miércoles, 20 de febrero de 2013

Relato 3, Página 8: Sombras de muerte

La hoja de la daga paterna se hundió en aquella maraña de oscuridad y las runas que la recubrían emitieron un destello que por poco dejó ciego a Ithal. 

El demonio aulló de dolor nuevamente, retorciéndose agónicamente, y huyó miserablemente hacia un extremo de la habitación mientras de la herida que había abierto el cuchillo manaba una apestosa oscuridad, que la abominación trataba de retener con sus impías zarpas.


Xeldon le cortó la retirada. El demonio intentó apartarlo, pero antes de que sus garras tocasen al artenio la maza cayó pesadamente sobre su cabeza, frustrando el ataque. El demonio se veía ahora patético a los pies del guerrero negro, que sonreía con aire demente. El monstruo se cubrió con las manos, si hubiera sido humano probablemente hubiesen observado un sentimiento de pánico y terror.

La maza subió y bajó, una y otra vez, sobre la criatura, desdibujando su forma con cada golpe, salpicando de oscuridad líquida la sala entera mientras una profunda sed de sangre se reflejaba en los ojos de Xeldon. Durante toda la escena, no se dejaron de escuchar ni por un momento los angustiosos sonidos de terror y angustia que el demonio profería.

Cuando Xeldon se detuvo, a sus pies solo quedaba una oscura y humeante mancha en el suelo. Con algo de ayuda de Ithal, Karb se había incorporado. En el lugar donde el demonio lo había mordido se veía una enorme mancha oscura que emitía un nauseabundo olor a carne quemada. De unas profundas incisiones con forma de mandíbula manaba una sangre negra, y el gesto de dolor de el gran bárbaro apenas había disminuido.

Xeldon avanzó con grandes zancadas hasta Karb mientras rebuscaba entre sus ropas hasta dar con un vial lleno de agua.

- ¿Qué le ocurre? - preguntó Ithal asustado. Había visto cómo su compañero derrotaba a huargos, a bandidos, a bestias de todo tipo, sufriendo a menudo diversas heridas, y en todas  aquellas ocasiones ni se había inmutado. Y ahora allí estaba, incapaz de ponerse en pie, con un dolor inhumano reflejado en el rostro. Ithal empezó a temblar al pensar en que, si tanto le dolía al bárbaro, qué le haría a él.

- El mordisco de un demonio no es algo que un hombre pueda soportar, muchacho, y sus consecuencias van mucho más allá del simple dolor. La carne de tu amigo se está pudriendo mientras hablamos.

Con un mordisco arrancó el tapón del vial y vertió el líquido que contenía sobre la herida abierta. Una espantosa vaharada se elevó de ella mientras el bárbaro apretaba sus dientes hasta que crujieron y su rostro adquiría una palidez mortal. Casi inmediatamente el negro pasó a gris, luego a azul y finalmente acabó por desaparecer, todo ello en apenas dos minutos.

Ithal observó maravillado todo el proceso, y se preguntó qué clase de maravilloso líquido contendría el frasco.

- Los bárbaros lo llaman Agua de Mahir. Solo hay un puñado de fuentes en todo Valle, y no es fácil llegar a ellas. No te recomiendo que pruebes a beberla a menos que estés seriamente enfermo.

Volvió a guardarse el frasco entre la ropa. Al ver que Karb, aún pálido, trataba de ponerse en pie, lo detuvo poniéndole la mano encima.

- Tu amigo y tú ya habéis hecho bastante, deberíais regresar antes de que os hagan daño de verdad.

Con un gesto violento Karb apartó la mano y miró con furia apenas contenida al artenio. Por un momento temió que ambos se enzarzasen en un combate justamente allí, donde en cualquier momento podía aparecer otra monstruosidad dispuesta a devorarlos, pero no fue así. Xeldon simplemente se apartó y dejó que Karb se pusiera en pie. Lo cierto es que el delinés lo lamentó; no le hubiese importado lo más mínimo que el duro artenio los hubiese enviado de vuelta a la aldea de una patada.

- Muchacho, déjame ver ese cuchillo.

Ithal le pasó el cuchillo de Karb al artenio, que lo escudriñó con gran interés. De pronto se dibujó un gesto de asombro en su cara y miró a Karb con una mezcla de envidia y respeto. En silencio se lo devolvió, y tras recibirlo con un gruñido, Karb volvió a ajustárselo al cinto.

- Tienes mucha suerte, bárbaro. Conozco a muchos que matarían por un cuchillo como ese.
- Fue un regalo de mi padre, encantado por las runas que mi propia madre dibujó. Es seguro que conoces a uno que lo haría.

Sin decir nada más, Karb se giró y comenzó a avanzar hacia la puerta por la que había salido el monstruo. A Ithal se le erizaron los pelos de la nuca. El surnita había despertado su furia, y hay de aquel que se cruzase en su camino. Innevin soltaba chispas mientras dibujaba un surco en el pavimento, compartiendo con alegría la ira de su dueño.

De una fuerte patada Karb derribó la puerta y se internó en la oscuridad. Con gesto resignado y la espada presta, Ithal fue tras él.

Atravesaron algunas estancias más, todas sin ninguna luz que los alumbrara, y los héroes no hubieran tardado en perderse de no ser por las antorchas que llevaban consigo. Aunque avanzaban alerta y listos para enfrentarse a cualquier nueva monstruosidad que el misterioso dueño de la mansión les enviara, no hubo ninguna señal de peligro, lo cual solo lograba aumentar la ira y frustración que el bárbaro sentía.

Y aún a pesar de esa aparente tranquilidad, todos eran capaces de percibir los terribles horrores que en algún lugar entre esos muros se ocultaban. El aire despedía un sutil olor a sangre y matanza que amenazaba con adherirse a sus fosas nasales hasta que la muerte les alcanzase, y en la oscuridad el asustado ojo de Ithal percibía sombras humanas que aullaban y se lamentaban, tendiendo sus sombríos brazos hacia él.

Y siempre aquella sombra en el rabillo del ojo, siempre un poco más allá de la luz de la antorcha.

Finalmente hallaron una habitación con una escalera que parecía conducir hacia los sótanos de la casa, y espada en ristre, todos bajaron mientras los lamentos de los muertos los rodeaban.