domingo, 10 de marzo de 2013

Relato 3, Página 10: El Hechicero

El hechicero aguardaba tembloroso en la más profunda e infecta de las criptas noticias de su guardia. Los intrusos habían resultado ser mucho más duros de lo esperado, e incluso habían acabado con su demonio.

El hechicero tenía un aspecto patético. Flaco hasta marcársele el hueso, arrugado hasta que la piel tenía pliegues sobre los pliegues, con apenas cuatro endebles mechones de pelo sobre su cabeza, todos de un color grisáceo enfermizo. Cojeaba al andar, aunque eso no parecía que se moviese con más lentitud, y sus ojos tenían marcadas bolsas amoratadas que remarcaban aún más la insana palidez de su piel, sobre la que sus azuladas venas dibujaban extraños patrones. Buena parte de sus dientes se habían caído, y sus uñas crecían largas, sucias y agrietadas.

Durante meses se había dedicado a sangrar a ese villorrio dejado de la mano de los dioses con excelentes resultados, obteniendo una buena cantidad de almas y sangre con los que alimentar sus conjuros, pero la llegada de esos tres viajeros lo había echado todo por la borda.

De pronto uno de los pedazos de obsidiana que llevaba al cuello se partió, y el hechicero emitió un quejido. Aquella aberración la había encontrado en una de las mazmorras del castillo, y había necesitado de toda su brujería para dominarlo.

- No gimotees como un aprendiz, imbécil. Aún no han llegado aquí.


Asustado, el hechicero se dio la vuelta para mirar al trono que se hallaba en el centro de la cripta, donde se encontraba sentado un cadáver ya seco vestido ricamente y que llevaba una brillante tiara dorada sobre la cabeza.

- ¡Me dijiste que ese demonio sería suficiente!
- Y también te dije que derramases más sangre, ¿no es así? Pero temías el dolor, temías morir, y por ese miedo muy probablemente estés ahora condenado.

El hechicero se giró hacia el cuerpo en el trono con un gesto de desesperada locura en la mirada, en sus ojos se leía la intención de matar, de desgarrar y descuartizar a todo aquel que se atreviese a mencionar su caída, pero se contuvo, quizá por miedo.

- ¡Dime qué hacer, debes  conocer algún conjuro que pueda matar a esos miserables!

Una risa que recordaba el sonido del papel al rasgarse sonó en la sala, seca y putrefacta.

- Oh, claro que los conozco, varios de hecho, pero ya de nada servirían. No hay tiempo, ni sacrificios a mano. Es necesaria una vida humana, y tan solo veo una aquí...

Los ojos del cadáver brillaron por un momento iluminándose malignamente. De pronto el hechicero se sintió pequeño, pequeño y atrapado frente a ese cuerpo inmóvil que sonreía con sus cuencas vacías. Temblando como un cordero frente al lobo, se inclinó ante el trono en actitud suplicante.

- ¿Qué debo hacer?

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Los últimos supervivientes habían abandonado las celdas. Eran mujeres y niños casi en su totalidad, desnutridos y sedientos. Según le contaron a sus rescatadores, apenas eran una tercera parte de los que habían sido en un principio. El verdugo venía cada pocos días y se llevaba a alguien. Perdieron de vista a los hombres el primer día que llegaron, se los llevaron a otra parte y nunca volvieron a verlos. De vez en cuando escuchaban gritos horribles, seguidos por un silencio más horrible aún.

El hechicero les había visitado alguna vez, siempre con el rostro cubierto. Señalaba a alguien y esa persona nunca volvía. Los hombres de ojos azules pasaban a menudo, y volvían siempre con más gente, sus vecinos y familiares, pero solo dejaban en las mazmorras a las mujeres y a los niños. Los hombres no. Nunca a los hombres.

Los supervivientes nunca habían pasado de las celdas (de hecho muchos se habían despertado directamente en ellas), pero estaban bastante seguros de que el brujo no podía andar lejos. Indicaron a los héroes la puerta por la que desaparecían los demás, y luego salieron. Prometieron esperarlos en la entrada sin cruzar las puertas.

El bárbaro parecía ahora más tranquilo, y aunque habían vendado sus heridas, se notaba por cómo se movía que sufría. Ithal esperaba con toda su alma que lo que fuera que hubiera tras esa puerta no fuera otro condenado demonio, pues en caso de serlo no estaba muy seguro de que su amigo fuese a sobrevivir a otro enfrentamiento similar.

Aún así Karb seguía abriendo la marcha, impertérrito, firme, con Innevin al hombro aún teñida de la sangre del verdugo y relamiéndose cual huargo invernal.

La última puerta era un enorme arco negro decorado con todo tipo de extraños símbolos, con las dos hojas de recia madera de roble. No había cerradura en ellas, y las aldabas, talladas en macabras formas que bien podían recordar a la de un demonio, tentaban a la compañía a abrir las puertas al infierno.

Con decisión, Xeldon abrió.

Una abrumadora vaharada de aire putrefacto golpeó a Ithal en las fosas nasales, que se llevó la mano a la boca en un gesto por retener el vómito.

Xeldon y Karb pasaron a su lado, al parecer insensibles al hedor. Cuando se recuperó, miró hacia el interior de la sala. Vio a sus dos compañeros de pie, mirando a un hombre muerto en el suelo, desangrado, con un cuchillo de hoja negra a su lado. El hombre vestía también una larga túnica de color negro que le cubría hasta los pies, húmeda por la sangre de aquel hombre de aspecto anciano y demacrado, con apenas cuatro pelos sobre su cabeza. Sus ojos dibujaban un terrible gesto de angustia, dolor y miedo.

Con un gesto de su arma, Karb decapitó al cadáver antes de escupir sobre él.

- Ni siquiera fue lo bastante valiente como para enfrentarse a su muerte.
- Quemaremos sus restos. Con los hechiceros toda precaución es poca.
- Pensar que va a recibir el mismo entierro que uno de los míos... Deberíamos dejar que los lobos devorasen su cuerpo, en el bosque habrá cientos de alimañas esperando sus huesos.

Ithal echó un vistazo al resto de la sala. Era una cripta, o algo semejante. El techo era una alta bóveda cuyos nervios destacaban poderosamente, en varias de las esquinas se encontraban lo que parecían ser varios sarcófagos de piedra, al menos una docena. Sobre una tarima, cubierto de lujosas telas y tallado con gran maestría según unos sacrílegos patrones, se hallaba un trono vacío.

Dejando a un lado a sus compañeros, Ithal se acercó al trono. Algo en él le llamaba la atención, una fuerza fascinante y oscura, que apestaba a peligro. Se acercó a él, lo tocó y escudriñó con cuidado, temeroso de no sabía qué. Miró el asiento, tallado en la misma piedra negra que la gran mayoría del edificio, pero esta aún lustrosa y brillante, como si alguien hubiese estado cuidándolo los últimos quinientos años, desde que su legítimo amo lo dejara vacío. Despacio, se apoyó en uno de los brazos del trono. Llevaba mucho tiempo dentro de aquella pesadilla construida con piedra negra, estaba bastante cansado, se sentaría un momento a descansar...

Un grito de asombro lo sacó de sus pensamientos, y se giró alarmado, desenvainando su espada. Xeldon y Karb estaban situados junto a uno de los sarcófagos, que habían abierto, y observaban lo que había dentro con algo a medio camino entre la sorpresa, la ira y el terror. Cuando Ithal se alejó del trono para ver lo que allí había, su rostro empalideció.

Dentro un hombre con los ojos de un gélido color azul los miraba impasible. Un aire gélido emanaba de sus pulmones, pero parecía imposible que ese hombre pudiera respirar, teniendo en cuenta la daga que atravesaba su pecho en el lugar donde debería hallarse el esternón.

Cuando se hubo recuperado de su sorpresa y observó con algo más de detalle los rasgos del hombre, advirtió con espanto que este era uno de los hombres desaparecidos de Nágero que con tanto detalle las desesperadas mujeres allí atrapadas le habían descrito.

No les hacía falta abrir los sarcófagos restantes para saber qué era lo que contenían.