fue el comienzo de la leyenda de Lethalon y Matamagos (¿quién es matamagos? pues sigan leyendo y lo descubrirán). Todos nos quedamos en la mesa con la boca abierta y yo con las lágrimas a punto de caérseme. 

Veréis que en la narración desarrollo mucho dos personajes principalmente, Ozymandias y Lethalon. Esto es así porque los jugadores que los llevaban eran más expresivos con ellos y menos mata mata que los otros (eran/son aún así muy munchkins, no os creáis...), y acabaron desarrollando una historia y un carácter mucho más interesante y rico. No se me entienda mal, Grom y al-Tazad eran unos personajes muy divertidos, pero desde el punto de vista literario, tienen menos que ofrecer. Y bueno, hay otras razones de por medio que ya descubriréis.