viernes, 22 de febrero de 2013

Relato 3, Página 9: El Verdugo

La escalera se retorcía bajo sus pies mientras bajaban, enroscándose como los anillos de una serpiente negra y maligna que poco a poco los dirigiese hacia sus colmillo húmedos de veneno.

Como habían sospechado, el olor a matanza no había hecho nada más que aumentar con cada paso que daban hacia el infierno.

Finalmente terminó la bajada, y se toparon con una solemne sala circular con tres puertas. En esta ocasión, la sala sí que estaba tenuemente iluminada por varias antorchas que parecían arder entre estertores.

- Debemos tener cuidado, puedo sentir que la guarida del hechicero está cerca, y es seguro que nos estará aguardando. Actuemos con...

La puerta del fondo salió despedida al encontrarse violentamente con la bota de Karb.

- ... precaución.

- Déjelo, está enfadado. Pero si yo fuese el hechicero me aseguraría de tener al menos dos sombras más junto a él para cuando Karb lo encuentre.

Xeldon no parecía muy feliz con la escasa atención que el bárbaro le estaba prestando, pero sacudió la cabeza y sonrió.

- ¿Sabes donde empezó la rebelión contra los erigios, quienes fueron los primeros en hacerles retroceder?
- Cualquier delinés lo sabe. El gran héroe Veldark unió a todos los hombres de Delinaria y expulsó a los malignos hechiceros.
- Es cierto, pero no fuisteis los primeros. Más al norte, en Valle, los erigios encontraron a los surnitas y les ordenaron que se rindiesen. Cuando los bárbaros azules se rieron, los erigios exterminaron a todos los niños de la aldea y a la mayoría de sus hombres. No dieron un paso más en las tierras surnitas. Incluso sus exploradores, protegidos por encantamientos de ocultación por sus oscuros poderes, eran cazados y exterminados. En menos de un año empujaron a todo el ejército erigio hasta Nesareba.

Ihal escuchó receloso la narración. Desde niño la historia que había aprendido era otra muy distinta, pero cuando se imaginaba a mil hombres como Karb, encolerizados, cargando contra un enemigo que había matado a sus hijos... Bueno, la historia resultaba verosímil.

De pronto escucharon un grito en el idioma del bárbaro a lo que le siguió el entrechocar de dos aceros. Rápidos como dos flechas (Ithal puede que algo más) entraron por la puerta para auxiliar a su compañero.

La sala estaba completamente oscura, y aún a pesar de la escasa luz que se filtraba desde la sala exterior y la antorcha de Xeldon, el lugar estaba cubierto de sombras. Sus ojos apenas eran capaces de atisbar dos enormes figuras que bailaban por toda la sala destrozando lo que sus armas alcanzaban.

Para Karb, en cambio, la luz era suficiente. Las largas cacerías nocturnas habían agudizado su sentido de la vista mucho más de lo que cualquier hombre civilizado podría imaginar. Sus compañeros aún no las veían, pero él sí. Jaulas; en las paredes había varias celdas en las que se acurrucaban varias personas, la mayoría mujeres y niños, de aspecto desfallecido, tan débiles que daba la impresión de que les costaba respirar.

Entonces había sentido como aquella mole se alzaba tras él. Le había dado el tiempo justo de gritar una maldición e interponer a Innevin entre su cuerpo y el arma que caía sobre él. El impacto le había hecho temblar entero, y estaba seguro de que cualquier otra espada se hubiera partido sin remedio.

Con un empujón con el que hubiese desplazado a un gigante, Karb se había quitado de encima a su atacante, donde había podido mirarlo con algo más de detalle.


Era un hombre, o al menos eso indicaba su figura. Medía al menos medio cuerpo más que Karb, que ya era gigantesco de por sí, con un cuerpo tan grande y gordo, inundado de grasa, que parecía imposible que pudiera moverse. Llevaba tan solo un grueso taparrabos de cuero y una fea y apestosa capucha de verdugo, recubierta de manchas de sangre. Había golpeado a Karb con un pesado martillo que levantaba torpemente con una sola mano, y por todo su cuerpo se advertían manchas de sangre y otros humores propios del cuerpo humano, además de todo tipo de cicatrices y malformaciones.

Aquello no era un hombre, era un monstruo.

Karb había reaccionado al momento lanzando un formidable mandoble ascendente, que su obeso adversario había bloqueado con el mango del martillo. Había gritado horriblemente, con un sonido que sonaba demasiado agudo para aquel cuerpo imposible, y descargado nuevamente el martillo sobre el bárbaro. Esta vez había evitado el ataque saltando hacia la derecha, y con un giro de su muñeca había hundido a Innevin en las tripas del monstruo.

Sin parecer que aquello le hubiese importado mucho, el mórbido gigante le había lanzado un manotazo que por poco le parte el cuello. El surnita se había limpiado la sangre del labio con el dorso de la mano y sediento de sangre había vuelto a la batalla. En ese momento habían entrado sus compañeros.

En cuanto Ithal había visto con algo más de claridad qué es lo que estaba ocurriendo, se había lanzado hacia el combate con espada y daga listas. La obesa criatura se había distraído por un momento al mirar a Ithal, y Karb le había realizado otro corte, esta vez en el brazo. Fue lo suficientemente listo como para apartarse antes de que, tras proferir otro de sus escalofriantes chillidos, el monstruo intentase golpearle con su enorme y sucia manaza.

Ithal había saltado sobre los hombros de su monstruoso adversario, donde había clavado profundamente sus armas, hasta que había sentido que manaba la sangre. El gordo había intentado alcanzarle para quitárselo y estamparlo contra la pared, pero sus brazos eran demasiado cortos como para alcanzar su espalda. Finalmente había decidido olvidarse de la pequeña molestia que cargaba en su espalda y centrarse en el tipo del enorme pincho. Giró con fuerza, e Ithal estuvo a punto de caerse  al soltar la daga incrustada en el hombro del monstruo. Agitó sus brazos frenético buscando algo a lo que agarrarse, y lo primero que se cerró entre sus dedos fue la fina punta de la capucha del verdugo, con lo que solo logró arrancársela.

Otro formidable martillazo hizo que la sala entera temblara, desprendiéndose polvo de las grietas del techo. Innevin golpeó el costado de la obesa criatura, llegando esta vez más hondo que en cualquiera de los golpes anteriores. Antes de que la hoja se detuviese, Karb lanzó un atronador grito de batalla mientras los músculos de sus brazos se tensaban hasta convertirse en acero y continuó girando el inmenso espadón mientras su rostro adquiría un malsano tono carmesí.

La espada cruzó el cuerpo entero del enorme monstruo con un escalofriante sonido de huesos rotos y vísceras abiertas. La obesa criatura aulló en un tono tan agudo que amenazó con partirles los tímpanos a los presentes, antes de desplomarse con la mitad de su cuerpo colgando y con un auténtico torrente de sangre manando de sus entrañas.

Xeldon se había mantenido en la puerta, mirando la escena en silencio. Si hubiese intervenido, no estaba seguro de haber estado a salvo de la espada bárbara, y de todas formas no parecía que estuviesen muy necesitados de ayuda.

Cuando su enemigo cayó al suelo, Karb pidió a Xeldon que se acercase para iluminar la escena. Estando todos reunidos alrededor del inmenso y deforme cadáver, Karb lo agarró de una oreja y le alzó el rostro.

El bárbaro y el delinés contuvieron a duras penas un grito de espanto y retrocedieron aterrados. Xeldon se mantuvo en el sitio con el ceño fruncido. El gigante no tenía ojos, ni nariz; tan solo una enorme y monstruosa boca repleta de afilados dientes.