viernes, 19 de abril de 2013

Vermigor II: Maharb van Hollied

Recapitulemos.

Había llegado al pueblo maldito de Dunkeldorf casi por accidente, donde me había encontrado con una hermosa y misteriosa doncella llamada Elisabeth con la que había congeniado durante una agradable velada en la destartalada taberna/posada local. Entonces, en el momento en el que la cosa empezaba a ganar auténtico interés, un muerto viviente había llamado a mi puerta en busca de un tentempié.


A toda prisa me abalancé sobre mi espada y la enfrenté a mi sobrenatural enemigo. Cuando intentó dar un paso hacia delante, su cabeza ya rodaba por el suelo, mas no así su cuerpo. Evité uno de sus zarpazos con un salto hacia atrás mientras Elisabeth ahogaba un grito. La lucha no duró mucho más, con un tajo le rebané la pierna, con lo que perdió el equilibrio y cayó al suelo, donde pude sin ya mucho problema arrancarle los brazos. 

La cabeza seguía gruñendo a un lado de la habitación, pero tras deshacerme de al amenaza pude acudir a mi mochila donde tomé mi daga consagrada y se lo hundí en el cráneo. Al momento cesaron de moverse sus ojos, su boca y el resto de su cuerpo situado un metro más allá.

No hubo tiempo para respirar. Desde la planta baja llegaron a mis oídos los inconfundibles sonidos de decenas de pies putrefactos arrastrándose, junto al chasquido propio de los huesos al ser triturados por una dentadura muerta.

- Vístete, nos vamos ya. - le dije a Elisabeth. Lo cierto es que esperaba una reacción aterrada, una parálisis temporal debido al terror, o cualquier cosa semejante, pero nuevamente la joven me sorprendió. Sin perder un instante saltó de la cama, se puso la blusa y una capa que yo le dejé que le iba demasiado larga y se colocó junto a la ventana.
Antes de bajar miré un momento a la calle, y lo que allí vi casi me hiela la sangre, a pesar de mi natural temple heroico. Los muertos habían tomado por completo la villa, agolpándose frente a las puertas y haciendo batir las ventanas con sus golpes. El hedor a putrefacción ascendía desde la sucia calzada envolviendo la población entera. No pude evitar advertir que la gran marea de muerte parecía dirigirse en su mayor parte hacia la taberna. Hacia nosotros.

De un salto bajé por la ventana, destrocé a un par de muertos y recogí a Elisabeth antes de que fuesen demasiados los que se fijaran en nosotros. Acabé con tantos como pude mientras huíamos, pero no a todos. En el momento en el que abandonábamos el pueblo, vi como varios de los muertos echaban una puerta abajo y entraban en tropel. No llegué a oír grito alguno, pero seguían resonando en mi mente cuando ya había perdido de vista la última de las casas.

Ya bastante lejos de Dunkeldorf, hallamos un claro donde nos detuvimos a descansar un momento. Yo aún me encontraba relativamente bien a pesar de tener que cargar con mi camisote de malla, las espadas y el resto del equipo, pero la pobre Elisabeth parecía a punto de desvanecerse, con las mejillas de color rojo carmesí por el esfuerzo y respirando entrecortadamente.

Nos sentamos en la hierba, que se nos clavó como agujas heladas, y saqué un poco de licor de Krynnea y bebimos. Ella tosió un poco (como era de esperar, por otra parte), pero pareció serenarse lo bastante como para que empezáramos a hablar.

- Y ahora, querida Elisabeth, si es que ese es tu nombre, dime por qué te seguían los muertos.

Ella vaciló un momento, parecía asustada. En ese momento tomó la petaca, dio un largo trago y tras toser violentamente dijo:

- Mi nombre es Elisabeth Schwarzdrach, y soy la última de mi casa.

Admitámoslo, no me cogió del todo por sorpresa, que yo supiera esta era la única casa noble por la zona, y Elisabeth llevaba un cartel bien grande señalando su clase social.

- Tenía oído que los Schwarzdrach aún gobernaban esta tierra, que era de hecho el barón Isgrel Schwarzdrach quién lo hacía.

- Y así era... hasta la noche anterior, cuando los muertos entraron por la puerta y arrasaron con la casa. Los escasos guardias que mi familia mantenía no pudieron hacer nada, mi padre era ya demasiado viejo como para defenderse, uno de mis hermanos se hallaba fuera en ese momento, pues habíamos tenido noticia de (qué irónico) un grupo de muertos y había acudido a darles caza, y el otro murió para permitir que yo escapara. Solo yo sobreviví a la masacre en el castillo Schwarzdrach.

- ¿No viste nada más aparte de los muertos?

Elisabeth titubeó un momento, su rostro se ensombreció.

- Había algo más. Era oscuro, por lo que no sé si vi bien o fue la engañosa Penumbra la que confundió mis ojos, pero... vi una figura, un hombre vestido con ropas negras y que reía y reía bajo la luna, con mi padre y mi hermano muertos a sus pies.

Por la descripción tenía pinta de que nos enfrentábamos a un nigromante, probablemente con un Señor de la Putrefacción, uno bastante poderoso a juzgar por el volumen de muertos que era capaz de manejar. El ataque podía ser una vendetta, una prueba de su poder, un robo (aunque estas gentes rara vez se conforman con eso) o simple gusto por la destrucción. Quizá un poco de todo. Quizá algo más.

Era tarde ya, quedamos en descansar esa noche y partir mañana a buscar a su hermano (que es lo que ella estaba haciendo cuando se perdió y acabó en Dunkeldorf). No nos quedaban muchas horas de sueño, pero más valía aprovecharlas. Saqué uno de mis pergaminos, murmuré las palabras que allí aparecían escritas y me dispuse a dormir. Los lobos aullaron en la lejanía y sentí como Penumbra me sonreía malévolamente. Sin muchos ánimos, le devolví la sonrisa.