viernes, 15 de agosto de 2014

Espadas de Robleda: Caza de trols III

Con los ojos algo más acostumbrados a la oscuridad, el resto de la compañía pudo al fin comenzar a distinguir las maltrechas formas que se acercaban desde el fondo del paso. Aquellos, desde luego, no parecían demasiado unos trols. Al menos en figura.

Horriblemente deformados, uno de ellos poseía un brazo que era casi la mitad de su masa total, mientras que otro poseía, de rodilla para abajo, una pantorrilla monstruosamente enorme. La cabeza de uno igualaba casi el tamaño de su tronco, y la altura de ninguno alcanzaba los dos metros. Estaba claro de que los trols no habían tenido tiempo de formarse del todo a partir de las piezas que los aldeanos habían dejado esparcidas por el bosque, pero el ritmo al que se habían regenerado resultaba asombroso, incluso para tratarse de unos trols. Sin embargo, nadie pareció advertirlo.
            - Bien, preparaos.
Los trols se acercaban, gruñendo hambrientos, golpeándose entre ellos de vez en cuando, arrastrando sus extremidades antinaturalmente grandes por el pedregoso suelo. Los aventureros se encontraban en lo alto de un cerro, esperando, rezando a los dioses para que no los detectasen antes de tiempo. Los trols se acercaron aún más con sus graves gritos, hasta que estuvieron justo debajo de ellos.
            - ¡Ahora! - gritó Al-Tazad, sus ojos encendidos ante la perspectiva de dar muerte a tan infames criaturas. Se volcaron los calderos y al aceite bajó raudo a empapar a los monstruos. Los trols aullaron de sorpresa, y enfurecidos se giraron en la dirección desde la que había caído el aceite. En un momento se giraron y comenzaron a ascender por la pendiente dispuestos a descuartizar a aquellos seres que habían osado empaparlos.
            - ¡Rápido, las antorchas!
Tardaron unos momentos en lograr encender el fuego, pero a continuación las antorchas volaron hacia los aceitosos trols. Algunas cayeron lejos del blanco, pero poco importaba, bastaba con que una hiciera diana. Los trols tuvieron un breve momento de lucidez, entendiendo que habían caído en una trampa, pero de poco les sirvió. El fuego se extendió entre ellos rápidamente, y sus gritos de dolor llegaron hasta Villanías, donde los aldeanos se agrupaban circunspectos en la taberna de Tragoslargos, que levantaron las vistas de sus jarras con miedo al escucharlos.
           
El resto de la batalla fue rápida. Mientras los trols ardían lentamente (todos saben que los trols poseen abundantes grasas lo que los hace particularmente vulnerables al fuego) los aventureros se dedicaron a lanzarles piedras y hachas desde las alturas para ralentizar su llegada. Alguno logró alcanzar la cima, ya moribundo y arrastrándose, y fue rápidamente muerto. La batalla no fue breve, pero no hubo que lamentar muertos entre los aventureros, y solo se sufrieron algunas quemaduras.

Grom refunfuñaba en el carro durante el regreso a Villanías, apenas había tenido tiempo de emplear su arma, Lethalon se mostraba contento con cómo había resultado la operación (para él un combate que no llegara al cuerpo a cuerpo era un buen combate) y los demás pensaban ufanos en la recompensa. El viaje transcurrió sin incidentes, y fueron recibidos por un grupo de aldeanos armados con antorchas y horcas, que no pudieron evitar estallar en gritos de júbilo al ver regresar a los héroes.

Se celebró una gran fiesta esa misma noche, con alcohol a raudales, historias, canciones y peleas (la mayoría empezadas por el aún sediento de violencia Grom). Ozymandias bebía discreto en una esquina mientras charlaba tranquilamente con un par de jovencitas y hacía un relato exagerado de cómo sus mágicos poderes los habían ayudado a todos (bien que se guardó de decir que tales poderes por ahora consistían en un único conjuro). Incluso el paladín disfrutaba, de forma más comedida, de la fiesta. Lethalon, en cambió, no estaba allí.