domingo, 25 de noviembre de 2012

Relato 1, Página 3: Hueso


La sobrecogedora visión hizo que Karb contuviera el aliento durante unos segundos. La magna dimensión de lo que allí yacía muerto era perturbadora, la idea en sí misma, aterradora.

Fascinado, el joven bárbaro bajó al suelo de la gruta con un ágil movimiento a pesar de sus heridas y se acercó a la colosal osamenta. Apoyó sus recias manos sobre uno de aquellos marmóleos pilares con una actitud casi devota, pues su imaginación se recreaba en dar forma a la colosal criatura cuya tumba hollaba. Y Karb sintió en el aire la misma sensación de dignidad y magnificencia que solo había sentido en los lugares más sagrados de su gente.


Maravillado, recorrió la pálida estructura sobre la que nueva vida se había desarrollado. Al frente, junto a la laguna, descubrió el cráneo. El musgo crecía en su quijada y se hundía en las frías y quietas aguas, ondulando suavemente, dándole la imagen de una barba venerable meciéndose al viento. Cada diente tenía la longitud de un brazo, y el ojo era tan grande que Karb hubiera podido colarse por él.

Siguió la columna hasta llegar a la cola, que se enrollaba en si misma, e inspeccionó las, en otro tiempo, letales garras. Descubrió también, enterradas bajo una auténtica maleza de húmedo tacto, lo que parecían ser las alas, y que si bien faltaban algunos huesos y estaban algo recogidas, cada una tenía al menos la misma longitud que el cuerpo de la bestia.

De pronto sintió un destello a su derecha. Alarmado, enarboló su cuchillo esperando alguna amenaza, pero no había nada, tan solo unas flores azules de gélido aspecto bajo las costillas que a primera vista Karb había tomado por árboles. Pero el destello persistía. Cuidadosamente se acercó a ellas, y cuando fue a apartarlas descubrió que eran frías al tacto, como si hubieran sido esculpidas en hielo. Sus dedos se entumecieron, y los bordes de los pétalos le infligieron nuevos cortes, hasta que su mano tocó algo firme y templado, que transmitían a sus manos una maravillosa sensación de familiaridad.

Con mal contenida emoción, el bárbaro cerró su poderosa mano sobre la empuñadura y tiró de ella.

Y allí, entre colosales huesos junto a flores talladas en hielo, en el corazón de una bestia muerta hace mil años, Karb "Manotocha" de los surnitas halló a Innevin, Portadora de Inviernos.