miércoles, 16 de enero de 2013

Reinos de Hierro: Vapor y Pólvora



El espeso humo del vapor se elevaba sobre la ciudad hacia un cielo azul celeste. El aire vibró con la potencia de las sirenas de las fábricas que indicaban, para alegría del proletariado, que había llegado la hora de comer. Del enorme esqueleto férreo que era la estación de ferrocarril en construcción una miríada de trabajadores se esparcieron camino a las muchas tabernas (la mayoría de reciente fundación) que rodeaban la estructura.

Entre todos ellos, destaca un pequeño grupo, tres personas, que de alguna manera parecen más sólidas, más completas que la multitud que le rodean. Probablemente porque son personajes jugadores, tienen estas cosas.



Son dos humanos y una goba. La más alta, a todas luces una caspiana, es de pelo moreno y piel pálida, una palidez de esas que implican largas horas bajo techo y frente a un escritorio. A la espalda lleva una voluminosa mochila y una maza en su cintura. El otro humano presenta un sorprendente parecido con su compañera, quizá porque son hermanos. Viste con un usado sobretodo que lleva con una sencilla armadura de cuero. En su pecho hay cruzada una canana repleta de puros, unas gafas en su frente y una pistola militar en el cinturón. La goba viste sencillamente, tiene también unas gafas además de una llave inglesa y una pistola pequeña.

Cualquiera que trabaje en la estación podría decirte que se llaman Magnus y Constanze Pelander y `Bel´ (difícilmente alguien recordaría el nombre completo de un trasgo). Magnus es un agente del gobierno, enviado aquí como parte del cuerpo de seguridad mientras se construye la estación. Constanze, su hermana, trabaja como parte del personal cualificado, reparando siervos y calderas, justo como Bel, aunque realmente esta se dedique a golpear cosas para que funcionen. Reparar es una palabra demasiado técnica para definir el trabajo de un chapucero.

Entran todos en una taberna, Vapor y Pólvora, se sientan y piden.

Máster: Bueno, ya estáis todos. ¿Queréis hacer algo?
JugadoraConstanze: ¿Hay baños en la taberna?
M: Pues, hombre, sí…
JC: Pues ahí voy.
M: ¿Los otros?
Jugadores: ¡Cerveza!

Según Constanze abandona la sala camino a las letrinas, el suelo de la taberna estalla llenando el aire de polvo y astillas. Los finos sentidos del gobo y su experiencia con calderas tratadas a mamporros logran que evite por completo el daño al utilizar la silla como cobertura, mientras que el ágil pistolero recibe tan solo algunos resguños menores. En medio de la polvareda se oyen gritos de sorpresa y dolor, y vagas figuras moviéndose.

- ¿Estáis todos bien? – grita Magnus.

Un hombre completamente vestido de negro con una capucha que entierra su rostro en las sombras surge del polvo espada en ristre dispuesto a abrirlos en canal. Magnus reacciona apropiadamente, utiliza su desenvainado rápido para liberar su pistola de su funda y descerraja un tiro sobre el pecho del hombre, que cae redondo.

- ¡Nos atacan!

El grito alerta a Bel, que asomándose desde su cobertura, observa como otro hombre se le echa encima. Con manos nerviosas apunta con su pistola y dispara, pero el polvo la estorba, causando que apenas roce el brazo de su atacante.

En ese momento, Constanze, alertada por el sonido de la explosión, sale del baño aún abrochándose los pantalones y entre el polvo divisa la figura de su hermano siendo acosada por dos atacantes. Con gesto serio dibuja un par de símbolos arcanos en el aire mientras murmura unas palabras incomprensibles y un delgado rayo azulado sale de la punta de sus dedos directo a uno de los hombres, que chilla como cuando a alguien le deslizan un hielo por la espalda.

M: Un rayo de escarcha… 1d3 de daño…
JC: Sonaba chulo…

El afectado se gira y dirige ahora sus pasos a por la nueva enemiga. Mientras tanto, Magnus esquiva con una ágil pirueta un par de mandobles de su atacante mientras trata, con sudor en la frente, de recargar su pistola. Bel se mueve de un lado a otro, rodeando la silla, jugando a una suerte de pilla-pilla con su enemigo, hasta que este hinca por accidente la espada en la madera, quedando atrapada en ella. La gobo sonríe con malicia mientras rápidamente desenfunda una daga y atraviesa muslo y perlas de su oponente, que se desploma tras emitir un sonoro alarido.

M: Crítico y apuntando “ahí”, no tienes mala hostia ni nada…
JugadoraBel: ^^

Uno de los encapuchados (al que le habían tirado el cubito de hielo) llega hasta Constanze y le arrea un soberbio espadazo, que la mecánika intercepta a duras penas. Logra sin embargo golpear duramente la cabeza de su oponente, que, desorientado, queda fácilmente desarmado por un ágil giro de muñeca de la mecánika arcana.
by El-Wolfgang

JC: ¡Ja! Está jodido.
M: No, porque este misterioso encapuchado se revela como un letal NINNNNJA.

El encapuchado adopta una perfecta postura de kung-fu y se prepara para atacar.

- ¡No sobrevivirás a la terrible técnica secreta de Jimmy Ninnnnja!

Con un feroz salto se abalanza sobre Constanze, dispuesto a golpearle con una terrible patada voladora. Esta, a su vez, se aparta cortésmente para presentarle la pared a Jimmy. El pobre Jimmy Ninnnnja, ya bastante malherido por el anterior golpe, se parte la pierna, los dientes y el orgullo, quedando inconsciente en el suelo.

Jugadores: Ya, letal ninja…
M: …Putas pifias de los cojones…

- ¡Jimmy!¡NOOOOOOOOOOO!

Grita su compañero con lágrimas en los ojos, que ataca con renovadas fuerzas a Magnus.

- ¡Lo habéis matado, sucios bastardos, y pagaréis por ello!

Magnus ya está apuntando a su enemigo cuando nota como tres palmos de acero atraviesan su armadura y abdomen. Su rostro se deforma en una mueca de dolor y se desploma inconsciente en el suelo.

M: ¡MUAJAJAJA! ¡Crítico! ¡La mortal venganza del máster! (Y de Jimmy)

Cuando el encapuchado se dispone a rematar al indefenso Magnus, una bala atraviesa su cabeza de lado a lado. La buena de Bel no dejará que cualquier pnj acartonado mate a su compañero.

Cuando la nube de polvo se disipa y las heridas de Magnus son tratadas, los personajes pueden observar una escena desoladora. El suelo de la taberna se halla destrozado, dando a un profundo pozo. Por todos lados yacen personas muertas, muchas descuartizadas por la explosión, pero otras tantas caídas bajo los filos de los misteriosos asaltantes. Solo ellos parecen haber sobrevivido.

- ¿Qué acaba de pasar aquí?

Un destacamento de la guardia aparece en la desvencijada puerta. Un sargento va al frente, con un regimiento de unos diez hombres a sus espaldas, todos con mosquetes, y un par de clérigos, que miran aprehensivamente la escena.

Constanze explica lo ocurrido mientras los clérigos se ocupan de su hermano, pero el sargento no parece del todo satisfecho.

- Dado que sois los únicos testigos del suceso, creo que deberíais acompañarme. Por ahora sois también los únicos sospechosos.

En un momento dado Magnus al fin despierta, y creyéndose aún en la refriega, echa mano a su pistola. Queda eficazmente disuadido de que no es buena idea cuando diez mosquetes le apuntan directamente al rostro.

- ¿Colegas?


Cuando se ponen en marcha, son ya un importante número de curiosos los que rodean el edificio, atraídos por la explosión.
Con paso decidido el sargento los guía hasta el cuartel, y de ahí al despacho del capitán.
El capitán, un hombre de mediana edad, mandíbula cuadrada y porte imponente, masculla ahora maldiciendo por lo bajo, prácticamente enterrado en un mar de papeles, a cada cual más urgente, que necesitan ser debidamente leídos y aprobados. O al menos aprobados. Apenas levanta la vista cuando el sargento entra.

- ¿Qué quiere?
- Señor, hallamos a estas personas en el lugar de la explosión. No había nadie más vivo.
Sin siquiera levantar la vista el capitán hace un gesto con la pluma, señalando a una esquina.
- Llévenselos a los calabozos hasta que tengamos tiempo de interrogarlos.
- Señor, soy Magnus Pelander y esta es mi hermana, Constanze Pelander, trabajamos para el gob…
- ¡AL CALABOZO HE DICHO, AHORA ESTOY MUY OCUPADO! ¡ME DA IGUAL PARA QUÉ GOBO TRABAJÉIS!

Así pues, los pobres personajes son arrastrados a las fétidas mazmorras del cuartel, un auténtico almacén de escoria que apesta a vómito, excrementos y enfermedad. El carcelero, un hombre amable, se hace cargo de la situación, asegura que en cuanto el capitán logre quitarse el trabajo de encima escuchará lo que tengan que decir, que probablemente no tarde más de un día o dos.

Js: Tío, eres un bastardo sin sentimientos...
M: Pues esperad a ver lo que os tengo preparado... jaja... JAJAJA... ¡MUAJAJAJAJA!

Continuará...