viernes, 8 de febrero de 2013

De las varias y muy nobles proezas del troloide llamado Gunter "El Predicador", paladín de Morrow


Gunter empezó como guerrero. En los duros caminos de Cygnar, manejar un hacha era un talento tan válido como cualquier otro, y a menudo más provechoso que muchos. Y aunque la espada (o el hacha) fueron sin duda sus herramientas más habituales, no faltaron tampoco el pico en las minas o incluso la pala junto a una caldera.

Dhunia había bendecido a este particular huérfano criado por un herrero con brazos tan fuertes como vigas y la resistencia de un gigante, por lo que nunca le faltó trabajo ni dinero con el que comprarse su yantar, y el oficio aprendido con aquel que lo había acogido mantenía sus herramientas siempre a punto.

Ganarse el jornal con sudor y sangre, gastárselo en la taberna más cercana y acudir a la villa siguiente a por más.

Mas hubo de toparse con un hombre singular, del que se decía en todo Cygnar que era un genio, artífice de todo tipo de prodigios: Jules Stedgher. Su encargo no fue sencillo, pero la recompensa bien lo valía. Así llegó a sus manos la exótica hacha de guerra umbreana hendida, un arma terriblemente letal que le costó un poco aprender a manejar, pero que bien valió el esfuerzo.

Este mismo hombre le mostró por primera vez las bondades de la fe de Morrow, y Gunter, que había pasado su vida rigiéndose por  un estricto código moral, vio en esta una fe, un ideal, una religión por la que su alma se encendía. No dudó en iniciarse en la noble senda del paladín.

Tras la muerte de Jules, el gran hombre, Gunter no tardó en juntarse con un grupo de viejos conocidos e iniciar una investigación en la que descubrieron que había mucho más en juego de lo que nadie hubiese podido imaginar.

Durante sus recientes aventuras Gunter ha realizado diversas proezas, algunas más destacables que otras. Más de una vez ha utilizado su cuerpo como escudo para salvar la vida de sus compañeros (no todos poseen los fabulosos dones que Dhunia entregó a los troloides), y sus golpes han sido capaces de descabezar todo tipo de malignas (o al menos peligrosas) criaturas.

En una ocasión, mientras abandonaban La Vid Real camino de Fharin, donde cogerían un tren a Caspia, se cruzaron con un batallón de hombres que se disponían a fusilar a una familia elfa que regentaba una de las muchas posadas del camino. Sin dudarlo ni un instante, Gunter bajó del carro en marcha y se enfrentó al oficial de la guardia. Los ajusticiados eran menitas, y debido a las recientes tensiones entre el Protectorado y Cygnar, habían sido acusados de traición sin más miramientos.

Con sabias palabras y su imponente presencia, Gunter "Predicador" Martillohueso logró finalmente que el capitán que dirigía a aquellos hombres accediese a llevar a la familia a Caspia, donde recibirían un juicio justo. 

Con esta noble acción Gunter logró convertir las almas de dos menitas a la fe morrowana, mas consiguió también un enemigo, pues el capitán acabó revelándose como uno de los más apegados hombres del rey Leto. El troloide tenía ahora un poderoso némesis, con el que debería tratar con cuidado.

Pero quizá su mayor hazaña hasta el momento haya sido la derrota, junto a sus compañeros, de un terrible Siervo de Muerte. Los versados en las oscuras magias de los Reinos de Hierro habrán oído hablar de estos portentosos constructos, que utilizan las almas de aquellos a los que capturan como combustible.


Pa´qué nos entendamos, bicho tocho donde los haya con todo tipo de bufadores, magia de muerte, RD 20, VD 18 y toda la pesca. Es importante hacer notar que el grupo se hallaba a nivel 4.

El encuentro en cuestión tuvo lugar durante la travesía en ferrocarril por un peligroso paso de montaña de los compañeros hacia Caspia, capital cygnarita. El mecánico engendro detuvo la locomotora y comenzó a devorar las almas (y cuerpos, ya puestos) de todo el que quedaba a su alcance.

En fin, mientras sus compañeros huían por una gruta en la pétrea piel de la montaña, atrás quedaban al menos cincuenta inocentes cuyas almas inmortales iban a ser consumidas en los antinaturales fuegos de la máquina. Y un paladín que se precie, por muy bajo que sea su nivel, no puede permitir tamaña monstruosidad si cree que puede hacer algo. Y el buen troloide estaba bastante seguro de que algo podía hacer.

Frustró voluntariamente los esfuerzos de sus camaradas de rescatarle y aguardó estoico la llegada del monstruo. Dejó caer su escudo, y esperó mientras la férrea abominación cargaba con el sonido de una infernal locomotora contra él. En el último instante saltó al interior del tren, ahora inútil, a través de una de sus ventanas, cayendo en una lluvia de cristales. Ninguno le dañó pues la piel de un troloide no es algo que se atraviese fácilmente.

El Siervo de Muerte (Gunter pensó que era un nombre condenadamente apropiado) entró también en medio de un estallido de madera y acero. El valeroso paladín apenas tuvo tiempo de volver a saltar por la otra ventana, mientras golpeaba con su querida hacha la mano del constructo. El golpe hubiese partido el cráneo de un oso, pero ni siquiera hizo mella en la dura y negra coraza del Siervo.

Gunter cayó al suelo duramente, pero era más duro que la caída. Un grupo de inconscientes curiosos se había detenido atónito ante la escena. Un troloide frente a la oscura creación de cinco metros de altura.

- ¡Corred, hatajo de imbéciles! ¡Mirones de mil demonios, así el Infierno se os lleve! ¡Echad a correr u os partiré en dos!

Su desmejorado aspecto aunado al hacha, a la criatura y a su potente voz troloidea lograron su efecto, y aquellas personas echaron a correr aterrorizadas. Bien, si fallaba que no hubiera más víctimas.

- Ahora tú, maldita lata de sardinas. Voy a darte lo tuyo y lo de tu madre.

Entonces la locomotora estalló. El tren se agitó un momento y empezó a inclinarse hacia la izquierda, hasta que cayó pesadamente sobre el Siervo de Muerte.

Sus compañeros no habían estado perdiendo el tiempo. Cuando tienes a una mujer capaz de lanzar fuego, una con la puntería tan aguda como sus orejas y dos capaces de desmontar cualquier artefacto en cuestión de segundos, es increíble lo que se puede hacer con una caldera dañada.

Esto dio a Gunter unos preciosos instantes. Gracias a su compañera, Constanze Pellander, de la que ya hemos hablado en otra ocasión, y que le dio la idea, Gunter dejó caer el garfio al que iba unida su cuerda de seda y con un portentoso pisotón logró incrustarlo hondamente en el suelo.

El mortal constructo había logrado por fin levantarse, quitándose de encima el vagón que lo mantenía prisionero, y miraba a Gunter. Los Siervos, ya fuesen de vapor o de muerte, no sentían. Pero en el verdoso resplandor de su mirada el paladín creyó sentir, aitsbar, algo. Hambre. Un hambre tan voraz, tan insana, como la de un no-muerto; un hambre no de carne, sino de almas, que jamás sería saciada.

El Siervo de Muerte se lanzó nuevamente sobre Gunter, que, sencillamente, se aferró al sello de Markus, su Ascendido patrón, y se dejó caer de espaldas hacia el abismo.

El Siervo caía, ávido como estaba de la noble alma de su presa, pero esta vez había calculado bien la trayectoria de su garra, e iba directa hacia el paladín. Gunter rezó.

Entonces dos precisos haces de energía pura golpearon el suelo sobre el que se asentaba el constructo. A Constanze aún le quedaba un truco bajo la manga. La quebradiza tierra se agrietó bajo el enorme peso del monstruo, que perdió estabilidad y falló, precipitándose montaña abajo. Aún así, la nefasta y oscura energía que el Siervo había liberado en su golpe sí alcanzó al paladín, que se retorció de dolor ante la corruptora fuerza.

El Siervo cayó largamente, golpeándose repetidas veces contra la montaña, hasta desaparecer en las espesas brumas del valle que quedaba allá abajo.

Tanto Gunter como sus compañeros estaban bastante seguros de que aquello no bastaría para acabar con la  criatura, pero la habían derrotado. Se habían enfrentado a una de las mayores monstruosidades que poblaban el mundo y habían sobrevivido.

Bueno, era como para estarse contento.

Por no hablar de los px.