miércoles, 13 de febrero de 2013

Relato 3, Página 7: Demonio


Las puertas se habían cerrado, y Xeldon, Ithal y Karb estaban bastante seguros de que no había sido cosa del viento. 

Entonces una voz llenó la sala, una voz que parecía surgir de las mismas paredes del edificio. Era una voz vieja, cascada por los años. Arrastraba las eses y gorjeaba las erres, y se oían largas y penosas aspiraciones entre una palabra y otra. Parecía más la voz de un cadáver que la de alguien vivo.

- Estúpidos y molestos norteños, ¿a qué habéis acudido a mi guarida, a mi hogar? Os ordenaría marcharos, pero vuestra ofensa es ya demasiado grande como para permitiros marchar. Erbulfthar se encargará de vosotros, roerá vuestros huesos hasta limpiar vuestra sucia carne de ellos... 

La puerta que se hallaba al fondo de la sala entre las dos escaleras se abrió. Tras ella no había nada, tan solo una negrura tan profunda que parecía absorber la luz de la propia habitación. Entonces la negrura cruzó la puerta, zarcillos de oscuridad pura se esparcieron por toda la habitación, corrompiendo la piedra allá donde la tocaban. 

La forma del terrible demonio fluctuaba con las propias sombras de la habitación adoptando pavorosas formas que solo una pesadilla podría describir.


Karb e Ithal quedaron completamente paralizados por el espanto, pues nunca en su vida habían presenciado horror semejante. Incluso el gran surnita, que se había enfrentado a todo tipo de bestias salvajes en sus montañas, parecía haberse quedado paralizado por el horror.

Pero no Xeldon. Introdujo su mano entre sus negros ropajes y extrajo una maza de pesado aspecto, con tres púas de gran tamaño en ella. Entonces, con un movimiento de su muñeca, la cabeza se separó de la empuñadura, cayendo pesadamente al suelo, pero quedando aún conectada por una gruesa cadena cuajada de pequeñas espinas.

La sombra pareció detenerse por un momento, ¿temía acaso a aquella arma?

Karb e Ithal observaron atónitos cómo de pronto la oscuridad parecía retorcerse y encogerse, concentrándose en una figura en el centro de la sala.


Finalmente la oscuridad al completo se halló reunida en una figura de unos tres metros de alto, fluida y temblorosa, pero más o menos humanoide. En lo que debía ser la cabeza vieron aparecer dos ojos, aún más negros que las sombras que formaban a la criatura, si eso era posible, ventanas directas al oscuro mundo del que el mal había surgido.

Abrió entonces la boca, que se despegó como si sus labios estuviesen formados por brea, y de su garganta surgió un chillido estremecedor, agudo y rasgante, que hizo estremecerse el alma de los norteños. Caminó, dejando oscuras huellas en la ya negra piedra.

Garras bocas y zarcillos se formaban en el funesto cuerpo de la abominación, que miraba hambrienta a los intrusos.

El pesado cabezal astado de Xeldon voló hacia la criatura, golpeándolo cuando estaba tan solo a tres pasos de ellos. El golpe fue brutal, y lanzó a la negra figura varios metros hacia atrás. En su pecho, donde la maza había golpeado, había ahora un vacío que permitía ver el otro lado de la sala.

La monstruosidad no dudó más. Convertida en una informe masa oscura en la que se desdibujaban sus formas humanoides se abalanzó con letales intenciones hacia el artenio. Hacia, sí, porque cuando se hallaba a la mitad del trayecto un grito que hizo temblar los cimientos mismos del edificio se alzó hacia las montañas, y una hoja en la que brillaban runas azuladas se abatió sobre la oscuridad, partiéndola limpiamente.

Un nuevo chillido surgió desde las antinaturales profundidades de la garganta del demonio, esta vez uno de dolor y sorpresa. Antes de que Karb tuviese tiempo de recuperar su espada y apartarse, el demonio giró su cabeza y hundió su boca sobre el hombro del portentoso bárbaro. Karb aulló de dolor con una intensidad inhumana, Innevin cayó de su mano y luchó desesperado por liberarse del letal mordisco mientras un desagradable olor a carne quemada impregnaba la estancia.

Xeldon avanzó dispuesto a ayudar al joven, pero Ithal fue más rápido. Como un relámpago llegó junto al bárbaro, que aún se retorcía con lágrimas en los ojos. Sin dudarlo ni un momento echó mano del cuchillo de su compañero y apuñaló a la criatura.

Ithal nunca fue capaz de decir qué fue lo que le hizo olvidarse de su arma y usar el cuchillo, que a todas luces sería un arma mucho menos efectiva. Actuó por instinto, movido por una certeza como la que sentía cuando algo le avisaba por donde iba a llegar la siguiente estocada enemiga.

El caso es que fue todo un acierto.