viernes, 23 de noviembre de 2012

Relato 1, Página 2: Tinieblas

Avanzó tan rápido como pudo hacia la siguiente pared, mientras las agudas risas a su espalda prometían una muerte tan lenta y dolorosa como pudieran procurarle. Y prometían mucho. Se pegó a la pared buscando desesperadamente un asidero, algún hueco al que aferrarse y seguir trepando para huir de aquellas furias aladas. De pronto su mano halló una oquedad, y ansiosamente se aferró a ella para darse impulso.

El hielo cedió bajo su peso y cayó al suelo. Ante él se abría ahora lo que a todas luces parecía una entrada a una gruta, cubierta tiempo ha por los perpetuos hielos del Cuerno de Diretion. Sin pensárselo dos veces Karb se lanzó a sus profundidades, alejándose de las demenciales carcajadas. ¡Condenada tormenta! Era raro ver árpaves cerca del Cuerno de Diretion, puede que alguna solitaria en busca de una presa fácil (que entre los bárbaros rara vez encontraba), pero en las noches como aquella lo raro era no verlas.

Cuando creyó haberse alejado lo suficiente, Karb se apoyó en una pared y se dejó caer hasta el suelo. Jadeando, hizo un rápido examen de sus heridas: magulladuras y cortes en ambos brazos, abundantes cortes en sus manos, remarcando uno especialmente profundo en la mano izquierda (causado por las garras del árpave). Estaba perfectamente.


Tras descansar un momento, lo justo para recuperar el aliento y lavarse malamente las heridas con algo de nieve y hielo, siguió adentrándose por la caverna. No había luz alguna, pero su aguda vista de bárbaro le permitían vislumbrar vagas formas en la oscuridad. A pesar de la profundidad a la que se encontraban, seguían apareciendo placas de hielo en las paredes, y numerosas estalactitas ocupaban el techo, la mayoría de gran tamaño. El suelo, en cambio, era bastante regular, para tratarse de una caverna natural.

Karb había oído en ocasiones sobre las grutas del Cuerno. Decíase que horribles criaturas de tiempos pretéritos las habitaban, y que quien entraba no volvía a salir, pues era devorado por las bestias de sus galerías. Karb rezó para que Corm le enviase alguna de estas y así poder llevar su corazón ante el chamán; no se le ocurrían muchos mejores trofeos.

Entonces sintió como su vista se aclaraba y las formas se hacían más nítidas. La oscuridad se convertía en penumbra. Sorprendido, miró a las alturas, de donde parecía surgir el sibilino resplandor, y vio allí luces que envolvían los colmillos de la gruta. Maravillado, Karb subió a una roca y alzó su mano hacia una de las estalactitas. Ahogó un grito de asombro cuando notó un tacto suave y esponjoso, como algodón, solo que húmedo. Vio que al arrancarlo su brillo se debilitaba, pero no desaparecía. Satisfecho con su hallazgo, cogió un puñado y se lo guardó en un pliegue. Se preguntó si sería comestible.

Acompañado ahora de nuevo por la luz, el jóven bárbaro avanzó con paso más seguro y firme, siempre con el cuchillo en la mano. Cada cierto tiempo dejaba alguna marca en la roca para asegurarse así de que sabría volver, aunque incluso con aquellas marcas se le antojaba difícil. Cuando ya comenzaba a sentir el cansancio (y más importante aún, el tedio), vio a lo lejos una salida que despedía una brillante luz. Avanzó rápidamente hacia ella, ansioso por salir de nuevo al exterior y respirar su aire helado que dañaría sus pulmones como dagas lacerando su carne. Llegó a ella, y se detuvo. Frente a él, con el suelo a unos escasos metros de caída, se hallaba una gruta de colosales dimensiones. En ella se había formado un ecosistema subterráneo, con pálidos árboles de copa afilada y un riachuelo con un estanque. El techo y las paredes estaban cubiertos de aquel musgo luminoso, que aquí brillaba con más fuerza.

Pero aquellos árboles le causaban a Karb una extraña sensación. Algo estaba mal con ellos, con su posición, su color.... Tardó un momento en darse cuenta (no en vano había visto muchos en su vida), pero lo hizo. No eran árboles. Eran huesos.