miércoles, 27 de agosto de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols V

Nadie en la taberna esperaba aquello, y de no ser por el grito de aviso de Lethalon, podría haber sido mucho peor. La puerta se vino abajo en el momento en que una flecha pasaba sobre la cabeza del primer goblin, fallando estrepitosamente. La gente del interior, borracha perdida, apenas había tenido tiempo de hacerse a la idea de que los atacaban. Grom blandió su hacha, tratando de acertar a la primera de aquellas verdosas bestezuelas, pero lo único que consiguió fue herir a uno de sus compañeros de bebida. Isidro tuvo más suerte, partiendo en dos a uno de los atacantes, mientras los demás buscaban desesperados sus armas. La mayoría de los parroquianos echaron a correr en cuanto tuvieron la oportunidad. Bebidos y sin armas ni protecciones, no resultaba aquel un lugar seguro. Algunos tomaron sillas o botellas e intentaron hacer frente a los goblins, aunque apenas si lograban estorbarlos.

Ozymandias se encontraba en ese momento algo achispado, pero fue capaz de reunir la concentración suficiente como para lograr emplear uno de sus conjuros: uno de los goblin cayó fulminado por un rayo de energía arcana, emitiendo un lastimoso chillido al caer. El paladín se lanzó también hacia la puerta para detener la marea de goblins, pero solo consiguió herir a Isidro, que le lanzó una funesta mirada y lo apartó de un empujón. En el tiempo en el que Isidro evaluaba la gravedad de su herida, el cuchillo de un goblin se clavó en su pierna, aunque la malvada criatura pagó pronto por ello.

La lucha se desarrolló de una forma absolutamente demencial, los goblin, al menos una docena de ellos, saltaban y acuchillaban como dementes, mientras los parroquianos trataban de darles con sus improvisadas armas. Isidro, más sereno que el resto, conseguía acertar la mayoría de sus golpes, y cada uno acababa con un enemigo. Por su parte, los aventureros se encontraban en un pésimo estado, y la mayoría de sus golpes acababan cayendo sobre parroquianos, otros aventureros o el muy sufrido Isidro. Lethalon hacía lo posible con su arco, pero tan solo logró acertar una sola flecha... en la armadura de Isidro. El mago agitaba su espada con escaso control con la esperanza de acertarle a algo, dejando muy claro que había que dar gracias porque al menos supiera por donde coger la espada. Cuando finalmente la pelea llegó a su fin, estaban la mayoría heridos, doce goblin muertos, e Isidro al borde de la muerte, más por heridas de sus compañeros que por las de los goblin. Miraba a los aventureros con un odio intenso, y acariciaba su espada preguntándose si tendría fuerzas para un asalto más. No parecía difícil, seguramente los aventureros acabarían por matarse entre ellos.

            - ¿Y estos de donde han salido? - preguntó Ozymandias.
            - No lo sé pero no me gusta un pelo. Puede que fueran parte de la banda de los trols, sus secuaces. Tendremos que hacer una visita a las cuevas del Tito de todas maneras... - Isidro.


Partieron a la mañana siguiente, después de descansar unas pocas horas y armarse como debían. Isidro no pudo acompañarlos esta vez, sus heridas habían resultado demasiado graves. Considerando cómo se habían desenvuelto en la última batalla, esto no ofreció ninguna tranquilidad a las Espadas de Robleda. Lethalon iba en cabeza, atento a cualquier amenaza, y sus compañeros, resacosos y aún magullados, lo seguían.

No había camino alguno hasta las cuevas, tuvieron que andar campo a través, cruzando sobre guijarros, terraplenes, e incluso charcas. No les llevó más de cuatro horas de camino, sin embargo, tener a la vista las cuevas. No les gustó que a su entrada hubiera un hobgoblin, al parecer montando guardia. Si había allí un hobgoblin eso quería decir que podían estar mejor organizados de lo que habían esperado. Se acercaron lo bastante sin llegar a descubrirse, y una certera andanada de flechas acabaron con el vigía antes de que este pudiera dar la alarma.

Tenían un plano, un esquema, de las cuevas. No eran demasiado grandes, así que tendrían que andar con cuidado pues el menor ruido podría alertar a todo habitante que allí se encontrara. Todos miraron con aprensión al enano, que escupió al suelo.

            - El sigilo es para cobardes.

A pesar de todo consiguieron hacerle entrar en razón. No sabían lo que en esas cuevas se encontraba, convenía ser precavidos. Pero no dieron más que un par de pasos hacia el interior de las cuevas, cuando todos pudieron escuchar perfectamente el sonido de unos cascabeles. Maldiciendo, miraron todos hacia sus pies, solo para encontrar un hilo entrabado en ellos. Maldita sea su suerte.

Los gritos de los goblinoides no tardaron en oírse. Solo Grom parecía feliz.

La horda de goblins salió en manada, con los hobgoblins en la retaguardia tratando de gobernar lo ingobernable. Sus chillidos y fétido olor aturdían a las valientes Espadas de Robleda, que veían próximo su final. Frente a las cuevas, con una peligrosa pendiente a sus espaldas, los aventureros hicieron frente a las criaturas con todo lo que tenían. Buena parte de sus atacantes quedaron neutralizados cuando con asombrosos reflejos Ozymandias invocó un hechizo de sueño sobre ellos. Pero no era suficiente. Los goblins se arrojaron sobre ellos como una jauría de perros hambirentos. Las armas de algunos se quebraron contra las armaduras debido a la violencia de la acometida, pero eso no impidió que siguieran atacando aunque fuera con sus dientes. Lethalos se retrasó convenientemente (cerca de una ruta de escape, nunca se sabía) y comenzó a disparar su arco, esta vez con mayor fortuna, aunque su puntería seguía resultando mucho menos eficaz de lo que le gustaría. Las sorpresas lo descolocaban. Grom rugía feliz en medio del maremágnum, rebanando con su hacha los verdes y frágiles cuerpos de sus enemigos, las vísceras lo redeaban mientras el paladín, Al-Tazad, hacía lo posible por cubrirle las espaldas, y de paso cubrírselas a él mismo. El mago no tardó en lanzarse también a la batalla espada en ristre, sus poderes ya agotados, gritando como un energúmeno. Tuvo suerte, varios de sus golpes acertaron donde debían.

Los hobgoblin fueron unos enemigos algo más duros, cuando los goblin echaron a correr ante  las muchas bajas sufridas, ellos intentaron aún traerlos de nuevo a la lucha, pero en vano. Rápidamente cayeron también bajo los filos de sus enemigos, aunque no sin antes provocarles algunas heridas. La batalla había terminado, y todos estaban cubiertos de heridas y magulladuras.


            - ¿Lo veis? Mucho más sencillo que tener que buscarlos uno a uno. - dijo Grom, ufano.