lunes, 19 de noviembre de 2012

Relato 1, Página 1: Tormenta

Karb "Manotocha" miró enfadado las gruesas nubes que cubrían el cielo. Arriba en las montañas el viento se sentía con más violencia. Karb sabía que Corm debía poner a prueba a sus hijos, ¡pero maldita sea! ¿Por qué hacérselo aún más difícil en el día más importante de su vida? No se podía retrasar, el chamán había hablado hacía ya meses y su prueba era ineludible. Debía escalar la montaña con sus manos desnudas y traer el corazón de la primera bestia que encontrase. Tenía tres días con sus noches para lograrlo. Si regresaba con las manos vacías su vida no valdría nada, y debería abandonar a sus hermanos o morir linchado.

Tras él solo estaban su padre y el chamán, los únicos autorizados para acompañarle en el momento más importante de su vida (pues el chamán es la voluntad de Corm, y Corm está siempre vigilándonos). Frente a él, el Cuerno de Diretion, donde duerme el Invierno cuando no invade la tierra. Las árpaves lo sobrevolaban con sus risas infernales, honrando a la tempestad, y las nubes adoptaban las formas de los Señores de la Tormenta, criaturas engendradas por Corm y Mahir en los solsticios. Atentos miraban, juzgaban, al joven bárbaro.

- 'Para ser digno de la mirada de Corm, yo, Karb de los surnitas, siervos y vástagos del Rey de la Montaña, aquel que encadenó al Invierno, el que nos dio la Primera Forja, Azote de Enemigos, Corm el Poderoso, subiré con mis propias manos al Cuerno de Diretion, donde, con mis propias manos, acabaré con la primera bestia que Corm me envíe y traeré aquí su corazón como prueba, para demostrar así que soy digno del nombre surnita y de mi Valor'

El chamán, asintiendo aprobatoriamente, le hizo entrega de la cuerda, tejida con los cabellos de enemigos asesinados, y su padre, mirándole con orgullo, le dio el cuchillo que llevaba al cinto. Karb se dio la vuelta encarándose con la pared de hielo que marcaba el inicio de su camino hacia la vida adulta.

La subida no fue fácil, ni agradable. Era un orgulloso bárbaro de las Tierras de Valle, del indómito norte, el frío había sido su compañero durante su vida entera, se había enfrentado a bestias salvajes que lo habían desgarrado y recorrido millas con los pies descalzos y cubiertos de cortes, pero eso no evitaba que a duras penas sintiese sus dedos, ni que los cortes que el cruel hielo realizaba en su piel dejasen de doler. El viento le golpeaba y zarandeaba, amenazando con arrojarlo al abismo que se abría a sus espaldas, y las árpaves comenzaban a rondarle. Débil y exhausto alcanzó por fin un terraplén, y se dejó caer rendido sobre la nieve, viendo cómo su aliento se escapaba como si de su alma se tratase en el frío de la noche. Se preguntó si era esa la razón por la que morían los hombres.

Los primeros rayos golpearon la cumbre de la montaña, los Señores de la Tormenta lo apremiaban a seguir. Con los brazos teñidos de sangre y su incipiente barba cubierta de escarcha, Karb avanzó hacia la siguiente pared. El trueno que siguió a continuación no bastó para cubrir del todo la aguda risa del árpave, y Karb, girándose con el cuchillo en la mano, presto ya a destripar a la criatura, apenas tuvo tiempo de rodar para evitar las letales garras de su enemiga.

- '¡Sucio y piojoso bárbaro, tu carne será buena para alimentar los polluelos, tu sangre será suficiente para calmar mi sed!'

Cuando la sobrenatural ave de presa se abalanzaba por segunda vez contra el joven surnita con intenciones homicidas, este en lugar de apartarse hizo avanzar su mano hasta toparse con las garras de la criatura. Cerró sus enormes y endurecidas manos sobre las garras del árpave y la hizo girar contra la pared, estrellándola violentamente. La criatura soltó un aullido de indignación y sorpresa y trató de remontar el vuelo, pero su ala estaba partida. Karb, con la mano izquierda ensangrentada, avanzó hacia el monstruo mientras sostenía en su diestra el cuchillo de su padre.

- 'El chamán no aceptará por trofeo tu corazón, pajarraco, pues eres hija de Mahir, no de Corm, pero seguro que tus plumas me ayudarán a calentarme'
- '¡A mí, hermanas, a mí! ¡El muchacho bárbaro ha roto mi vuelo y busca con sed de sangre mi corazón! ¡A mí!'

El agudo grito de la víctima atravesó el viento y los truenos y fue respondido por risas igualmente agudas. El bárbaro miró al árpave irritado, pero nada podía hacerse, entre la tormenta divisaba ya las negras figuras de sus hermanas; debía moverse si pretendía vivir.