miércoles, 30 de julio de 2014

Espadas de Robleda (Prólogo)

- Veamos, qué quiere de nosotros ese viejo...
- ¡Silencio! Mientras estéis en su presencia os dirigiréis a él como Señor Hojafuerte, o Señor Burgomaestre... - el sargento dudó por un momento al decir esto, como si ni siquiera él estuviera seguro de cuál era la forma correcta de dirigirse a un hombre de la posición de Camil Hojafuerte. Con los aristócratas siempre era fácil; su Excelentísima, Nobilísima, Alteza... ¿Cómo demonios se le llamaba a un Burgomaestre? ¿Su Señoría sería correcto? - ...en fin, que os dirigiréis a él respetuosamente, o yo mismo me encargaré de meteros en el calabozo.

El enano gruñó sordamente y le miró con unos ojos que rayaban la locura.
- Me gustaría verte intentarlo.

El sargento no estaba feliz. Aquel distaba mucho de ser un buen día. Para empezar, se les había escapado un ladrón mientras lo llevaban hacia los calabozos (lo que no había sido del agrado del capitán), su hijo se había despertado con la fiebre alta y su mujer lo había tenido que llevar al Templo y ahora le encargaban que escoltase a este grupo de aventureros, una panda de borrachos incompetentes que se hacía llamar a sí misma "Las Espadas de Robleda" a presencia del Señor Burgomaestre (eso sonaba bien, sí)... y no eran amistosos en absoluto.

Echó una rápida mirada a su espalda. Rodeados por seis de sus hombres caminaban las Espadas de Robleda. Según la voz popular, se habían conocido los unos a los otros en una noche de borrachera y habían decidido organizar un grupo de aventureros en medio de la euforia inducida por el alcohol. Aceptaban trabajos junto al Trasgo Saltarín, aunque no tenían la mejor de las reputaciones. El enano, el insolente, que ya había visitado sus mazmorras una o dos veces por camorrista, alteración del orden público y daño a la propiedad privada, se llamaba Grom. Era un tipo bajo, incluso para ser enano, pero dos veces más ancho que el hombre más fornido. Manejaba con soltura un hacha de aspecto increíblemente pesado, y su barba tenía destellos rojizos. Junto a él caminaba, cosa extraña, un elfo. Al sargento no le gustaban nada los elfos, lo miraban todo como si en realidad estuvieran bastante lejos de allí. Pero este le gustaba aún menos, porque miraba como si en realidad estuviera mucho más cerca de lo que debería. Era de pelo castaño, vestía de negro (mala señal, pensó el sargento) y llevaba un arco a su espalda. El tercer miembro del grupo era un mago. Esto era evidente debido a la túnica y al sombrero picudo. Puede que conocieran los secretos del universo y pudieran rehacer la realidad a su antojo, pero de discreción no sabían un pijo. Tenía cuatro pelos en el mentón, ojos oscuros y espaldas anchas. Una espada colgaba de su cinto con cierto descuido. Cosa extraña, pensó el sargento, no sabía que hubiera magos que aprendieran a manejar la espada, suelen estar muy ocupados con sus papeles y sus libros. El último integrante del grupo era, o debía ser, un paladín. Caminaba erguido y orgulloso, con esos aires de arrogancia que el sargento había advertido en todos los guerreros santos a lo largo de su vida. Unos aires que le incitaban a escupirle en las botas al susodicho guerrero santo. Su rostro era moreno, su pelo rizado y oscuro y sus rasgos afilados. Sin duda un visirtaní. O descendiente de uno, por lo menos.

Finalmente llegaron ante la casona del burgomaestre. El sargento dirigió al grupo hasta la puerta del despacho de Camil Hojafuerte, llamó dos veces y esperó a la respuesta.
- Adelante.

Con un gesto se indicó a los escoltados que entrasen. El despacho del burgomaestre era amplio y estaba bien iluminado. Había abundantes libros por todos los estantes, y sobre la mesa un gran fajo de papeles. Aunque eran los primeros días de la primavera, un hombre bajo y bigotudo sudaba mientras garabateaba rápidamente sobre el pergamino con una pluma de ganso. Se secó la frente y dejó la pluma a un lado para dirigir una mirada llena de determinación al pequeño grupo. Camil había visto muchos aventureros en su vida, aunque no podía llamársele aún un hombre anciano, y sabía que existían dos tipos de aventureros. Existían los héroes, y existían los mercenarios. No le hizo falta echar un segundo vistazo para saber a qué tipo pertenecían este grupo de miserables que habían traído ante él.
- Os he llamado porque tengo trabajo para vosotros. Pagado con buen oro.


Los oídos de los mercenarios se aguzaron al instante. Camil torció una sonrisa.

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Esto es un pequeño experimento. Hace ya casi tres años dirigí una campaña sobre la que ya he hablado en otras ocasiones. Fue la primera campaña que dirigí durante mucho tiempo, la primera en tener un final (algo apresurado, sin embargo) y la primera en la que se tejió una historia realmente memorable. Con un estilo muy dungeonero, no faltaron sin embargo las traiciones, los giros argumentales, enemigos inesperados, villanos de todo pelo y condición, amoríos y de todo lo que debe haber en una buena aventura.

Bueno, un poco por nostalgia, un poco porque me daba la gana, me he puesto a escribir las hazañas del pintoresco y muy rotado grupo que fueron las Espadas de Robleda. Esto de aquí es el prólogo, la primera escena del primer capítulo, donde ya se puede observar que los personajes apuntan maneras. Porque, como la gran mayoría de los grupos de aventureros, las Espadas de Robleda no fueron en realidad más que un grupo de mercenarios oportunistas que acabaron, sin comerlo ni beberlo, convertidos en los mayores héroes de la Marca. Para disgusto de algunos.