martes, 15 de octubre de 2013

Mar de Hueso: La Fuga del Torreón (Segunda Parte y Final)

Tras la nefasta reunión con el capitán del Torreón, Gelvir Maltos, los jugadores bajan de nuevo al patio. Gaueko aprovecha una distracción para salir volando por una ventana, con la intención de apoyar al Yunque Dorado cuando haga su aparición. El mediodía ya ha pasado, quedan unas cinco horas hasta la puesta de sol.

En el patio les espera Dero, el segundo. El tipo sonríe de forma enigmática mientras aborda a los personajes, llamando al Gaviotas por su mote, a pesar de que él se había presentado con otro nombre (lo que pone sobre aviso a los jugadores). Dice que están aislados, que rara vez reciben visitas, que es bueno ver a gente del interior… Y que más tarde ese mismo día espera la visita de alguien. Barbanas se encara con él, trata de intimidarlo, pero Dero aguanta bastante bien el tipo. Finalmente abandona el lugar, alegando que tiene asuntos que tratar en Las Cámaras, los calabozos subterráneos del Torreón.

Los personajes acuden a los Barracones, donde Barbanas realiza una estupenda investigación entre los hombres, descubriendo que Dero es un hombre que, aunque joven, es temido. Su crueldad y gustos sádicos son bien conocidos, así como su atracción por jóvenes reclutas (alguno ha desaparecido misteriosamente al no querer ceder ante sus… invitaciones). Es también uno de los hijos de una importante familia de Brisven, por lo que no puede ser expulsado sin más, a pesar de que el capitán Gelvir, que es bien querido y respetado por sus hombres, lo detesta.

Con esta información en la mano, acuden hacia las Cámaras, los sótanos del Torreón. Aunque los guardias les prohíben en un principio la entrada, la hábil lengua del Gaviotas les convence de que les franqueen el paso. Según bajan se encuentran con un paisaje desolador, hombres, más muertos que vivos, se hacinan en minúsculas celdas. El lugar es terriblemente húmedo, oliendo a desechos y podredumbre. Se cruzan con un centinela, y Gaviotas evita, dos veces, que el tullido lo apiole. Vuelven a bajar, topándose con unos pasillos similares a los del piso superior, pero levemente inundados. Avanzan hasta la puerta que da a la sala de torturas donde Dero se entretiene. Los guardias que custodian esta puerta los dejan pasar, creyendo que si han superado el control de más arriba, sus motivos serían legítimos. Al entrar descubren a Dero sin camisa, empalmado y sudoroso azotando con su látigo la espalda de una mujer desnuda echada sobre un potro. Barbanas llama su atención, y ante la consternación del Gaviotas, le pega un tiro. Aunque acierta, no es suficiente para matarlo. El Gaviotas se aposta entonces frente a la puerta, dispuesto a detener a los dos guardias mientras Barbanas se ocupa del segundo del Torreón. Barbanas descarga sus tres pistolas, sin lograr matar a su oponente, aunque dejándolo gravemente herido. Mientras, el Gaviotas baila entre los dos guardias, desgastándolos poco a poco. Finalmente Barbanas ensarta a su oponente con su sable, y corre a auxiliar a su amigo, despachando a los dos oponentes con facilidad

Bastante peores que esto.
Liberan a la mujer en el potro, que cae desvanecida, dejándola descansar en una esquina. Toman entonces las llaves de Dero y acuden a liberar a los prisioneros. El Gaviotas trata de engañar al guardia del piso superior, habiéndose vestido como un guardia, aunque esta vez, al mencionar a los nuevos, el centinela lo reconoce. Antes de que tenga tiempo de atar cabos, el Gaviotas lo mata. Barbanas logra a duras penas controlar a los prisioneros, diciéndoles que se mantengan allá abajo y tranquilos hasta su regreso. Por el camino descubre además una ruta de huida hacia el mar, si bien es muy estrecha. La guarda en la reserva.

El Gaviotas convence a los guardias de la puerta que da a las Cámaras que el motivo de la necesidad de su viaje era para recibir el nuevo uniforme y ser nombrado centinela, con lo que podían retirarse. Su lengua de plata le libra de más de un problema. El pirata decide quedarse en el Torreón y ver si puede armar un poco más de caos, mientras que el tullido excapitán parte hacia los barracones para encontrarse con el Muchacho y ver qué más puede arreglar por el lugar.

El Muchacho, mientras tanto, se ha instalado en una mesa apartada en una de las habitaciones de los Barracones mientras copia los planos del Torreón para repartirlos entre sus amigos. Termina pronto la tarea, y queda ocioso esperando a sus amigos. En ese momento escucha una voz familiar a su espalda: Fil Papeles, que resulta ser el invitado de Dero, acompañado por dos matones. Los matones tratan de atrapar al joven mago, que logra zafarse del primero y propina un fuerte puñetazo en la nariz al segundo para a continuación usar su hechizo de invisibilidad y desaparecer. Fil y los matones lo buscan desconcertados, pero el Muchacho, en lugar de huir, decide degollar al falsificador.

Bien podría ser Barbanas.
En ese momento entra Barbanas a los Barracones, donde se encuentra a una quincena de guardias reunidos en la entrada, que es a su vez la sala común. Uno de ellos le falta al respeto, y Barbanas desenvaina rápido su pistola y le pulveriza el menisco. Al momento se alzan todos los guardias para abalanzarse sobre él.

Los dos matones sacan sendos puñales y logran alcanzar con gran éxito al mago, que en última instancia logra lanzar un conjuro de Manos ardientes, prendiendo las ropas de sus atacantes y parte de los barracones (lo cual era el plan desde el principio, solo que la idea era hacerlo a una hora de la puesta de sol, y aún faltaban al menos dos horas, si no tres). Aprovecha el barullo para huir hacia la entrada.

En ese tiempo, Barbanas ha dado muerte a cuatro hombres, dos con su pistola y el último con ayuda de su sable que se ha visto obligado a desenvainar al descargar sus armas predilectas. Ríe maníacamente mientras acuchilla a diestra y siniestra, con su único ojo encendido por el júbilo, cubierto de sangre, propia y ajena, acosado por unos enemigos que le superan por diez a uno (quince a uno al comenzar). A pesar de su pata de palo y su evidente falta de visión periférica, el tullido se mueve con agilidad, dando muerte a un hombre con cada una de sus estocadas, evitando los ataques con la gracia de alguien que, indudablemente, ha nacido para traer la muerte a sus semejantes. Sin embargo, hasta Barbanas el Despedazado siente dolor, y su sangre ya casi iguala en volumen a la derramada por sus enemigos. Solo siete hombres siguen en pie, “¡Venid a mí, hijos de mala madre, pues yo soy el enviado por San Julustiano para traer la ira del infierno sobre vuestras cabezas!”. Discurso muy acertado, pues en ese momento asoman las llamas convocadas por el mago que ya empiezan a devorar el edificio. Sin embargo los soldados no cejan en su ataque, pues ya lo ven vacilar.

Acude el Muchacho en ese momento en su auxilio, que hipnotizando a tres de los guardias los “convence” para que abracen a los otros tres.


Por otra parte, al escuchar el estruendo en los Barracones, el Gaviotas comenzó a vaciar el Torreón al grito de: “¡Pelea, hay pelea en los Barracones! ¡Rápido, necesitan refuerzos!” (lo cual por otra parte era cierto). Finalmente el resto de la guardia se había amontonado frente a la puerta de los barracones, bloqueada por Barbanas, tratando de echarla abajo. Una muy buena jugada del tullido en ese momento, aprovechando la distracción del abrazo entre camaradas, le ayuda a escapar, convenciendo a los otros por un segundo de que son los abrazados los que han perdido la chaveta. El muchacho vuelve a hacerse invisible, evitando un disparo, y ayuda a Barbanas a recargar dos de sus pistolas mientras huyen hacia el Torreón. Barbanas pierde terreno contra su horda perseguidora debido a su pata de palo. En un gesto desesperado, casi ya en la puerta, se da la vuelta y dispara, volándole la cabeza a un desgraciado, seguido de un sincero: “¡El que desee sentir cuanto antes la infinita angustia del infierno que dé un paso al frente y se acerque a mi acero!”. La horda resulta efectivamente intimidada y se detiene, pero Barbanas no puede evitar escuchar el característico chasquido de un arma al ser cargada. Más rápido de lo que uno podría esperar de un hombre con una pata de palo, el tullido abre la puerta y se parapeta tras ella. Las balas impactan en la madera, algunas la atraviesan, pero el jadeante Barbanas sobrevive. El Muchacho, ya dentro de la torre, se apresura a lanzar un hechizo de invisibilidad sobre su compañero para optimizar las opciones de supervivencia, que el tullido no tarda en echar a perder cuando, al sentir una hachuela clavarse cerca de su cabeza, dispara su segunda pistola, matando al de la hachuela pero deshaciendo el conjuro.

Rápidamente disponen una frágil barricada y echan a correr escaleras arriba. Logran librarse de buena parte de sus perseguidores cuando arrojan unos sacos hacia el mar para hacerles creer que han saltado al agua. No durará mucho, pero logran un respiro.

Mientras tanto el Gaviotas ha seguido subiendo. Se topa con los prisioneros que ha de liberar, pero al carecer de las llaves decide subir al último piso, donde se encontraba la oficina del capitán. Allí los dos hombres del capitán lo reciben con la punta del sable. El rufián se hace pasar por uno de los buenos, y los otros caen en la trampa. Intenta convencerlos de que bajen, pero estos se niegan a abandonar el puesto. En un momento de despiste, el Gaviotas los empuja al uno contra el otro arrojándolos al suelo, desenvaina y comienza una larga lucha en la que el pirata logra acabar con uno de los dos guardias y dañar la mano, la pierna, el ojo y la moral del otro, hasta el punto de hacerle rendirse, entregándole este las llaves.


En ese momento llegan el Muchacho y Barbanas al último piso, a tiempo de ver como el Gaviotas libera a los hombres de Aldag. Todos se muestran muy agradecidos, Urwen, el chamán y timonel del Yunque Dorado, comienza a realizar sus conjuros, mientras Vince libera al resto de prisioneros y Ajhan (un hombre gato) y Grant (el cocinero) acompañan a los personajes a por el capitán Gelvir. Por el camino Barbanas trata de enrolar al soldado vencido en su tripulación, pero este insiste en hacer honor a su juramento. El Despedazado lo deja inconsciente, pero resuelve llevarlo con ellos al Yunque Dorado. A estas alturas el disco solar casi ha desaparecido por completo en el horizonte, y una lejana sombra que parece un barco se acerca hacia el lugar con viento favorable.

Es Barbanas quién abre la puerta, siendo recibido por el estampido de un arcabuz. Barbanas logra evitar la bala de puro milagro, no pudiendo evitar sin embargo sufrir una cicatriz en su tabique nasal. Todo sucede deprisa. El tullido dispara y deshace la mano del capitán que sujeta el sable. Gaviotas se abalanza sobre él derribándolo y el invisible Muchacho lo degüella, para disgusto de Barbanas. Rápido saqueo del lugar, el barco se acerca, el Gaviotas, el Muchacho, Ajhan, Vince, todos saltan desde lo alto del Torreón, a veinte metros del agua. Los guardias han entrado, pero Urwen ha terminado sus conjuros. La segunda y tercera planta están llenas de demonios convocados por el chamán, mientras gruesas nubes se arremolinan sobre la isla, los vientos cobran fuerza por momentos y los relámpagos comienzan a caer por doquier.
Podría valer.

Cuando Barbanas está ya a punto de saltar, recuerda a los prisioneros de las Cámaras, y recuerda a la mujer del potro. Resuelto comienza su descenso, atravesando las plantas invadidas por demonios y guardias. Ve sin embargo que cada vez quedan menos criaturas invocadas por el chamán, y que aunque los guardias han sufrido bajas, llevan las de ganar (los demonios poseen forma humana y animal, engendros surgidos de las profundidades más remotas de la jungla).

Finalmente accede a las Cámaras, donde le esperan los prisioneros. Les indica la salida, rescata a la chica logrando que confíe en él. Los guardias ya bajan, la tormenta complica la salida por el pasadizo pues este comienza a inundarse. Ya fuera, las olas golpean a los prisioneros contra las duras rocas sobre las que se asienta el Torreón. Un rayo lo golpea y hace caer algunos escombros que aplastan a unos pocos supervivientes. Finalmente el Yunque Dorado llega a ellos y rescata a todo el mundo gracias también a la aguda vista de Gaueko. Curiosamente, la tormenta no parece ensañarse con el barco.

A salvo ya, Barbanas protege a su dama de las lujuriosas miradas de los de a bordo antes de desmayarse por el agotamiento (Gaviotas sobrevive gracias a una generosa transfusión de ron). Sin embargo, divisa a lo lejos que otra nave los sigue…