miércoles, 13 de marzo de 2013

Demonios


Los demonios de Era son todos hijos de una oscuridad más allá de este mundo, origen de todos los males según algunas creencias. A este lugar (si es que siquiera puede decirse que allí exista el espacio) se le conoce como las Tinieblas. Todas sus criaturas están formadas por oscuridad pura, una maldad tan profunda e intrínseca que carece de motivación más allá de causar sufrimiento.




Normalmente los demonios son incapaces de cruzar a Cäea por sí mismos; las propias Tinieblas ejercen una atracción imposible de superar aún para los más poderosos de ellos (de hecho son los más poderosos entre ellos los que más dificultades encuentran para cruzar, tan profundamente enterrados están en la oscuridad), y es necesario que alguien los llame desde los reinos terrenales mediante oscuros y terribles rituales. Mientras tanto, los demonios se dedican a conspirar y a atesorar almas. Por todo el mundo existen personas que, bien tentadas o bien por propia voluntad, hacen tratos con estas siniestras entidades a cambio de poder u otros favores. El pago que un demonio exige nunca es poco. La moneda más habitual son las almas, entregadas en sangrientos sacrificios o con la firma de un pacto entre el demonio y el conjurador si es la propia alma la que se entrega. En ocasiones, y si el demonio en cuestión ve cierto potencial en el contratante, puede cambiar este pago por unos favores (generalmente tres) que el contratante deberá cumplir, sí o sí (no existe posibilidad real de negarse, es como un Geas, solo que no puede uno librarse de él de ninguna de las maneras).

La gente que adora voluntariamente a estos seres o que trata con ellos habitualmente recibe el nombre de diabolistas, y son rechazados por todas las culturas erenas. Sin embargo, casi podría decirse que esta es la religión oficial de Erigion, al sur, tierra de brujos, esclavistas y todo tipo de horrores.

Tratar regularmente con demonios tiene, aparte de los evidentes, algunos peligros no tan obvios. La Corrupción. Los demonios son tanto hijos de las Tinieblas como parte de las mismas, y portan con ellos el mal de este lugar. La Corrupción altera primero la mente del que la padece haciendo más difícil que este se resista a los demonios (a menudo el Corrupto ni siquiera será consciente de que esto ocurra), y con el tiempo acaba cambiando también el cuerpo, causando mutaciones, enfermedades y todo tipo de males. Llegado cierto punto, es tal la Corrupción del cuerpo que el Corrupto se transforma en una marioneta en manos de los demonios, una extensión terrenal de la voluntad de las Tinieblas.

Son muchos los demonios que pueblan la oscuridad, infinitos, según algunos. Cada uno posee un carácter, motivaciones y poderes propios, aunque prácticamente todos conocen todos los conjuros existentes e incluso algunos más. Matar a uno es una tarea casi imposible; algunos (diabolistas en su mayoría) incluso defienden que su poder es superior al de los dragones.

Se presentan frente a sus conjuradores con muy diversos motes, aunque la mayoría suelen utilizar un registro más o menos limitado de ellos. Guardan sus auténticos nombres con gran celo, con lo que muchos creen que conocerlos otorgaría algún tipo de poder sobre estos, pero no hay ninguna prueba que lo demuestre. De hecho, ni siquiera se sabe si estas criaturas tienen un nombre más allá del que ellas mismas utilicen al presentarse. Además, mientras permanecen en Cäea adoptan su forma libremente, aunque al igual que con sus nombres les gusta escoger una forma distintiva.

Como no pueden caminar libremente por el mundo, la mayoría utilizan agentes, como Corruptos o Sombras. Las Sombras son demonios menores, formados con las almas sacrificadas a su patrón, rápidas, inteligentes y malvadas (como es natural). Fieles sirvientes y esclavos, debido a su esencia (no son demonios propiamente sino almas corrompidas hasta el más vil de los extremos) pueden cruzar con mucha más facilidad, y ya en Cäea cumplen los oscuros designios de sus patrones, haciendo posibles sus malignas conspiraciones.


En ocasiones los demonios envían también a uno de estos seres cuando un hechicero acude a ellos en busca de auxilio (el demonio del tercer relato, por ejemplo, sería una Sombra). Inmunes a la mayoría de las armas, al igual que sus patrones, poseen sin embargo una determinante debilidad. La mera luz del sol los exiliará de nuevo a las Tinieblas, obligándoles a realizar de nuevo el tránsito hasta el mundo a la noche siguiente.

Entre los demonios más célebres (o infames, según se mire) se encuentra Flamel, invocado al mundo hace ya siglos. Su conjurador no fue capaz de atarlo y este se liberó, y desde entonces recorre Cäea ofreciendo todo tipo de tratos y favores. Este demonio en particular posee un gran conocimiento alquímico, con el que tienta a magos y alquimistas de todo el mundo. Suele presentarse ante los conjuradores como un hombre alto y anciano, de ojos felinos, cabeza calva y barba abundante, de orejas ligeramente puntiagudas. Viste una larga túnica negra que parece deshacerse en jirones de oscuridad allí donde toca el suelo, y de su cuello cuelga un collar con una joya absolutamente negra. Entre algunas de sus cualidades cabe destacar su capacidad para convertir su sangre en serpientes de letal veneno cuando es herido.

Junto a Flamel se habla también de otro demonio que camina por el mundo desde hace siglos: Irebal. Posee el poder de encantar a cualquiera que la mire, y usa su poder para corromper a hombres y mujeres de todo el mundo. Sin importar quién la mire, la persona en cuestión siempre verá a alguien del sexo que le resulte atrayente de una belleza sobrecogedora. La pasión y la lujuria son sus dominios.