lunes, 12 de noviembre de 2012

Página 1, Frío (Prólogo)

Nevaba en la aldea. En realidad, nevaba en todo Valle, como era habitual por aquellas fechas. Pero que Ithal llevase viendo nevar 16 inviernos en aquel lugar no lo hacía más agradable. Las temperaturas bajaban hasta límites insoportables, y tanto su padre como él bajaban sus camastros a la sala, donde los ponían junto al fuego, paliando así mínimamente los efectos del invierno. Su padre, Stardas, tenía también otro método de lo más interesante, aunque costoso, para resistir los inviernos. Y los otoños. Y las primaveras. Y algún que otro verano también. Pero el vino no solía abundar, y la cerveza le sabía amarga, lo que le ponía generalmente de mal humor.

Ithal suspiró tristemente; esta era la primera nevada, a la mañana siguiente habría al menos una vara de nieve cubriendo todo Valle, y esta no desaparecería hasta bien entrada la primavera. Pensó admirado en los bárbaros que vivían en las montañas y en los bosques, con casas de madera, sin chimeneas, y que aún así resistían admirablemente el invierno. Incluso mejor que ellos, pues aprovechando que con el frío Nidros entera se encerraba en sus hogares, ellos salían a cazar cerca de los terrenos de la villa, sin miedo a ser perseguidos por la milicia, cuyas pesadas armas y armaduras hacían que se hundieran en la nieve hasta la cintura. En los inviernos más crudos incluso atacaban algunas de las granjas y se llevaban los animales. 

Ithal solo había visto una vez a un bárbaro, y había quedado asombrado. Era grande, incluso más que su padre, pálido como un espectro, con una barba grande y roja como un pecho abierto, músculos como montañas, y unos ojos que helaban solo con mirar, tan azules como el cielo en un día claro de invierno. Realmente le resultó temible. Y el gigantesco oso con el que cargaba no suavizó el impacto. En el filo de su hacha aún goteaba la sangre del animal. Por un momento Ithal estuvo convencido de que iba a matarlo (como todos, conocía las terribles historias que de los bárbaros se cuentan, los temibles surnitas, sanguinarios y salvajes), pero el gigante se limitó a saludarle con un hosco gesto de la cabeza y a seguir adelante. Sin mirarle le dijo unas palabras en un idioma que Ithal no reconoció, pero que le hicieron estremecerse por la gravedad de la voz que las pronunciaba.

- Emen hosa vilko zitu, ¡johan esera!

Rápidamente, inspirado por un súbito pánico (¿o era euforia?) echó a correr hacia Nidros. Nunca le habló a nadie de este encuentro.

Nunca se había alejado más de un día de Nidros. Un verano se había alejado demasiado y había dormido en el bosque (experiencia que no tenía intención de repetir), pero este año su padre por fin había accedido a llevarlo consigo a Nesareba. Nesareba era la ciudad más cercana, a dos semanas de viaje por el Camino Viejo, situada en el Paso de Sangreargenta, que llevaba a las tierras del sur, a Ymeria, donde se hallaba Aymeris, trono de Dragón, Ventedia, cuna de barcos, y Aghán, la Frontera Verde. También estaba Ecigion, con sus señores brujos, enemigos de Dragón, y el Pequeño Reino, fundado por el gran héroe Aegidius en tierra de gigantes hace ya doscientos años. Y más al sur había aún más tierras, de nombres todavía más extraños, que Ithal no llegaría a ver jamás. Pero ahora mismo, era feliz solo con poder ver Nesareba, la ciudad de sangre y plata, donde la vida de un hombre valía tantas monedas como dedos tenía. Iría la próxima primavera, cuando el Camino Viejo volviese a ser visible, los enanos grises se retirasen a sus cavernas y las árpaves a sus cumbres. Y eso lo llenaba de emoción.

Su padre, Stardas, había sido un hombre importante en Delinaria (la marca del norte), pero por algún motivo que se resistía a contar a su hijo, se vio deshonrado, y fue expulsado de la corte. Desgarrado por el dolor y la vergüenza, Stardas abandonó las fronteras de Delinaria y se instaló en Valle, en Nidros, donde el hálito de Dragón apenas rozaba la tierra y todos eran proscritos. Se enroló en la milicia, donde sus habilidades de caballero fueron bien recibidas, y se dio a la bebida. Poco después le entregaron a Ithal. Lo cuidó y educó con tanto cariño como pudo, y le enseñó los oficios de un caballero, aunque según las propias palabras de Stardas, "baila demasiado con la espada en la mano".

De vez en cuando le llegaba una carta, y Stardas partía hacia el este por el Camino Viejo, hacia Nesareba y las tierras amables. Volvía uno o dos meses después, siempre cargado con una bolsa llena de monedas gracias a las cuales sobrevivían al invierno.

Según su padre, la madre de Ithal se llamaba Delinade, un nombre muy extraño, y era la mujer más hermosa que hubiese pisado jamás la tierra. De cabellos castaños, piel pálida, ojos verdes y armoniosa figura, su voz era más dulce que la de las érabes, y su danza más grácil que el vuelo de una árpave. Y sin embargo, nunca quiso decirle de donde venía, quién era o cómo se conocieron. E Ithal sufría por ello. Su único recuerdo era un pequeño colgante de plata con una esmeralda engarzada, muy hermosamente tallado. Hace unos años, le preguntó al buhonero que solía ir cada verano de donde procedía, y este le respondió que algo tan hermoso solo podría provenir de la misma Aymeris, aunque allí nunca había visto nada similar.

Desde la ventana Ithal escuchó la risa desquiciada de un árpave. Se asomó un momento, pues había sonado realmente cerca, y vio a la negra figura sobre el cielo helado. En una casa cercana una madre se asomó y gritó a la criatura toda clase de improperios al tiempo que alzaba su puño. El árpave se alejó un poco, pero desde lejos gritó con su horrible voz:

- ¡Tormenta, viene tormenta! ¡Los gigantes agitan sus martillos y llaman a los truenos! ¡Hoy nuestro es el cielo, y las madres os encerráis a consolar a vuestros hijos, asustados por nuestras alas y nuestras garras que sacarán su sangre!

Se reía descontroladamente, y a lo lejos nuevas figuras avanzaban a través del cielo helado, mientras el gélido viento del invierno arrastraba sus risas. Por el norte gruesas y negras nubes se acercaban raudas, prestas a cubrir la pequeña Nidros y sumirla en una heladora oscuridad. Las árpaves nunca se equivocaban en sus predicciones meteorológicas.

Ithal se retiró al interior cerrando las ventanas a cal y canto, y lanzó un par de troncos más al fuego. La noche iba a ser larga.