domingo, 10 de febrero de 2013

Relato 3, Página 6: De sombras y árboles

Los presentes miraron con desconfianza hacia aquellos objetos. Karb fue el primero en adelantar sus duras manos y tomar uno de los amuletos y colgárselo al cuello. Ithal, con un suspiro, se adelantó con cierto aspecto de resignación e hizo lo mismo. De acuerdo que era un delinés algo atípico, pero las brujas seguían inspirándole desconfianza. Mejor dicho, nadie que pudiera leer su nombre en sus ojos le inspiraba confianza alguna.

- Bien, esto os marcará como inofensivos a los ojos del bosque, pero tened cuidado. Para ti, artenio, no tengo nada. El bosque ya te teme, igual que casi todo lo que camina en las sombras, y poco se atreverán contra ti. Pero dime, ¿cuál es tu nombre?

Xeldon sonrió, y fue como si un dragón abriera un ojo. La anciana retrocedió instintivamente un paso, y sus nudillos palidecieron cuando su puño se cerró con toda su fuerza sobre el bastón.

- Vieja, no hay un solo hechicero, al norte y al sur de las Tánaos, que conozca esa respuesta por mis labios y siga entero. 
- Harías bien en aprender algunos modales, artenio. No soy hechicera, solo una simple anciana que cura los males de la gente de esta villa. Creí que entre los tuyos se respetaba la edad.

El artenio siguió mirando a la anciana aún un minuto, durante los cuales nadie se atrevió a respirar. Finalmente la anciana miró al resto de la mesa, saludó con la cabeza y se marchó. Fuera empezaba a nevar.

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El bosque aguardaba, con actitud casi onerosa, a que entrasen. A pesar de que desde el este llegaban ya las primeras luces del alba, el interior del bosque seguía siendo oscuro, incluso con la claridad de la nieve. Los árboles, semejantes a inmensos mástiles cuyas velas hubiesen ya volado (aunque tan solo uno de los presentes hubiese visto un barco alguna vez) parecían inmóviles vigías de los secretos que fluían entre las hojas, hablados en susurros.

El pueblo había prometido a los tres hombres una generosa cantidad de dinero si se encargaban de los misteriosos hombres de ojos gélidos, y ellos habían aceptado.

Dieron un paso adelante ante la mirada de toda la villa y comenzaron a internarse en las sombras. Los sonidos fueron amortiguándose hasta desaparecer. 

Ithal había conseguido recuperarse razonablemente bien de sus heridas en los escasos días que habían permanecido en Náguero. Los ataques no habían vuelto a repetirse, quizá intimidados por el bárbaro y el artenio, que se turnaban las guardias por las noches. Xeldon no había hablado mucho, aunque también es verdad que su terrible mirada solía disuadir a cualquiera que apareciese con la intención de iniciar una conversación.

El atípico delinés sentía cómo una oscura presencia parecía observarles desde las lóbregas alturas de aquel bosque maldito. Desde niño había descubierto que poseía una fina intuición, una asombrosa capacidad para leer en todo aquello que le rodeaba, y era sin duda gracias a esta intuición que seguía con vida.

Caminaron varias horas, siempre bajo la sombra de los árboles. En las Tánaos el día era breve en el invierno, y a menudo las gruesas y cargadas nubes apenas permitían que el cálido aliento de Dragón llegase a la tierra. Así pues, los héroes caminaban sumidos en una penumbra que tan solo lograba acrecentar la angustiosa sensación de asfixia que el bosque transmitía.

Entonces sus ojos se toparon con dos brillantes orbes en la espesura. La visión duró un momento, antes de que los bestiales ojos desapareciesen junto con una sombra, escabulléndose entre la nieve.

Lobos. Quizá algún huargo.

Ithal se giró hacia Karb, que asintió en silencio y aferró con fuerza su espada.

- Tan solo los amuletos que penden de vuestros cuellos evitan que las criaturas de este bosque se abalancen sobre vosotros. 

La voz de Xeldon sonó firme y dura, el bosque pareció estremecerse al escucharla. 

No volvió a levantarse la voz, y las sombras entre los árboles  aún les rondaban cuando llegaron a las ruinas de lo que antiguamente debía haber sido la fortaleza de algún maligno señor erigio.


El muro exterior se hallaba derruido, pero el edificio principal era una estructura de aspecto sólido, enteramente construida con piedra negra, traída desde las canteras erigias en las Orcontañas, allá en el lejano sur. Poseía dos torres en la fachada y una tercera, más alta que las otras dos, en el centro, apoyada por una suerte de torres menores. Esta última torre sobresalía por encima de los gigantescos árboles del bosque, como una odiosa cicatriz en la tierra. Ithal se estremeció, pensando en los angustiosos gritos de las víctimas del horrible brujo que ahí morara.

A pesar del tiempo que debía haber transcurrido desde que fue habitado por última vez, la vegetación parecía haber tratado bastante bien al viejo edificio. Todo tipo de hiedras, la mayoría de oscuras tonalidades, cubrían los muros de la construcción, pero pareciera que los árboles mantuvieran una respetuosa distancia, e incluso los arbustos escaseaban a su alrededor. 

Las puertas de madera apenas parecían haber sufrido daño alguno por los años, y permanecían sólidamente cerradas. El instinto de Ithal aullaba. Si el bosque era un lugar oscuro, lo que se encontraba frente a él eran las propias Tinieblas.

- Y bien, ¿cómo entramos?

Karb y Xeldon cruzaron miradas y sonrieron. Dieron un par de pasos al frente y le arrearon cada uno una patada que por poco se llevan la pared por delante.

Las puertas se abrieron con gran estruendo, mostrando una gran estancia vacía, cubierta de polvo y telarañas. Un par de ratas corrieron a ocultarse ante la entrada de los hombres, escurriéndose entre las seis columnas de la sala.

Al fondo un par de escaleras que parecían llevar al piso superior, y entre ambas una puerta.

No habían dado cinco pasos hacia el interior de la habitación cuando oyeron cómo las puertas se cerraban a sus espaldas.