miércoles, 14 de mayo de 2014

Dungeon Marca Style

Pues ya tengo lista la cosa guay por mi nombramiento como Guardián de la Marca, y se trata nada más y nada menos que un dungeon asesino donde los haya.

Está creado además con la intención de expandirlo aún más para acabar creando un megadungeon, pero por el momentos solo está el primer nivel. Si vais a jugarlo no lo descarguéis, pues gran parte de la gracia del dungeon está en sus trampas, teniendo el combate una presencia más secundaria, y este puede verse notablemente facilitado de hacer según qué cosas dentro del propio dungeon.

El trasfondo está adaptado para la Marca del Este, aunque al tratarse sencillamente de un dungeon suelto puede adaptarse a la ambientación que se prefiera cambiando cosas como "visirtán" por "arabia" o lo que corresponda. Pero aunque no sea más que un dungeon suelto eso no quiere decir que no tenga trasfondo. Al contrario.

El trasfondo, a grandes rasgos, es el que sigue. Hace casi mil años, existió en Visirtán, en el tiempo en el cual aún el califa no había unificado todo el territorio, una ciudad maldita. Esta ciudad adoraba a dioses propios y oscuros, y gozaba de gran poder gracias a su hechicería. Se llamaba Veneris. Veneris creció en poder, y con ella lo hicieron sus dioses. Cientos eran sacrificados cada día para alimentar a las insaciables deidades, y todo la ciudad parecía volcada en satisfacer sus deseos. El rey de la ciudad, en el momento de máximo esplendor de esta, pidió a sus malignos dioses que le entregasen el secreto de la divinidad a él, su fiel servidor, que los había llevado a lo más alto. Los dioses (demonios, más bien) sonrieron, y le dijeron que así lo harían, cuando él les construyese una tumba que hiciese justicia a su grandeza. Cuando el rey preguntó por qué los dioses, seres inmortales, deseaban una tumba, ellos contestaron que hasta los dioses deben yacer. Cuando el rey, asustado, preguntó si esto significaba que los dioses también morían, le dijeron "que no está muerto lo que puede yacer eternamente".

Desesperado, el rey se volcó por completo en la construcción de esta tumba. Toda la ciudad se paralizó y la construcción de la magnífica tumba fue la única misión en la mente de sus habitantes. Los campos se secaron y murieron, los viejos templos fueron abandonados y los edificios se desmoronaron. Miles murieron bajo las piedras y por el agotamiento, mientras el rey ordenaba que no hubiera descanso, pues la tumba debía estar terminada antes de su muerte.

La ciudad enmudeció, ya nadie pasaba por ella. Años después, un ejército llegó a sus puertas, y cuando echaron abajo sus murallas para conquistarla, no encontraron nada ni a nadie. Como si la ciudad al completo hubiese sido engullida por la tumba. La entrada a la misma fue hallada, pero nadie era lo bastante inconsciente como para penetrar en sus malignas profundidades. La ciudad fue abandonada, y el desierto la engulló. 

Aún así la historia de aquel rey loco, de quien incluso se había olvidado el nombre, persistió. Aparecieron rumores, historias que decían que en las profundidades de aquella tumba de dioses se encontraba el secreto de la divinidad. Hubo gente que partió en busca de la Necrópolis de los Dioses, en busca del mayor poder de la tierra. Muchos fueron tragados por el desierto mucho antes de llegar a su destino, otros asesinados por los nuevos y siniestros habitantes de la ciudad maldita. Pero algunos... algunos llegaron a las puertas del Infierno.