jueves, 25 de abril de 2013

Vermigor III: Maharb van Hollied

¿Donde estábamos? Ah, sí. Tras rescatar a una doncella llamada Elisabeth fuimos atacados en nuestra habitación de la posada por un grupo de muertos. Es más, la villa entera de Dunkeldorf se vio invadida por estas malignas criaturas. Elisabeth y yo logramos huir, y ya lejos y a salvo me confesó que su nombre completo era Elisabeth Schwarzdrach, de los Schwarzdrach, la familia gobernante de la región, que había sido aniquilada la noche anterior por los mismo muertos que parecían haber arrasado la aldea. Ella había sido la única que había conseguido escapar con vida.

Ahora habíamos planeado que, tras descansar esta noche, acudiríamos a buscar a su hermano, si es que aún seguía con vida.


Algo me sobresaltó en mitad de la noche, y me levanté en un impulso con la espada ya lista en la mano. La pequeña fogata que habíamos encendido se había apagado casi por completo, nada más que unas ascuas emitían una dudosa ilusión de calor. El conjuro seguía intacto, ninguno de mis amuletos presagiaba nada sombrío, y sin embargo mi instinto me decía, me gritaba, que algo iba terriblemente mal.

Me giré para contemplar a mi compañera y mi corazón casi se hiela al ver que no estaba a mi lado. Su saco (mío en realidad) estaba vacío, la manta caída un par de pasos más allá. Y ni rastro de la muchacha.


Me levanté, preparé mis aperos (comprobé que no me faltaba nada) y me dispuse a buscar a la chica. Quizá se encontraba en algún lugar del bosque, asustada y desorientada, esperándome para que acudiese en su ayuda, pero algo me decía que lo ocurrido era bastante peor.

Incluso para los que llevamos años luchando contra las tinieblas y sus siervos, la oscuridad tiene algo aterrador, un susurro agónico que acaricia lascivamente hasta las partes más íntimas de tu mente. Y cuando esto ocurre, uno debe elegir entre rendirse o resistir. Y si uno resiste, no le espera más que horror, miedo y angustia.

Las muchas sombras de los árboles que me rodeaban y los siempre amenazantes sonidos del bosque no mejoraban la situación. Rastrear nunca fue uno de mis puntos fuertes, pero lo hice lo mejor que pude. Por suerte para mí, no parecía que la chica tuviera la más mínima intención de ocultar su rastro.

Con el corazón en un puño la seguí a través del bosque, hasta que me di cuenta de que el camino se inclinaba en pendiente y que los árboles comenzaban a escasear. La muchacha ascendía hacia una de las cumbres. No podía evitar preguntarme el motivo, pero ya que era noche cerrada y no veía más allá de lo que alumbraba mi linterna (ante lo cual me alegraba, pues no podía evitar la sensación de que cosas espantosas me aguardaban entre las sombras) ni siquiera traté de adivinarlo. El frío se adhería a mi carne, por lo que me envolví aún más en mi capa y continué mi ascenso.

Entonces escuché como un aterrador grito partía en dos la noche, un grito femenino. Eché a correr ladera arriba, jadeando, y cuando ningún árbol ocultaba ya mi vista, vi, iluminado por una luz antinatural, uno de los muchos torreones que pueblan esas malditas cordilleras. La luz, que ondulaba como un mar maligno en una noche de brujas, con sus tonos verdes y malditos, helaba mi alma. El hechizo se rompió cuando un segundo grito, esta vez más breve, pero más intenso, volvió a rasgar la noche. No había tiempo, no podía perderlo embelesado con estúpidos juegos de luces.

Subí corriendo montaña arriba, con la espada ya desenvainada, jadeando por el esfuerzo, con mis músculos chirriando. Al borde de la luz comencé a vislumbrar tambaleantes formas de ojos sangrientos, y muertos gemidos sonaban a mis espaldas. No, no había tiempo.

Llegué a la puerta del torreón, carcomida y podrida no resistió mi patada, y como una furia, con mi capa al viento, entré.