jueves, 2 de mayo de 2013

Vermigor IV: Maharb van Hollied

Mi joven compañera, Elisabeth Schwarzdrach, heredera de la maldita casa que gobernaba estas regiones, había desaparecido en mitad de la noche después de huir de la villa de Dunkeldorf que había sido arrasada por una horda de muertos.

Seguí su pista hasta un viejo torreón en la falda de una de las montañas de esta maldita cordillera de donde procedía un mal terrible. Valerosamente entré en la torre sin saber qué terribles males podían aguardarme en su interior, mientras los muertos comenzaban a cercarla.


La puerta del viejo y lúgubre torreón crujió lastimosamente y se vino abajo sin apenas ofrecer resistencia alguna frente a mi patada. Me encontré con una habitación destartalada, cubierta de polvo y telarañas. Una vieja mesa aún se mantenía costosamente en pie rodeada de sillas a las que hacía mucho que el tiempo les había arrancado las patas. También había varios armeros y algunas panoplias que en otro tiempo debían haber servido para guardar las armas y armaduras de viejos soldados. Una estantería vacía, dos puertas desvencijadas y unas escaleras de caracol que ascendían completaban el decorado. El aspecto que ofrecía era inquietante, abandonado. Rápidamente moví algunos de los armeros, la estantería y la mesa para formar una barricada ante la puerta. Esto quizá lograra frenar a los muertos hasta el amanecer.


Pensé en investigar las otras habitaciones, pero el tiempo apremiaba y estaba seguro de que Elisabeth se hallaba en lo alto de la torre, pues de allí parecía haber surgido el femenino grito que antes había escuchado, de la misma manera que de allí surgía la siniestra luz.

Así pues comencé a subir las escaleras a grandes zancadas, espada en mano y con la capa hondeando tras de mí. No tardé en escuchar los tétricos gemidos de los muertos que llegaban desde los pisos superiores, y me preparé. El primero en aparecer fue un hombre de aspecto campesino, grueso a pesar de llevar buena parte de su estómago a rastras. Con la espada en una mano y la daga consagrada en la otra lo atravesé para dirigirlo contra la pared, donde pude hundir mi daga en uno de sus ojos. El cuerpo quedó inmóvil al instante, y cuando lo solté cayó rodando escaleras abajo.

Desde lejos había medido la altura de la torre en cuatro pisos, y mi medición parecía acertada. En el segundo piso encontré algún muerto más, de los que me libré sin gran dificultad. Temí por mi vida en un momento en el que al acercarme demasiado a una puerta esta saltó hecha astillas y unas pútridas manos tomaron mi cuello al tiempo que oía como chasqueaban unos dientes. Por suerte fui más rápido que mi enemigo y de un rápido tajo me libré de uno de los brazos que me sostenían, lo que me permitió alejarme de mi captor y a continuación atravesarle el cráneo con la daga.

Mientras ascendía hacia el tercer piso volví a escuchar los gritos de Elisabeth (tan seguro estaba de que era ella), esta vez más frecuentes y terribles.

¡Ya voy! Gritaba yo con todas mis fuerzas, agotado por el ascenso y el combate. Me había librado de mi capa cuando uno de aquellos cadáveres la había aferrado con la intención de arrastrarme con ella hacia su boca, y no lamentaba en absoluto este hecho, pues así me había librado de una buena carga que solo hubiese hecho más difícil mi subida.

En ese mismo tramo fui atacado por los que supongo que eran todos los muertos del tercer piso, esta vez soldados muertos con el emblema de la casa Schwarzdrach grabado en sus armas. Sin duda la guardia de la casa que había caído la noche que Elisabeth había huido. En otras circunstancias la lucha podría haber resultado fatal para mí, pues estos muertos iban bien protegidos por sus viejas armaduras, pero al transcurrir en las estrechas escaleras, solo hube de ocuparme de uno de aquellos monstruos cada vez. Uno de ellos parecía mayor, de aspecto algo más regio que los otros, y tanto su arma como su armadura, a pesar de estar cubiertos de sangre, parecían de superior calidad a la del resto. ¿Era el capitán, o el propio señor Schwarzdrach? Mi hoja atravesó su boca, abierta y babeante, y no pude ya preocuparme más.

Como decía, los que había eliminado en la escalera debían de ser todos los que había en el tercer piso que habían acudido atraídos por la refriega del segundo, pues no encontré ni uno solo. Tomé un descanso, bebí un sorbo de mi cantimplora y murmuré una oración a Valion. Estaba casi convencido de que lo que me esperaba en el tercer piso era un hechicero, y estos rara vez están solos. No iba a ser un enfrentamiento sencillo. Subí rápidamente hacia el cuarto piso, el más alto de la torre, mientras los gritos de Elisabeth acompañaban cada una de mis zancadas.