domingo, 9 de julio de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo III.1)

Capítulo III

Ator se encontraba aferrado a una roca, con la mitad del cuerpo aún en el agua. Todo su cuerpo se sacudía en violentos temblores, y sus dedos crispados se aferraban desesperados a la roca. Todo su cuerpo estaba cubierto de cortes, laceraciones y golpes. Había soportado toda la noche aferrado a aquella maldita roca cubierta de percebes, sin soltar la presa, pero la fuerza empezaba a flaquearle. Miró hacia arriba, incapaz de enfocar la mirada. Tenía que salir del agua, y tenía que hacerlo pronto. Apretando los dientes, lo intentó de nuevo… pero no tenía fuerzas para alzarse, ni para trepar por la roca. Sus dedos resbalaban, y sentía llegar su final. Intentó abrir la boca para gritar, para pedir auxilio, pero sólo consiguió tragar agua. Y finalmente sus dedos se soltaron. Incapaz de tomar el último aliento, sintió deslizarse en las tinieblas, hacia el fondo, la consciencia le fallaba. Lo último que sintió, fueron las frías y viscosas manos del mar abrazar su garganta.


El mar escupió a Ilais en la orilla. Se levantó sobre sus codos tosiendo y congelada. Por suerte el sol calentaba en aquellas primeras horas de la mañana y poco a poco sentía regresar la sangre a sus extremedidades. Pero sabía que no podía quedarse quieta. Al fin y al cabo, había crecido en Winterlang, conocía bien el peligro del frío. Se obligó a levantarse entre gemidos. Se había magullado malamente la pierna, y había perdido su bastón y sus runas. El bastón terminaría por regresar, eso no le preocupaba. Pero las runas eran valiosas, y difíciles de reemplazar. Con una arcada, escupió un aliento de agua salada sobre la arena. Lo primero que hizo fue desnudarse, aunque usó un retal allí arrojado por la tormenta para cubrirse la cintura. Después, mientras se secaba al sol y ponía sus ropas sobre unas rocas, comenzó el salvamento de aquellos restos que hubieran llegado a la orilla. No había agua para beber, y ella se moría de sed, y no encontró raciones con las que poder calmar su estómago. Recordó con cierto malestar que era Flecha quien se encargaba de encontrar raciones y refugio en situaciones como estas. Así que sólo quedaba encontrar a sus camaradas. Aún así pudo hacerse con algo de cuerda, más retales y una plancha de madera que al menos podría agitar fieramente en frente de un enemigo.

Con la plancha puesta al hombro, comenzó a andar por la orilla. No mucho más lejos, se encontró con Henk y Flecha. Al parecer, el semiorco había conseguido arrastrar a su camarada hasta la orilla. Ahora resoplaba como un cachalote varado, tosiendo de vez en cuando y con el agua del mar lamiéndole los pies. Ilais se acercó a trote ligero y comprobó el estado de Flecha. Respiraba. Los llevó hasta las rocas. Flecha se despertó en los brazos de Henk tosiendo agua, y le lanzó una sonrisa que fue truncada por más tos.
  • He peleado con el mar, y he vivido para contarlo. - dijo alegre.
Henk e Ilais no pudieron evitar sonreír. Ahora solo faltaba encontrar a Ator. Y a Otavio y a sus dos hijos, por supuesto.

Cuando se les hubo calentado la sangre y estuvieron más secos, decidieron ponerse en marcha.
  • ¿Y no puedes usar tus conjuros para ayudarnos a encontrarlos?
  • No, sin mis runas mis conjuros de adivinación no pueden funcionar.
  • De momento deberíamos montar un campamento. Un lugar al que regresar en caso de problemas. Yo puedo encargarme de eso. Flecha debería ir a buscar comida y agua. Ilais, estaría bien que vieras si podemos rescatar algo o encontrar a alguien.
Todos accedieron al plan, y se separaron. Henk era grande y fuerte, y aunque Ator era más hábil construyendo y fabricando, un sencillo refugio no era difícil de hacer. Flecha no tardó en encontrar algunas manzanas y agua. Cuando Ilais regresó, tras ella iba Otavio, el torso descubierto y luciendo abundantes cicatrices. No parecía contento, y no habló con los aventureros. No había ni rastro de sus hijos, ni tampoco de Ator. Cuando salieron las primeras estrellas, la comida era escasa, el fuego pequeño y el ánimo bajo. Otavio se fabricó una rudimentaria lanza con los restos que pudo encontrar, y se durmió abrazado a ella.

Ilais tardó mucho en dormirse. Pensaba en Ator, pensaba en Berne, pensaba en la tormenta y en los dos hijos de Otavio. Sobre todo, pensaba en dónde debía estar Ator ahora mismo, si estaría siquiera vivo. La primera guardia corría a cargo de Henk, que murmuraba rezos aferrado a su símbolo sagrado. El martillo de Heru. Incapaz de dormir, Ilais se levantó para acercarse a la orilla del mar, ahora en calma. A pesar de todo, a lo lejos se podían ver los destellos de los relámpagos y llegaban hasta sus oídos los ecos de los truenos. Ilais le dio un beso a Henk cuando pasó a su lado y este le recomendó precaución. Ilais caminó hasta la orilla, donde las olas mojaron la punta de sus pies. Entonces, algo llegó hasta ella arrastrado por la corriente. Cuando se agachó a recogerlo, volvió a sentir en sus manos el reconfortante tacto de su bastón. Con una palabra, la noche a su alrededor se iluminó. La luna era ahora un sol radiante, las estrellas eran hogueras prendidas en el cielo. Podía ver con detalle hasta la última curvatura del mar, cada grano de arena. Y a lo lejos pudo ver, un barco cabalgando la tormenta. Un barco con velas rojas.

A la mañana siguiente, tomaron lo que les había sobrado de la noche anterior como desayuno, y decidieron ponerse en marcha. La marea estaba baja, y desde los acantilados podían ver las rocas cubiertas de mejillones y algas asomando en el fondo marino. Las aguas estaban revueltas y espesas, y restos de diversos naufragios flotaban sobre ella. Pedazos de cuerda, retales, maderas… como el día anterior, habían encontrado algunos cascos encallados en las rocas, restos que poco a poco el litoral reclamaba como suyos cubriéndolos de percebes, mejillones y lapas, de algas y arañazos provocados por las olas. El tiempo comenzaba a empeorar, una fina llovizna caía y las nubes en lontananza prometían una nueva tormenta en no mucho tiempo. Tendrían que encontrar refugio antes de que eso sucediera. Otavio les seguía en la retaguardia, claramente molesto. Les lanzaba odiosas miradas cada poco tiempo, y aferraba la lanza con manos pálidas.

Regresaron al lugar del naufragio, confiando en encontrar alguna pista, un rastro o cualquier cosa que les ayudara a localizar a sus camaradas desaparecidos. Desde lo alto del acantilado contemplaron la fatídica ensenada donde todo había sucedido la noche anterior. Destrozados contra las paredes del acantilado aún podían encontrarse los restos del barco pesquer, las aguas revueltas y espumosas arrastraban aún una gran cantidad de deshechos de toda clase… pero ni rastro de cuerpos.
  • Eh, ¿qué es eso? - dijo Flecha señalando a algún lugar en la ensenada.
En afiladas paredes del acantilado, había una grieta más profunda que las demás. Una grieta, que casi se diría que parecía una cueva.

El descenso por el acantilado fue complicado. Flecha se movía por delante de sus compañeros, subiendo y bajando como si caminase por un tramo de escaleras. Encontraba los aferraderos más seguros, los mejores pasos, y los demás le seguían. Henk se mantenía cerca de Ilais. Aunque no era particularmente ágil, su fuerza y temple lo convertían en un escalador estupendo, y descendía con paso seguro ayudando a la hechicera en los pasos más difíciles. Otavio cerraba la marcha, y era evidente que no requería de la ayuda de nadie. Sus manos de callos duros como piedra sujetaban la roca con asombrosa ferocidad, y sus pies parecían marcar planos en la pared.

Abajo, nadaron hasta alcanzar la entrada de la cueva. De su interior emergía un profundo hedor a mar podrida, a pescado muerto y salitre viejo. Al principio, tuvieron que continuar nadando, pero según avanzaban, lograron al fin tocar suelo. El interior estaba completamente a oscuras, y dependían de la escasa luz que se filtraba desde la entrada para poder ver. Pero más adelante, en el ascenso de la caverna, pudieron percibir un resplandor que venía de las profundidades.