martes, 16 de septiembre de 2014

Espadas de Robleda: Oscuros Presagios II

Ya desde la distancia todos pudieron percibir el aura de maldad que se había posado sobre el lugar. La empalizada había sido restaurada, con más ganas que maña, pero la puerta se encontraba abierta de par en par, abandonada a los caprichos del viento. Con las armas preparadas y dispuestos a encontrarse con cualquier horror que les aguardase, avanzaron. Habían tenido la prudencia de pasar por el templo de Robleda y hacerse con unos cuantos frascos de agua bendita. Bien sabían el efecto que tal líquido podía obrar sobre las criaturas del mal.

Atravesaron las puertas abiertas al tiempo que un escalofrío antinatural les recorría la espalda. El silencio era absoluto. Podían verse frente a algunos portales cestos abandonados, manchas de sangre, y otros signos que hablaban de sucesos terribles. Ninguno de los aventureros estaba tranquilo. Moviéndose en silencio (incluso Grom), entraron en una de las casas. Vacía y revuelta, había en ella claros signos de lucha. Al parecer la familia había retrocedido hasta la habitación, pero la sangre que cubría el suelo y las mantas no ofrecía duda alguna sobre que aquel lugar había sido sin duda su último lugar de resistencia. Ni rastro de los cuerpos.

            - No sé si hemos hecho bien en venir aquí, por lo que sabemos podría haber un centenar de esas criaturas rondando... - habló Lethalon nerviosamente. No le gustaban los muertos vivientes, eran odiosamente difíciles de apuñalar.
            - Tardaríamos siglos en registrar todas las casas. Vayamos directos al templo, veamos si aún quedan supervivientes. - Al-Tazad se mantenía impertérrito, su dios llenaba su corazón de valor.

Salieron a la calle de nuevo y comenzaron su andadura hacia el interior de la villa… Pero ya no caminaban solos. Poco a poco, y como respondiendo a una silenciosa señal, cadáveres empezaban a surgir de todas las puertas, o doblaban las esquinas, renqueantes, yendo a su encuentro. Las Espadas de Robleda miraron nerviosas a su alrededor. Eran muchos, al menos una veintena, y los que aún faltasen por venir. Caminaban  en absoluto silencio, balanceando sus brazos al ritmo de sus pisadas. Nubes de moscas los envolvían persiguiéndolos a donde quiera que fueran, gruesas porciones de carne faltaban aquí y allá en sus maltrechas anatomías.

            - ¡Moveos, hacia el templo! ¡Vamos, vamos, vamos! - gritó Ozymandias, que ya había desenfundado su espada y echaba a correr lanzando torpes tajos a los que más se le acercaban, pero cuidándose mucho de no trabarse en combate con ellos.

El resto del grupo no se hizo de rogar. A toda velocidad comenzaron a atravesar las calles, luchando solo cuando les cortaban el paso, y la mayoría de las ocasiones limitándose a apartar a sus contendientes antes de continuar a la carrera. De todos los lugares llegaban más muertos vivientes, ahora más rápidos, espoleados por la emoción de la cacería. Grom fue el primero en ser herido a pesar de su gruesa cota de malla. El engendro que había lanzado el mordisco no tardó en lamentarlo. Al poco Ozymandias tuvo que dar un tajo para librarse de la fatal presa de otra de las criaturas, mientras Lethalon volaba sobre el aslfalto, gracias a sus ligeros pies élficos. Al-Tazad gritaba frenético en su lengua materna lo que parecían ser rezos de algún tipo mientras blandía su espada contra tan macabros oponentes. Poco a poco, cada vez con un nuevo rasguño, o heridas más graves, los aventureros lograron abrirse paso hasta alcanzar la plaza en el centro de la cual se alzaba el templo al sagrado Valion. Pero hallaron las puertas cerradas, y si no acudía alguien pronto a su auxilio, su vida no valdría una pieza de cobre.

            - ¡Abrid las puertas, maldita sea, abridlas ahora! - vociferaba Grom, con su brazo sangrando por la herida antes recibida.

Con alivio escucharon movimiento y pasos apresurados tras las grandes puertas de roble remachadas con hierro. Los supervivientes parecían haber montado una barricada tras la puerta, y se ocupaban ahora en despejarla para permitir que los aventureros entrasen, ¿pero lo lograrían a tiempo? Los muertos eran cada vez más, saliendo de todos los rincones, y por cada uno que caía otros dos aparecían a ocupar su lugar. Al-Tazad y Grom resistían en el frente mientras Lethalon disparaba sus flechas desde la puerta. Ozymandias lanzaba alguna botella de agua bendita cuando las aberraciones se acercaban demasiado, y estas se alejaban humeantes, heridas por el sagrado líquido.

Finalmente, y cuando Grom comenzaba ya a desfallecer, las puertas se abrieron; tan solo un resquicio, pero se abrieron. Sin perder un instante, las Espadas de Robleda se arrojaron tras ellas, y tiraron de nuevo con todas sus fuerzas para volver a cerrarlas, aplastando en el proceso un par de brazos que habían logrado colarse para intentar darles alcance.